A partir de la reforma electoral de 2015, el congreso está compuesto de legisladores que le deben sus escaños al apoyo de grupos relativamente reducidos de electores. Las consecuencias de ese diseño las estamos pagando caro: un congreso más fragmentado y polarizado.
El fin del binominal: El actual sistema nació de las críticas que existían contra el llamado sistema binominal. Sus detractores alegaban que el sistema favorecía a la segunda coalición más votada—entre 1989 y 2013, la derecha. Pero la principal distorsión era que el sistema dejaba fuera a los partidos más chicos y premiaba a las dos coaliciones más votadas.
El nuevo sistema: La reforma buscó corregir, principalmente, la exclusión de los partidos con menos votación. Pero otros problemas se mantuvieron, como el peso relativo del voto entre distrito.
Problemas de gobernabilidad: El sistema electoral en vigencia desde Chile en 2017 efectivamente facilita la obtención de escaños para partidos con menor votación y permite mejorar la proporcionalidad del sistema.
Cambio político gigantesco: Como el país se apresta a iniciar un proceso constituyente, la lección a aprender es que el diseño institucional tiene consecuencias. La reforma tuvo efectos gigantescos: ha cambiado profundamente la forma en que se hace política en el congreso y el balance de poderes entre el ejecutivo y el legislativo.
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