Octubre 10, 2022

Stéphanie Alenda: “Hay un gatopardismo en la derecha”

Marcelo Soto

Stéphanie Alenda, directora de Investigación de la Facultad de Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Andrés Bello, realizó un estudio sobre la variación ideológica de la derecha desde el estallido social.


-¿Por qué dices que la derecha es gatopardista; es decir, que prefiere que todo cambie para que todo sigue igual?

-Es lo que argumentamos junto a mis colegas Miguel Angel López, Kenneth Bunker y Nicolás Miranda, en un texto reciente que se dedica al análisis de la derecha post estallido social. A través de un estudio de los programas de gobierno de los diferentes candidatos a la presidencia, comprobamos la moderación de la coalición a partir de los años 90 cuando la candidatura de Lavín logra reposicionar a la UDI como un partido con vocación de mayoría. El programa de Lavín en 2005 se sigue moviendo hacia la izquierda para tratar de contrarrestar la popularidad creciente de Michelle Bachelet y diferenciarse de Piñera.

Un segundo hito es el 2013. El programa de Matthei aparece entonces como el más audaz en rehabilitar el rol del Estado en varios ámbitos, también en un intento por reducir la distancia que la separaba de Bachelet. Esta tendencia se mantiene en los programas de Piñera de 2005 y 2009, aunque con menos fuerza que en el caso de Lavín y Matthei, hasta el 2017 cuando se revierte.

¿Por qué decimos que hay gatopardismo en la derecha? Porque esa moderación de los programas contrasta con la estabilidad del posicionamiento de las élites parlamentarias de la UDI y RN durante el periodo, tanto en el eje estado mercado como izquierda-derecha. Por ejemplo, en materias de pensiones los legisladores de ambos partidos defienden el sistema privado vigente desde 1982 y solo después de las movilizaciones sociales se abren a la posibilidad de una administración estatal. En síntesis, observamos una brecha entre los programas de los partidos y las ideas de las elites de derecha.

Y hablamos de gatopardismo porque si bien la derecha se adapta para maximizar votos, vale decir que el pragmatismo se impone sobre la doctrina, ese cambio es más superficial que estructural. A lo largo del periodo, no se reconoce por ejemplo el agotamiento del modelo de desarrollo heredado de la dictadura.

-¿Después del estallido cambió el escenario para el ordenamiento de la derecha? ¿De qué manera?

-Las protestas de 2019 abrieron una ventana de oportunidad para que cobraran fuerza, en ambos lados del espectro político, ideas que ya se encontraban disponibles desde las movilizaciones estudiantiles del 2011: en la izquierda, se instalaron ciertos anhelos refundacionales en base a la crítica a la hegemonía neoliberal, ideas que tuvieron luego influencia en las reformas del segundo gobierno de Bachelet.

Es en parte en respuesta a eso que se fortaleció en la derecha una sensibilidad socialcristiana, también crítica hacia la ortodoxia neoliberal. En eso tuvieron un rol importante los centros de pensamiento como el IES o IdeaPaís. Esta coyuntura crítica tuvo también efectos en el fortalecimiento de una derecha radical que impugnó a Chile Vamos por el abandono de sus valores fundacionales y por ceder al “chantaje de la izquierda” entregando la Constitución del 80. Diría que son dos proyectos los que se enfrentan, uno reaccionario en sus orígenes; el segundo, más pragmático y dispuesto a avanzar sin dogmatismos en los asuntos pendientes de la transición chilena.

-¿Hay entonces dos proyectos en la derecha? ¿Son opuestos o pueden congraciarse?

-El Partido Republicano es más homogéneo, tiene un proyecto más claro, doctrinario, emparentado con otras derechas radicales del mundo junto a las cuales busca constituirse en referente clave de un renacimiento conservador que ha sido estudiado por Norris e Inglehart, entre otros, como una reacción cultural ante el auge de valores progresistas como la defensa de las identidades de género, derechos de las minorías, etc. Ese auge es percibido como una amenaza para los valores tradicionales de la fe, la familia y la nación. En América latina suele además ser libertaria en lo económico.

En cambio, la derecha moderada incorpora valores liberales y progresistas en el ámbito cultural, y es más social en su concepción del rol del Estado. Alberga también posiciones más diversas, lo que la ha vuelto objeto de ataques por “traicionar” los principios y valores fundantes de la derecha. Puede haber coincidencias pragmáticas entre ambas derechas pero me parece que éstas no ponen en cuestión esas diferencias.

Respecto a si pueden congraciarse, lo que muestran los casos empíricos es que existen distintos caminos: en Europa desde los años 80 la derecha moderada ha tendido a reforzar cierto discurso sobre el orden, la seguridad y la defensa del Estado de derecho; optó como en Francia por la política del cordón sanitario o en otro casos ha realizado alianzas estratégicas con la derecha radical aunque no compartan el mismo ideario.

Esta última opción es la que ha tomado Chile Vamos tanto para la elección de convencionales como en la segunda vuelta de las presidenciales. Uno de los problemas de ese apoyo es que aleja a la centroderecha del desafío de construir un proyecto que implica diferenciarse y dar su propia batalla de las ideas desde un espacio más moderado.

-¿De qué manera la Convención reflejó las distintas almas o corrientes del pensamiento de la derecha? ¿Fue una contraposición positiva o negativa?

-El análisis de la totalidad de las votaciones que tuvieron lugar en el pleno entre julio de 2021 y mayo de 2022, según la base de datos de Tresquintos que utilizamos para la publicación que mencioné, muestra que la derecha no tuvo un comportamiento uniforme. Se observan dos derechas, una conformada por miembros de la UDI, RN y el Partido Republicano, y la otra por miembros de Evópoli, RN e independientes. Como argumentamos, este segundo colectivo tuvo incluso más en común con el colectivo del Apruebo que con los integrantes de su propio sector. Fueron en particular los convencionales de ese colectivo que se manifestaron a favor de propuestas habitualmente asociadas a los Estados de Bienestar, como el derecho a la vivienda.

Existieron sin embargo ciertas convergencias entre los colectivos en ese sentido. En una de las iniciativas firmada por convencionales de la UDI y Republicanos, se reconocía por ejemplo a las aguas como bienes nacionales de uso público. Esto parece entrar en contradicción con uno de los bordes que se fijó para el nuevo proceso constituyente, que consiste en hacer extensiva la propiedad privada al aprovechamiento de las aguas.

-¿La victoria de Kast en primera vuelta evidenció una derrota ideológica de la derecha liberal? ¿Qué tan profunda fue esa derrota?

 -Esta victoria se explica por varios factores cruzados que van desde los errores no forzados de la candidatura de Sichel, quien mejor representaba a ese nuevo Chile que surgió al amparo de la modernización, al momentum que logró aprovechar Kast. Supo capitalizar mejor un sentir más crítico de la ciudadanía respecto a las protestas sociales y a la capacidad de la convención de mejorar la situación del país. También el contexto -la crisis migratoria en el norte y la radicalización del conflicto en la Araucanía- le fue favorable.

Por lo demás no hay que sobredimensionar el porcentaje obtenido por la derecha radical pues solo votó un 47% de los Chilenos, en una votación muy fragmentada. No creo por lo tanto que haya suficientes elementos para concluir que hubo una derrota ideológica de la derecha liberal. Como tampoco creo que el cheque en blanco de Chile Vamos a Kast en segunda vuelta haya significado una adhesión en bloque a su propuesta. Operó ahí el criterio del mal menor tanto para la coalición de centro-derecha como para una parte del electorado frente a lo que se percibió como la amenaza de una izquierda radical.

 -La derecha tuvo casi cero influencia en la Convención. ¿Qué lecciones pueden sacarse de eso?

-Esa baja influencia se explica en parte por el diseño que desembocó en la composición final de la convención, por lo que una de las lecciones sería llegar a una fórmula que permita que ningún sector se sienta con el derecho de aplastar a otro. Esto debería implicar también dejar para el debate constitucional los bordes de los temas que más dividen como son los contenidos del Estado social de derecho.

-¿Cómo se visualiza la incorporación de estas dos derechas en el diálogo constituyente? Ya se apartó el Partido Republicano. ¿Debe aliarse con ellos o diferenciarse?

-El desarrollo del diálogo constituyente ratifica esas diferencias, con un Partido Republicano que al apartarse de la discusión está quedando como el Partido Comunista que se restó del histórico Acuerdo de noviembre de 2019.

-Kast ha mantenido cierto silencio, aunque habló tras el triunfo del Rechazo. ¿Su figura es una amenaza para la derecha moderada?

-No sé si hablar de amenaza pero sí tensiona a la derecha moderada dado que en parte se disputan el mismo electorado. Con la posición que ha asumido Chile Vamos respecto a dar continuidad al proceso constituyente, se observó una brecha entre la militancia de los partidos que componen la coalición y sus élites. Lo que me pregunto es cuán representativa es esa brecha del sentir del electorado de derecha, si consideramos que un porcentaje significativo votó por el Apruebo en el plebiscito de entrada.

-Un gobierno como el de Boric, ¿favorece la opción de una ultra derecha en Chile?

-Cualquier fracaso en la resolución de los temas que han contribuido al auge de la derecha radical en el mundo -crisis de orden y seguridad, retroceso de ciertos valores, inmigración descontrolada- favorece la consolidación de una derecha radical en Chile. De hecho, las cuestiones del orden y del respeto al Estado de derecho han sido centrales en el discurso de Kast desde su primera candidatura a la presidencia y en circunstancias en las que se relativizó la violencia.

También los contextos de incertidumbre son propicios al apoyo a líderes fuertes que parecen entregar certezas, lo que debería preocupar al mundo político en su conjunto. Otro factor que favorece ese auge es la existencia de partidos de centro-derecha débiles y sin capacidad de actuar como dique de contención frente a la ultra derecha. Es lo que muestra Ziblatt en su libro sobre el rol de los partidos conservadores en la consolidación de las democracias europeas.

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