Abril 24, 2022

Recomendaciones de libros: Prisioneros de la historia, la guerra de los monumentos. Por Bernardo Solís

Ex-ante

Continente Salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial es un  libro desolador acerca del día siguiente de la victoria de los aliados en el continente, y que cuenta las atrocidades que se perpetraron en países devastados y sin ley entre 1944 y 1949, un periodo que suele intentar olvidarse. Fue un cambio en la forma que se cuenta la última gran guerra.


¿Qué puede decirle a la actualidad nacional un libro sobre cómo vencedores y vencidos de la Segunda Guerra Mundial se relacionan con su pasado a través de los monumentos? Cuando se leen las batallas por la memoria que cada una de las comunidades han librado, se entiende que de lo que hablamos es de cómo se recuerdan los hechos del pasado, y de la forma en que cada detalle cuenta para imponer un relato.

Esa es una de las lecturas posibles que surgen de Prisioneros de la historia. Monumentos y Segunda Guerra Mundial (Galaxia Gutenberg, 2021, 336 páginas), el último libro de Keith Lowe, una joven eminencia acerca de la guerra. Lowe fue editor de libros de historia durante 12 años y un día decidió dedicarse a escribirlos y su obra cumbre hasta ahora es Continente Salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial, un libro desolador acerca del día siguiente de la victoria de los aliados en el continente, y que cuenta las atrocidades que se perpetraron en países devastados y sin ley entre 1944 y 1949, un periodo que suele intentar olvidarse.

El libro fue un cambio de tuerca en la forma en que se cuenta la última gran guerra.

Prisioneros de la historia es una secuela pero con algo tan concreto como los monumentos con que se recuerda esa hecatombe en todo el mundo. Es decir, qué se ha tratado de inmortalizar de héroes, mártires y monstruos, y a la propia guerra.

Aunque la iconoclasia que inundó hace algunos años nuestras calles puede tener una explicación en Prisioneros de la historia, más interesante es pensar en cómo se recordarán los años recién pasados en una época en que, como bien anota Lowe, la mayoría de las naciones están empezando a verse como víctimas.

Es un debate que acá se ha postergado. No es casual el limbo en que se encuentra el futuro de la estatua del general Manuel Baquedano, uno de los iconos del Santiago de los treinta años. Un debate que alguna vez se abrirá, y que no es otra cosa que discutir sobre la forma de recordar lo que ocurrió aquel viernes 18 de octubre de 2019.

Algunas naciones, escribe Lowe, han dejado de retratarse como heroicas y sus monumentos han comenzando a girar en torno a otro tema, “igualmente poderoso y puro: el del martirio. Esta es una identidad mucho más fácil de sostener, ya que permite a una nación conservar una elevada autoridad moral sin tener que cargar en ningún caso con la responsabilidad de mantener la paz; y es, a la vez, una manera fácil de eludir las críticas”.

Lowe pone atención en cómo se desmontan las imágenes de los héroes. Por ejemplo, con el enorme monumento a Douglas MacArthur que inauguró el dictador Ferdinand Marcos en Filipinas (“Los héroes son como los arcoíris: solo pueden apreciarse bien desde cierta distancia. En cuanto nos acercamos demasiado, las cualidades que les hacen brillar tienden a desaparecer”).

O lo que pasa con el Monumento a los Caídos en Bolonia, Italia, que tuvo una relectura en los años ochenta cuando se le puso una placa a raíz de los atentados que sufrió la ciudad a manos de brigadas neofascistas: “Para conmemorar estos ataques se colocó una nueva placa en la Plaza de Neptuno, cerca del ‘santuario’, con los nombres de los fallecidos. Sin embargo, y aunque no era esa la intención, la nueva placa marcó un sutil cambio en el paisaje de la memoria de la ciudad.

El Monumento a los Caídos original nunca había transmitido la impresión de un pueblo que sintiera pena por sí mismo, pese a las terribles atrocidades que había sufrido durante la guerra. La inscripción que había en la parte de arriba afirmaba claramente, en grandes letras de metal, que los partisanos eran héroes que habían muerto por una causa justa: ‘Por la libertad y la justicia, por el honor y la independencia de la madre patria’.

En cambio, la inscripción de la nueva placa no trasladaba el mismo mensaje. En esta, los muertos eran simplemente ‘víctimas del terrorismo fascista’. No habían muerto por una causa. No había heroísmo. Si vemos al mismo tiempo ambas inscripciones, las líneas entre el heroísmo y el victimismo ya no parecen tan claras. Es como si la insensata violencia de la década de 1980 reverberara sobre la pasada violencia, igualmente insensata, de los años de la guerra, e incluso los partisanos empiezan a parecer menos héroes y más mártires”.

Es parte de lo que Lowe llama “el fin del heroísmo”. Y puede ser lo que había en el mundo antes de la invasión a Ucrania: una generación sin héroes y volcada a celebrar al martirio, el victimismo. Algo que, advierte Lowe: “acaba creando una identidad mucho más fuerte que el heroísmo. Los héroes vienen y van. Pero un mártir es para siempre”.

Esa tendencia, anota Lowe, puede unir a una nación en un duelo compartido y ofrecer a una población humillada “al menos un espacio donde perdonarse a sí misma”. Pero tiene un lado oscuro: también invita a “regodearnos en el pasado hasta que nuestras almas quedan encadenadas a él.

Nos pueden permitir tomar posesión de nuestro sufrimiento y, de este modo, controlarlo, o pueden hacer que nos rindamos a él, que no asumamos ninguna responsabilidad y busquemos a otros a quienes culpar. Recordar el pasado de esta manera puede tener consecuencias peligrosas. En lugar de inspirar unidad, puede promover la división. En lugar de proporcionarnos paz, puede despertar nuestra ira”. Porque los héroes, dicen obligan a asumir responsabilidades pero “una nación de mártires es libre de ser todo lo egoísta que quiera”.

El libro, por supuesto, no se agota en esas ideas. Cada ejemplo que coloca describe el mundo actual. Así pasan el monumento La Madre Patria Te Llama, de Volgogrado, Rusia; el del Cuerpo de Infantería de Marina, en Virginia, Estados Unidos; Auschwitz; Nankín; la increíble historia de la Estatua de la Paz, en Seúl (que recuerda frente a la embajada japonesa el cruel trato a las “mujeres de solaz” secuestradas por el ejercito de ese país durante la guerra).

Y la parte de los monstruos, que repasa Eslovenia, Japón, la tumba de Mussolini y un extraño parque en Lituania donde el estalinismo parece anularse por la posibilidad de ridiculizarlo.


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