Septiembre 1, 2024

Yo fui ultraizquierdista (y mis recuerdos vergonzosos). Por Mario Waissbluth

Ex-Ante

¿Por qué he decidido autoflagelarme públicamente contando estas historias vergonsozas? Para intentar explicar a los jóvenes FA y PC, esos que anduvieron prometiendo quimeras en una Constitución francamente delirante, esos que anduvieron exigiendo “bailar para pasar”, esos que quemaron 76 estaciones de Metro, que en determinados momentos en la historia mundial y/o local confluyen factores que detonan una suerte de locura colectiva en una generación completa


Entre mis 16 y por ahí de los 28 años fui ultraizquierdista, de esos que a los miembros del PC les decíamos “rabanitos”, es decir “colorados por fuera y blancos por dentro”, dando a entender que de revolucionarios solo tenían la cáscara. Mientras estuve en Ingeniería de la Chile milité en la periferia de un grupete llamado CCR (Conciencia, Compromiso y Revolución, qué delirante nombre), luego fui presidente del microscópico centro de alumnos de Ingeniería Química.

Dentro de mis recuerdos más vergonzosos en aquel mundialmente revolucionario año 1968, aquél en que casi se incendió todo París, figura pasear por los pasillos de la Escuela de Ingeniería junto con otras ultrillas, con un ataúd del Decano pintado de negro. Horror y vergüenza, el decano de marras era nada menos que Enrique D´Etigny, hombre sabio y sano como pocos, pero claro, era DC, y eso significaba la escoria misma. Que hubieran ayudado a Chile a volver a la democracia en 1990 no los exculpaba de haber apoyado (algunos) el golpe en 1970.

El otro incidente oprobioso (para mí) fue haber estado (no sé bien por qué razón) en una reunión de los Decanos de la U. de Chile, para discutir qué hacer frente a la crisis del 68 (que hace palidecer todas las tomas que ha debido resistir la actual Rectora), con todas las Facultades tomadas por la ultra. Pues bien, este osado corresponsal de guerra no tuvo mejor idea que pararse frente a todos estos Decanos y pronunciar la siguiente frase épica: “Si en nombre de la revolución hay que destruir la Universidad, así lo haremos”. Se produjo un espeso silencio, un par de ellos me miró con cierto desprecio, y luego siguieron hablando como si nada, mientras el rubor me subía lentamente desde el cuello hasta la mollera…

Luego, como buen pequeño burgués revolucionario de pacotilla, a los 22 me casé y partí a estudiar un doctorado en USA con la flamante esposa. Ahí nos pilló el golpe en 1973, momento en que, en un foro de cientos de estudiantes indignados, procedí a insultar brutalmente y amenazar con golpiza a un DC que afirmó: “honestamente, estoy a favor del golpe”. Al volver a Chile fui arrestado en el aeropuerto y exiliado, y después me anduve enterando que el susodicho DC le habría comentado con orgullo a todos los estudiantes chilenos que él era agente del Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea, SIFA, posteriormente integrado a la turbia CNI de Pinochet.  Este ultrismo me costó el exilio.

Todo esto me hizo ultrificarme aún más. En el exilio en México fui un militante —más bien periférico aunque empeñoso— en el MAPU OC, comúnmente llamado Mapu Gazmuri (el otro era el MAPU Garretón). ¿Por qué lo hice en el “Gazmuri” y no en el “Garretón”? Simplemente porque en el primero tenía más amigos, y no por razones ideológicas de una disputa estéril que nunca entendí. Lo empeñoso se notaba sobre todo en que, junto con la ultrilla esposa, donábamos nada menos que la mitad de nuestro ingreso mensual a “la causa” ¿Qué locura, no? Al cabo de un tiempo, separación matrimonial de por medio, decidí que el principal norte del MAPU OC (al menos el que estaba en el exilio) era escribir comunicados incomprensibles en jerga sociomarxista, me retiré, y a lo largo de aproximadamente una década emprendí mi muy personal travesía por el desierto ideológico, hasta convertirme en lo que era al volver a Chile desde el exilio a los 40, un “socialista renovado pero sin carnet”, al igual que mi separada ex.

¿Por qué he decidido autoflagelarme públicamente contando estas historias vergonsozas?

Para intentar explicar a los jóvenes FA y PC, esos que anduvieron prometiendo quimeras en una Constitución francamente delirante, esos que anduvieron exigiendo “bailar para pasar”, esos que quemaron 76 estaciones de Metro, que en determinados momentos en la historia mundial y/o local confluyen factores que detonan una suerte de locura colectiva en una generación completa, la que se siente autorizada para cometer todo tipo de tropelías, desmanes y declaraciones estúpidas sin tener que rendirle cuentas a nadie, y además, sintiéndose moralmente superiores a los demás (¿remember Giorgio Jackson?… yo era igualito).

En el caso del reciente estallido, que pasó a la historia sin pena ni gloria junto con el efímero intento constitucional, es necesario aclarar que en 2018 hubo no uno sino dos estallidos: el “Estallido A” , el de la marcha del millón, de clases medias insatisfechas que se sienten hasta hoy legítimamente frágiles, los que están en las listas de espera de los hospitales, y el “Estallido B” que confluyó pero no era lo mismo, que fue muy violento, juvenil, de quemas de Metro y que estuvo a punto, a sólo 100 metros de tomarse La Moneda, con incalculables consecuencias. Habríamos perdido la democracia que tanto costó rescatar, así de simple. El desafío actual y futuro será resolver las causas del “Estallido A”.

Lo que estamos viviendo hoy es una paradoja surrealista: la generación del estallido violento, del “B”, mayoritariamente ñuñoína, esa que casi derrocó a Piñera, llegó a la Presidencia. Jamás se lo imaginaron, fue una coyuntura electoral absurda, y helos ahí instalados en la Moneda, junto con un PC cuyos viejos –vejetes– defienden a Maduro, tal como nosotros defendíamos lo indefendible: Cuba y la USSR. Nunca lo imaginaron. De ahí que Boric ha ido teniendo que madurar como membrillo de colegial, a puros golpes, de ahí que tuvo que llamar a la cohabitación con el socialismo renovado, porque su coalición no tenía la mínima noción de cómo gobernar. Pero todavía se le arranca un poco la moto en una que otra ocasión, se esfuma el estadista y le resurge el Boric moralmente “superior”. El membrillo Boric necesitará otros pocos golpes para que termine de madurar.

Parte del surrealismo es Lautaro Carmona apoyando a Maduro, aun a disgusto de Boric, de sus ministros PC y otros militantes relevantes. Ahora bien, quien crea que por estos estertores el PC hará abandono del gobierno, puede irse olvidando. Hay demasiados militantes con cargos bien remunerados. Tanto el PC como el FA han sido extremadamente eficaces en colocar a casi todos sus dirigentes medianos y menores en cargos públicos, donde están comenzando a aprender el significado del Estatuto Administrativo, la Ley de Presupuesto y otros prosaicos ingredientes de la maquinaria de Estado.

Pero… pero… pero… no todo es negro, aún hay patria ciudadanos. Muchos socialistas ultrones de los 70 se renovaron y aprendieron a gobernar, llegando muchos de ellos —incluyendo MAPUs de ambos sabores— a altos cargos ministeriales y parlamentarios. Esa generación anterior no solo recuperó la democracia, sino que —en alianza con la vilipendiada DC— convirtió un país miserablemente pobre en uno de clase media. ¡De 1990 a 2023 el PIB per cápita aumento 6.5 veces en términos reales y los pobres —medidos con la misma vara— se redujeron de … 65% a 6.5%, con un nivel de deuda externa menor al de todos los países OCDE!. Nada menos que un milagro económico y social, por mucho que todavía tengamos niveles de desigualdad de ingreso (Indice de Gini) que, habiendo mejorado, todavía son similares a Perú o Ghana.

En una de esas, lo más probable es que esta generación ultrona termine aprendiendo y en diez o veinte años se renueven, aprendan el Estatuto Administrativo y un poco de economía, vuelvan a gobernar, esta vez sensatamente, y lleven Chile a un nuevo estadio de desarrollo, de corte socialdemócrata como me gustaría. El PC terminará de enterrar a todos sus vejetes, les pondrá una llama eterna en su sede partidaria, y también se convertirá en un partido socialdemócrata… y este cuento pasó por un zapatito roto para que mañana contemos otro. ¡Socialdemocracia o muerte, venceremos!

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