Tradicionalmente se atribuye a Albert Einstein el haber definido “estupidez” como el repetir una conducta o acto en forma reiterativa sin cambiarlo, esperando obtener un resultado diferente pese a ello. Independiente de quién sea el autor de la frase, comportarse así reflejaría la incapacidad de aprender de nuestras experiencias, de cambiar nuestro análisis dada la evidencia empírica y por lo mismo, una nula capacidad de pensamiento reflexivo.
Parece ser una buena definición de estupidez, que a la hora de diseñar políticas públicas podría reflejar, asimismo, dejos de voluntarismo, miopía ideológica o efecto de cámara.
Pues bien. Hace diez años que, a nivel de la discusión de políticas económicas para fomentar el crecimiento, Chile viene repitiendo más de lo mismo esperando un resultado distinto. Esta semana conocimos las cuentas nacionales del segundo trimestre del 2024 que confirmaron que los resultados no cambian.
El crecimiento sigue siendo mediocre, decepcionante. En la primera mitad del año, Chile ha crecido un 2,1% y es altamente probable que no supere esa cifra durante el resto del año. Los “motores” del crecimiento no varían: generación eléctrica producto de mayores lluvias, minería y algo de consumo público.
La estructura de nuestra economía sigue totalmente estancada. Completamos un año con caídas interanuales en inversión, mientras el consumo privado muestra un tímido crecimiento y el ahorro nacional se mantiene muy bajo.
Al mirar la película un poco más de lejos, más allá de los componentes cíclicos, el fenómeno es aún peor. Si durante el período 1990-2013 (con dos recesiones de por medio) el PIB per cápita creció un 5,3% en promedio, entre 2014 y 2023 sólo lo hizo un 1,8%, es decir cayó a una tercera parte. ¡Una tercera parte!
Para quienes se olvidan del efecto acumulativo, si hubiéramos mantenido el ritmo de crecimiento, en vez de tener un PIB per cápita de aproximadamente US$17.200, hoy sería de US$23.300, como Estonia o España, considerando PIB nominal a precios 2024. Ese ha sido el costo de dejar de crecer durante esta década de fracasos.
¿Qué hacen nuestras autoridades económicas para revertir esta situación? Si queremos crecer, necesitamos aumentar la disponibilidad de trabajo y capital. Y que éstos sean de distribuidos en los sectores más productivos de la economía en la forma más rápida y eficiente posible. Pero durante los últimos años, gran parte de las políticas públicas que se han diseñado desde el Ejecutivo y se han aprobado en el Congreso van en la dirección opuesta, esperando que -pese a toda la evidencia técnica y empírica- por obra y gracia del Espíritu Santo, los incentivos económicos se muevan en la dirección opuesta.
Por ejemplo, subimos los costos del trabajo asalariado -en un país donde debiésemos incentivar la formalización laboral y reducir la brecha en la tasa de participación femenina- y después nos sorprendemos porque aumenta el empleo informal. O modificamos el impuesto sobre la reinversión de utilidades. Y la inversión sobre el PIB pasa desde un 28% a un 22% de éste.
Ya es tiempo de dejar de hacer las mismas (inútiles) cosas. Es tiempo de dejar la estupidez como costumbre. Si queremos resultados diferentes, miremos la evidencia, analicemos, y tomemos otros caminos de acción. Sobre todo, si en el pasado éstos han dado resultado. ¿Qué cambios de política se pueden hacer en el corto plazo para aumentar la velocidad de crecimiento? Vamos por parte.
Para aumentar la cantidad, calidad y garantizar una correcta asignación del trabajo se debe:
Estas medidas facilitarían la movilidad y reasignación del trabajo, aumentarían la tasa de participación femenina y juvenil, junto con disminuir el costo del trabajo asalariado formal.
Respecto del capital, que es nuestro talón de Aquiles, urge crear incentivos a la inversión, agresivos ya que la situación institucional de Chile no es igual desde octubre de 2019 y tenemos que reconocerla.
Cuando hablamos de productividad, hablamos de mercados que puedan asignar fácilmente los factores a los sectores que son más competitivos y crecen más rápido que otros.
La pregunta final, ¿es financiable algo así? Cuando actualmente el 50% del gasto público (US$40.000 millones) no pasa sus propios estándares y este año en forma silenciosa se realizará una subejecución de aproximadamente US$1.000 millones, una reducción del gasto de 2% de PIB puede financiar todo lo anteriormente expuesto. El crecimiento hace el resto.
Lo único que se necesita es querer hacerlo. Dejar de pensar que no se puede, que nunca se ha hecho, que no están los votos. Es tiempo de cambiar la forma de pensar y actuar.
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