Ricardo Brodsky, exdirector del Museo de la Memoria: “El peligro es que la intolerancia se expanda a la sociedad, como pasó en la UP”

Marcelo Soto

Licenciado en Literatura, director de los museos de la Memoria y los DDHH (2011-2016), Gabriela Mistral (2016-2017) y Benjamín Vicuña Mackenna (actualmente), exembajador, Ricardo Brodsky se sumerge en las verdades incómodas del pasado para iluminar el presente. Sus columnas son agudas y nunca condescendientes, lanzando dardos tanto a quienes relativizan las violaciones a los DD.HH. como a los que hablan desde la autoridad moral.

En este entrevista dice que la mayoría de la Convención no quiere un fracaso histórico y aclara que no toda opinión disidente sobre la dictadura es negacionista.

-Al mirar el clima político del país se observa una grieta en Chile, donde las diferencias se han acentuado enormemente. Animados por la llama de las redes, todos parecen dividirse entre los nuestros y los malos. ¿Es preocupante este nivel de animadversión?

-Es preocupante, aunque por ahora se trata de un fenómeno que solo toca al mundo politizado. Lo peligroso es que esa actitud intolerante se expanda hacia la sociedad, como pasó en tiempos de la Unidad Popular, en que adversarios políticos se convirtieron en enemigos que había que destruir. Lo positivo es que por ahora los chilenos y chilenas siguen optando por el diálogo y esperan que sus líderes hagan lo mismo. Las primarias, en todos los casos fueron exitosas para quienes se mostraron en posiciones dialogantes. Fue una derrota para todos los extremismos de derecha y de izquierda. El fin de la Lista del Pueblo también es un fracaso de una forma de extremismo.

-¿Crees que la Convención ha ayudado a apaciguar este ambiente o por el contrario le ha puesto leña al fuego? ¿Observas ánimos refundacionales en ella? 

-Claramente en la Convención hay dos actitudes: los y las que buscan que el proceso fracase ya sea provocando polémicas ruidosas pero intrascendentes o proponiendo cuestiones estrambóticas como ha ocurrido en las comisiones de Ética y Derechos Humanos. Creo, sin embargo, que la mayoría está consciente que tienen la obligación de proponer un texto constitucional de amplio acuerdo y que no se pueden exponer al rechazo en el plebiscito de salida, a partir de darse gustos sectarios o contrarios a las instituciones y prácticas más asentadas en el país. La disolución de la LDP y la declaración de 15 convencionales de derecha separando aguas con la UDI, es la mejor prueba que los convencionales en su mayoría no están disponibles para echarse sobre sus hombros la responsabilidad de un fracaso histórico. Claro que hay aires refundacionales, lo que es bastante normal en un proceso como este nacido de una crisis política y social, pero como digo, hay dos llaves que obligan a moderarse: la norma de 2/3 y el plebiscito de salida.

-Jorge Arancibia causó polémica en la Convención, cuando fue acusado de negar las violaciones a los DDHH en dictadura. ¿Hay confusión respecto al término “negacionista”? ¿Por qué?

-Es evidente que la Comisión de DDHH se equivocó al acusarlo de negacionista. De hecho, retrocedió sobre el punto y reconoció los derechos de Arancibia, como los de todos los miembros de la Convención. Lo que ocurre es que se ha estado haciendo un uso muy laxo sobre el concepto de negacionismo, concepto que se acuñó para referirse a la negación del holocausto, un crimen industrial sin precedentes en la historia humana y que da origen a conceptos como crimen contra la humanidad y genocidio en el tribunal de Nuremberg. Obviamente Arancibia es un hombre de derecha y probablemente tienen una valoración distinta a la de la mayoría sobre las violaciones a los DDHH en dictadura, pero ha reconocido públicamente que hubo violaciones a los DDHH y a partir de ese minuto no se le puede acusar de negacionista. Entonces, lo que digo es que no se puede acusar de negacionista ni menos sancionar penalmente a cualquier opinión disidente de la de la mayoría sobre lo ocurrido en el país durante la dictadura.

-Sueles expresar opiniones que se alejan de lo políticamente correcto. Dijiste que Carabineros era un chivo expiatorio. Has criticado cuando las víctimas y quienes lucharon por los DDHH hablan desde la autoridad moral. ¿Eso te ha traído problemas en la izquierda?

-No, no me ha traído problemas, más bien mensajes de afecto. En general la gente de izquierda está abierta a conversaciones más reflexivas o críticas, es lo propio de ser de izquierda. Obviamente hay excepciones que generalmente se esconden en el anonimato de las redes sociales. Siempre me he considerado una persona de izquierda, por tradición familiar y por mi propia biografía. Lo que ocurre es que hay una izquierda humanista, que sigue una cierta tradición intelectual, que afirma a la democracia y los derechos humanos como parte de su identidad, digamos una izquierda allendista; y hay otra izquierda, que en América Latina se ha identificado con Chávez, Maduro, Daniel Ortega y otros líderes populistas y autoritarios que no me representan para nada y que en Chile se expresa con cierta fuerza y dado su “éxito” para conquistar y mantenerse en el poder, atrae a muchas personas de la izquierda populista que priorizan el acceso al poder por sobre cualquier otra consideración.

-David Rieff, un autor bastante polémico, ha dicho que recordarlo todo y siempre puede no ser la mejor opción. Como exdirector del Museo de la Memoria, ¿cuál es tu opinión? ¿Puede el recuerdo transformarse en una pesada estatua que impide avanzar?

-Conozco personalmente a David Rieff y he leído sus libros sobre el olvido y la memoria. Me parece que él hace un punto muy importante. En la medida que la memoria se constituye en la identidad de una comunidad política, puede conducir a rigideces discursivas muy militantes y sectarias, con el peligro de dejar a esa comunidad de memoria anclada a un pasado doloroso. En tales casos la memoria no estaría sirviendo para superar una historia traumática, sino para hacerla regresar una y otra vez, dejando que el trauma se apodere de nuestras vidas. Pienso como Todorov que la memoria tiene que servir un propósito de paz, no reanimar eternamente un conflicto, sino ser fuente de identidad y de lecciones que impidan volver atrás.

-Hay una tendencia poderosa hacia la igualdad. Los políticos hablan de ella y la usan como eslogan. Sin embargo, como escribió Orwell, tiene sus riesgos: siempre hay personas más iguales que otras. ¿Puede la igualdad convertirse en un concepto opresivo?

-Cualquier concepto puede convertirse en opresivo. La Igualdad del mismo modo que la Libertad. El “laissez faire” en la economía, inspirado en la libertad, puede ser muy opresivo para los ciudadanos indefensos. La Igualdad total, dictada siempre desde el poder, nunca es igualitaria: hay unos que son más iguales que otros. Lo importante me parece es que estos conceptos, así como las instituciones, encuentren su equilibrio: no eliminar la libertad en nombre de la igualdad ni dejar de buscar la igualdad en nombre de la libertad. La democracia es eso: equilibrios siempre imperfectos pero perfectibles. Ciertamente Orwell advirtió sobre los peligros de la ruptura de esos equilibrios. También la Fe puede ser liberadora y terriblemente opresiva.

-Eres director del Museo Vicuña Mackenna. ¿Qué lecciones deja Vicuña Mackenna a los ojos contemporáneos? ¿Qué representa como figura quien fuera, además de escritor, parlamentario y candidato presidencial, secretario de la Sociedad de la Igualdad?

-Vicuña Mackenna es un personaje complejo, muy de su tiempo y de su clase social. Me gusta el Vicuña Mackenna joven, liberal, romántico, aventurero, opuesto al autoritarismo, exiliado y encarcelado por sus ideas y participación política. También fue un notable escritor de biografías. Creo, sin embargo, que lo más interesante a la luz actual, es su legado como Intendente de Santiago, su concepto de la ciudad y su inagotable iniciativa que le permitió a la ciudad salir de la época colonial para aventurarse en la construcción de una ciudad republicana. Hay un Santiago antes y después de Vicuña Mackenna.

 

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