Tres años de dogma: El último 11 de marzo de Boric. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante
El Presidente Gabriel Boric en el Palacio de La Moneda. Foto: Agencia UNO.

Quienes sistematizaron el programa lo hicieron luego de recoger opiniones de una cámara de eco, basada entre personas similares entre sí, poco representativas del chileno apolítico de clase media, y sin preocupación de la viabilidad política tras las ideas. Y, para peor, priorizaron la consistencia ideológica por sobre la flexibilidad pragmática.


A días de iniciarse el último año del Presidente Boric a cargo de Chile, cabe preguntarse sobre el estado de avance del programa de gobierno. Evaluar su cumplimiento no solo permite proyectar cómo será recordada su administración, sino también examinar la evolución de la opinión pública a través del tiempo y comprender de mejor manera las claves de la próxima elección.

Como marco, habría que partir diciendo que, a diferencia de otros programas de gobierno, este en particular se originó en un proceso de participación popular en que los simpatizantes del Frente Amplio y Partido Comunista pudieron plasmar sus ideas. Así, fue un documento diseñado lejos de las oficinas de los expertos y técnicos, y escrito con el sentido común de un grupo amplio pero afín a las ideas políticas del sector.

El resultado finalmente fue presentado a los votantes en la campaña electoral de la primera vuelta de 2021, y se estructuró en cuatro ejes centrales: acceso garantizado universal a la salud, pensiones dignas sin AFP, un sistema educativo público, gratuito y de calidad, y la conformación de un (el primer) gobierno ecologista de la historia de Chile.

La pregunta, entonces, es ¿cuánto se ha avanzado realmente en cada una de estas áreas? Veamos.

En materia de acceso garantizado universal a la salud, que contemplaba un sistema sanitario universal, puede decirse con total seguridad de que no se ha logrado nada de lo prometido. En primer lugar, el gobierno terminó extendiendo la influencia de las Isapres y el modelo que permite a los afiliados de Fonasa atenderse en centros asistenciales privados.

De hecho, con la ley corta impulsada por el gobierno, Boric evitó el quiebre total de las aseguradoras. Por lo demás, recientes reportes muestran que las filas de espera en la salud pública están llegando a topes del periodo, lo que no solo demuestra la importancia fundamental del componente particular, sino también la incapacidad de poder convertir el componente público en un sistema eficiente.

En el segundo eje, tampoco hay mucho que reportar. La legislación recientemente aprobada no solo consolidó a las AFP, sino que, además, estableció un precedente que las perpetuará, al reconocer implícitamente que son un pilar esencial no solo del sistema actual, sino de cualquier país donde la pirámide demográfica se invertirá en poco tiempo más, al igual que en contextos con tasas de inestabilidad laboral a lo largo del tiempo. Así, por lo hecho en este gobierno, las AFP quedan aún más afianzadas de lo que estaban. Es, probablemente una buena noticia, aunque ciertamente va en contra de lo originalmente anunciado.

En educación, en cambio, el gobierno ha asumido un rol marcadamente pasivo, limitándose a administrar lo que diseñó como parte de la cantera en la antesala de la segunda administración de Bachelet. En efecto, ha intervenido poco en la materia, en tanto las reformas previas han seguido su curso.

Si algo ha cambiado es que los efectos negativos de la desmunicipalización, el fin de la selección y del copago se han vuelto más evidentes que nunca, generando un sistema educativo incluso más desigual y más segregado de lo que había antes. De hecho, ni siquiera parece haber un plan en marcha para revertir los malos resultados en los puntajes SIMCE o la caída sostenida en los ránkings de lo que alguna vez fue la joya de la corona: los liceos emblemáticos.

En cuanto al cuarto eje prioritario, la conformación del primer gobierno ecologista de la historia de Chile, la verdad es que no hay avances visibles. Quizás se podría considerar el rechazo administrativo y extraordinario del proyecto Dominga como un logro, pero ni siquiera eso parece responder a un plan de mayor alcance o a una estrategia anclada en una visión de largo plazo.

Ad portas del último año de gobierno, lo que queda en evidencia es un Ejecutivo que no solo ha entregado resultados contrarios a lo prometido en sus principales ejes programáticos, sino que, además, ha fallado en adaptarse a las prioridades de la ciudadanía, como lo demuestran las alarmantes tendencias en seguridad y economía. En resumen, un gobierno que no cumplió sus compromisos originales ni supo ajustarse cuando los vientos cambiaron de dirección.

¿Qué ocurrió? Por lo pronto, falló el diagnóstico. Quienes sistematizaron el programa lo hicieron luego de recoger opiniones de una cámara de eco, basada entre personas similares entre sí, poco representativas del chileno apolítico de clase media, y sin preocupación de la viabilidad política tras las ideas. Y, para peor, priorizaron la consistencia ideológica por sobre la flexibilidad pragmática.

Así, la raíz de los magros resultados del gobierno se encuentra en la visión rígida de la realidad que tiene el sector político que gobierna, que avanza con una óptica que constriñe tanto como tensiona, e impide improvisar incluso cuando es lo único racional que se puede hacer.

Hay ejemplos de este dogmatismo en casi todas las áreas que requieren reflexión y decisión política. Es visible, si en nada más, en la manera en que el gobierno ha priorizado el frívolo debate sobre el busto que debe ir sobre el monumento de Plaza Baquedano por sobre las constantes hechos delictivos que ocurren, una y otra vez, alrededor del lugar.

Afortunadamente, la opinión pública ha ido evolucionado progresivamente, alejándose del fundamentalismo ideológico asociado al estallido social y el proceso constitucional y se ha ido acercándose al consenso pragmático, donde resolver problemas prioritarios es de nuevo, más importante que la pureza doctrinaria.

A pesar de lo obvio que resulta de este diagnóstico, es probable que la línea de sucesión al gobierno siga atrincherada en el mismo enfoque, ya que el cálculo político parece ser que, aunque el fundamentalismo no entrega resultados tangibles a nivel de gobernanza, sí es capaz de movilizar a personas que, de otro modo, no irían a sufragar.

El voto obligatorio podría morigerar la estrategia, pero es poco probable que fuerce que el sector abandone por completo su credo, ya que todo indica que sigue prefiriendo el nicho por sobre la capa como blanco del relato, a pesar de todos los costos que ha traído.

Finalmente, en cuanto a lo que viene, la tendencia favorecerá a la oposición siempre y cuando esta logre presentar un plan claro y contundente que apunte en una dirección exactamente contraria al programa de de Boric en 2021. Mientras más se aleje de la política de minoría y del fundamentalismo ideológico, más tracción ganará. En este momento, lo que el país demanda es un discurso claro y firme en favor del orden, la seguridad y el crecimiento económico; todo lo que se ha ido deteriorando en los últimos años.

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