La inclusión gana el Premio Nobel. Por Marcos Lima

Profesor MBA para la Industria Minera, Ingeniería Industrial - U. de Chile, y socio de CIS Consultores

Qué desastre para el país ha sido la destrucción de los liceos emblemáticos, cuya calidad aseguraba una elite más diversa e inclusiva. En los años 60, mientras estudiaba Ingeniería, un ex alumno del Instituto del Puerto de San Antonio (yo) tuvo compañeros del Liceo de Aplicación, el Barros Arana, el Barros Borgoño, el Lastarria y, por supuesto, del Instituto Nacional.


“Polémica columna” dijeron varios de mis cercanos sobre lo que escribí hace un mes en relación con el sesgo oligárquico que caracteriza a la elite chilena y, especialmente, al criterio cultural para llegar a ella: “haber estudiado en un colegio particular como el Verbo Divino, el San Ignacio o el Tabancura”, como dijo el nuevo Premio Nobel de Economía, James A. Robinson, en un seminario organizado por la Universidad Andrés Bello en septiembre.

Otro colega agregó: “Lo grave no es preguntar en qué colegio estudió, sino que las políticas públicas sean tan malas que para asegurarse de la buena educación recibida haya que preguntar dónde estudiaste”, sin considerar que esa información se sigue pidiendo a personas de larga y probada trayectoria profesional.

Qué desastre para el país ha sido la destrucción de los liceos emblemáticos, cuya calidad aseguraba una elite más diversa e inclusiva. En los años 60, mientras estudiaba Ingeniería, un ex alumno del Instituto del Puerto de San Antonio (yo) tuvo compañeros del Liceo de Aplicación, el Barros Arana, el Barros Borgoño, el Lastarria y, por supuesto, del Instituto Nacional.

Por eso valoro enormemente los programas de talento e inclusión vía de ingreso con vacantes exclusivas para todas las carreras de pregrado PUC y el Sistema de Ingreso Prioritario de Equidad Educativa (SIPEE) de la Universidad de Chile, ambos dirigidos a estudiantes que cursaron la mayoría de su enseñanza media en establecimientos municipales, de administración delegada, o de servicio local de educación, los que incluso cuentan con programas de seguimiento especial, que consideran instancias de inserción, tutorías académicas y otros apoyos.

Quizás llegó el momento de usar el concepto de valedictorian (estudiante graduado con las mejores calificaciones de entre sus pares) para asegurar el ingreso a la universidad, independiente si ello lo consigue en un colegio de elite, uno subvencionado o uno administrado por los servicios municipales o los SLEP. Así se produciría un incentivo para ser los mejores en cada establecimiento educacional, aprovechando en beneficio del país las capacidades de muchos jóvenes repartida por cada rincón de Chile.

Esta concentración en un grupo social -imperante en la sociedad chilena- no sólo se remite al ámbito de selección de ejecutivos, como han mostrado los estudios de Seminarium y lo acaba de recordar el nuevo coordinador macroeconómico del Ministerio de Hacienda, Rodrigo Wagner. También está presente en la clase empresarial retratada en el libro “Los 25 empresarios que le cambiaron el rostro a Chile” editado por Bernardita del Solar, Revista Capital, en el año 2004, ya que ellos provienen del segmento ABC1 en su gran proporción, son católicos, casados, con un promedio de 3 a 4 hijos y de orientación política de derecha.

Lejos están los tiempos de la República mesocrática de los años 30 al 70, en los cuales los empresarios de la época eran inmigrantes, con pocos estudios formales y que se desarrollaron al alero del Partido Radical, salvo el sector de la construcción -mucho más profesional-, que luego apoyaría la llegada de la Democracia Cristiana al poder.

Lo que esa generación de empresarios post 73 ha logrado es notable y su espíritu emprendedor ha estado a la altura de aquellos del siglo XIX como Matías Cousiño en el carbón, José Santos Ossa en el salitre o Isidora Goyenechea introduciendo truchas en el sur de Chile.

Me siento muy orgulloso de haber apoyado -desde mi rol profesional y académico- la transformación de Chile impulsada por esos empresarios destacados por el citado libro y por muchos otros, lo que llevó a nuestro país -en muy pocos años- al primer lugar en América Latina, como lo hemos comentado en otras columnas.

Aun recuerdo un estudio elaborado por ICARE y el Boston Consulting Group (BCG) referido a la internacionalización empresarial chilena de los años 90 que mostraba a ¡¡¡304!!! compañías chilenas invirtiendo afuera y “apostando unos US$ 26.000 millones de los cuales “quemaron” unos US$13.000 millones” (Revista Capital de octubre de 2004). Ese empuje, esa resiliencia, esa ambición, la representan hoy Agroberries y Hortifrut, segunda y tercera comercializadora de frutos rojos del mundo y CMPC y Arauco del mundo forestal, invirtiendo en grande en Brasil.

Sin embargo, debemos buscar la manera de abrir la cancha a nuevos talentos que no sólo provengan del 10% de la población. No podemos seguir funcionando como si fuésemos un país de dos millones de habitantes. Una oportunidad para romper esta costumbre de valorar sólo a los nuestros, a los conocidos, a los de determinados colegios son: Scale X, el joint venture Corfo Bolsa de Comercio, para llevar al mercado accionario desde empresas emergentes hasta compañías medianas con potencial; la llegada de Accel-Hub Venture Partners, con un fondo de capital de riesgo de US$40 millones para financiar startups chilenas con ganas de expandirse; y el ecosistema creado en torno a StartUp Chile de Corfo abriéndose al esfuerzo emprendedor, independiente del origen, ya no social sino sea éste nacional o de cualquier lugar del planeta.

El flamante Nobel, profesor James A. Robinson, pone el dedo en la llaga cuando dice en una reciente entrevista en Diario Financiero: “todavía hay muchos elementos, déjeme decirlo, muy oligárquicos en la sociedad chilena. Todavía hay muchos tipos de conexiones sociales que son muy importantes para salir adelante. Hay muchas barreras para la movilidad social”. Y más adelante insiste: “Chile es un Estado de derecho con favoritismo y hay que estar con las personas favorecidas para tener éxito. Ese aspecto de la sociedad chilena tiene que desaparecer”.

¿Seremos capaces de estar a la altura del desafío de ser el primer país de América Latina en alcanzar el desarrollo?

El profesor Robinson está optimista sobre nuestro futuro. En lo que a mí respecta, no sé si lo lograremos, pero quisiera recordar la frase de un gran empresario que conocí hace muchos años, José Said, que está en ese libro sobre los empresarios: “En la única parte en que el éxito está antes que el trabajo es en el diccionario”. Así que… manos a la obra.

 

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