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Marzo 8, 2024

Algo es algo: La Caperucita, el cazador y el canasto

Juan Diego Santa Cruz, cronista gastronómico y fotógrafo
Créditos: Gustave Doré.

¿Quién podría desconocer el aporte que por gusto y también por falta de alternativas han hecho billones de mujeres por alimentar el mundo? Infinitas gracias para las abuelas, madres, tías y hermanas que tuvieron el aguante.


Hace unos días, por razones inexplicables, escuché un debate literario en que unas feministas de pelo muy corto declaraban tajantemente que era imprescindible reescribir la Caperucita Roja. El motivo para tal empresa, dijeron, era que en el cuento de los hermanos Grimm, la Caperucita es salvada desde el mismísimo vientre del lobo por un cazador. Un cazador hombre. Según ellas, las mujeres no necesitan hombres que las anden salvando. Recordemos que el cazador escuchó los fuertes ronquidos del lobo y en milisegundos dedujo que el maldito se había comido a la abuela. Con destreza de cirujano le cortó el vientre al malhechor y sacó a la Caperucita y a su abuela que estaban al borde de la muerte.

Uno se pregunta qué tendrá de malo la gente que anda salvando vidas pero el panel ya había decidido que el cazador era el símbolo del patriarcado opresor y capitalista. Sagaz, intuí que no valía la pena mencionar que en la versión de Charles Perrault, escrita más de cien años antes que la de los Grimm, la Caperucita simplemente moría.

Si usted no lo sabía hay dos cuentos de la Caperucita Roja. En las dos historias fue la mamá de la Caperucita quien se preocupó y mandó a su hija con la capa roja y el canasto a ver a la abuelita enferma. En la versión de Perrault lleva torta y mantequilla y en la versión posterior de los hermanos Grimm los autores parecen haber entendido mejor las necesidades femeninas y la Caperucita lleva torta y una botella de vino. Porque hay que entender a las mujeres. El camino no les ha sido fácil y no falta el lobo que intenta mandarlas por el camino más largo.

¿Quién podría desconocer el aporte que por gusto y también por falta de alternativas han hecho billones de mujeres por alimentar el mundo? Infinitas gracias para las abuelas, madres, tías y hermanas que tuvieron el aguante para estar por horas frente a la paila de cobre revolviendo sin parar para que la mermelada quede perfecta. El mundo entero está parado sobre el esfuerzo de alguna mujer que desde niña hasta anciana ha puesto el hombro en la cocina.

Si usted tiene sangre italiana, una de las mejores genéticas que se pueden tener si se trata de amor y comida, por sus venas corre la herencia de mujeres habilísimas haciendo pasta fresca los 365 días del año que han alimentado a millones de personas con sus tagliatelle y tortelloni.

Ni hablar si tiene sangre mexicana. Ahí la cosa se pone seria porque las mujeres mexicanas que cocinan tradicional son chingonas y con muchos más músculos que las feministas literatas. Las tortillas y el mole verdadero requieren que la mujer pase buena parte de la vida frente al metate con el uslero de piedra en la mano amasando para las tortillas y triturando para el mole, una especie de gimnasio culinario que pocos empingorotados chefs de hoy podrían resistir.

Como el cuento de la Caperucita, el mundo también ha cambiado liberando a las mujeres al menos en parte gracias a la píldora y a la lavadora pero también gracias a las capitalistas pastas y tortillas que venden en el supermercado.

Recordaba todo esto mientras seguía escuchando la cháchara feminista-cultural. Dijeron varias veces constructo y algunas frases incomprensibles hasta que les dio de nuevo con la Caperucita. Esta vez tuve que apelar a mis sentimientos zen nivel octavo dan porque no contentas con eliminar al cazador del cuento, sentenciaron que era imprescindible reemplazar la torta y el vino por comida saludable. Me acordé de la frase “hasta un reloj descompuesto da la hora correcta dos veces al día” y me pareció buena idea reescibir cuentos tradicionales infantiles para los nuevos tiempos. Porque las cosas cambian y nunca dejarán de hacerlo.

Tal vez la Caperucita podría ir por el bosque con olor a tomate recién cosechado en las manos y con la boca pegote de la miel fresca que recién se había zampado. Ella quizá aprovecharía de recolectar hongos y de subir una historia para Instagram. Me imagino una Caperucita con buenos músculos para llevar el canasto, así que aprovechando que no hay debilidad alguna en el personaje, le mandaría a la abuelita un trozo de fois gras, pan blanquísimo recién hecho, dulce de membrillo, queso manchego, jamón de jabugo, eclairs de chocolate, hojuelas, queque de zapallo italiano y una magnum de tinto.

Estoy seguro que la Caperucita sería más rápida que el lobo y, aunque el animal creyera que la engañó, no se enteraría hasta el último segundo que el engañado fue él. Es posible que ella hubiese escondido su bicicleta entre los arbustos porque no sólo le sobraría simpatía sino también inteligencia. Pedaleando endemoniada la niña de la capa roja llegaría antes que el lobo a alertar a la abuelita para que se escondiera en el closet escopeta en mano. Caperucita y el cazador se meterían a la cama a esperar tapados por las sábanas listos para vencer al lobo. En la tensa espera es probable que comieran un poco de manchego con membrillo y por qué no, unos sorbos de vino para el coraje. Es evidente que llegado el momento de la entrada del lobo y con el cuchillo con el que cortaron el queso en la mano, defenderían la vida y también el canasto. Y lo lograrían. Juntos. Apostaría que con su bondad y sabiduría de mujer, la Caperucita le perdonaría la vida al lobo para que contara quién es realmente la que manda en el bosque.

Algo es algo.

Receta para el domingo

Queque de zapallo italiano

  • Para un molde rectangular de 25 cms.

Este queque es gusto de abuelita. La receta es de Melissa Clark

Ingredientes:

  • Mantequilla, para el molde

  • 1½ tazas / 185 gramos de zapallo italiano rallado grueso

  • ⅔ taza / 140 gramos de azúcar morena

  • ⅓ taza / 80 ml de aceite de oliva

  • ⅓ taza / 80 ml de yogur griego natural

  • 2 huevos grandes

  • 1 cucharadita / 5 ml de extracto de vainilla

  • 1½ tazas / 190 gramos de harina para todo uso

  • ½ cucharadita / 3 gramos de sal

  • ½ cucharadita / 3 gramos de bicarbonato de sodio

  • ½ cucharadita / 2 gramos de polvos de hornear

  • 1½ cucharaditas / 4 gramos de canela molida

  • ¼ cucharadita / 1 gramo de nuez moscada molida

  • 1 cucharadita / 2 gramos de ralladura de limón

Caliente el horno a 180 grados. Unte con mantequilla un molde para pan de 20 cms.
En un bolo grande, use una espátula de goma para mezclar el zapallo rallado, el azúcar, el aceite de oliva, el yogur, los huevos y el extracto de vainilla.

En un recipiente aparte bata la harina, la sal, el bicarbonato de sodio, el polvo para hornear, la ralladura de limón y las especias. A continuación incorpore los ingredientes secos a los ingredientes húmedos.

Vierta la masa en el molde y hornee durante 40 a 55 minutos, girando el molde a la mitad de la cocción. El queque estará listo cuando al insertar un palillo o fósforo en el medio, éste salga limpio.

Deje enfriar sobre una rejilla durante 20 minutos. Retire el queque del molde y déjelo enfriar completamente sobre una rejilla antes de cortarlo y servir.

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