Julio 11, 2021

Opinión: Lo que enseñan los procesos constitucionales exitosos y los fallidos. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante
Agencia Uno.

La diferencia entre un proceso exitoso y uno fallido está determinado por el balance entre la garantía de una institucionalidad justa y la instalación de la agenda propia. En Chile, ya se comienza a vislumbrar la diferencia entre quiénes están inclinados a favorecer reglas equitativas y conducentes al pluralismo y quiénes están dispuestos a hacer lo imposible para doblar las reglas a su favor.

Optimismo condicional. No hay ninguna duda que la mayoría de los chilenos quiere una nueva Constitución. No hay ninguna duda, tampoco, que la mayoría de los chilenos son optimistas con respecto a lo que viene. Las masivas celebraciones tras la victoria del Apruebo en octubre de 2020 y de las oposiciones en mayo de 2021 así lo demuestran. Así también lo sugieren las encuestas de opinión pública.

  • Pero ese optimismo se podría rápidamente transformar en pesimismo si es que los constituyentes se desvían de su tarea. Y a juzgar por lo que se ha visto hasta ahora, es un escenario perfectamente posible. Pues, en lo que va de debate, poco se ha hablado sobre la nueva Constitución y cómo mejorar la condición de vida de los chilenos, y mucho sobre la coyuntura política y cómo repartirse las cuotas de poder.
  • Y si bien no hay nada negativo con que el debate se desvié un poco en los primeros días de trabajo, la ausencia casi completa de un debate conducente a la redacción de un texto de calidad deja muchas dudas sobre lo que pueda pasar hacia adelante. Si lo que ha pasado hasta ahora es algún tipo de indicador, lo que vendrá se tratará más de ambiciones políticas que sobre la construcción de un nuevo pacto social.

El diablo está en los detalles. Siempre es bueno mirar experiencias internacionales para fijar estándares de éxito. En este caso hay vasta literatura que explica por qué algunos procesos constitucionales fallan y otros son exitosos. Y en esa línea, parece ser claro que en todos los casos exitosos siempre hay un par de factores presentes. Destacan, por ejemplo, elementos como el consenso, el diálogo, la concesión, y el acuerdo entre las partes.

  • Pero estos elementos no existen en el vacío. Muy por el contrario, son parte integral del diseño institucional. En otras palabras, en todas las experiencias exitosas, la lógica democrática está grabada en las reglas del juego. Es el caso, por ejemplo, de Colombia y Sudáfrica, que muy probablemente no serían consideradas exitosas hoy si no hubiesen considerado la inclusión activa de las oposiciones políticas y sociales en sus reglamentos.
  • Los procesos constitucionales menos exitosos, en cambio, han carecido de esas garantías. De hecho, la característica central de las experiencias fallidas es que han sido dominadas por un solo sector ideológico. Es el caso, por ejemplo, de Bolivia, Ecuador y Venezuela, que fueron escritas cuasi unilateralmente. Lejos de ser frutos de la deliberación popular, fueron resultados de la ambición política.

Ambición política. Sigue de lo anterior, que la diferencia entre un proceso exitoso y uno fallido está determinado por el balance entre la garantía de una institucionalidad justa y la instalación de la agenda propia. En Chile, ya se comienza a vislumbrar la diferencia entre quiénes están inclinados a favorecer reglas equitativas y conducentes al pluralismo y quiénes están dispuestos a hacer lo imposible para doblar las reglas a su favor.

  • Lo cierto es que no es una sorpresa ni es un hecho inédito. De hecho, en todas las experiencias constitucionales, incluso en las exitosas, han existido coaliciones organizadas dispuestas a hacer todo lo posible por fijar la institucionalidad a su favor. El problema es cuando esas coaliciones tienen capacidad de movilización. El problema es cuando logran instalar la idea de que ellos, y solamente ellos, son los legítimos representantes de la moral popular.
  • La situación se agrava sustancialmente cuando esas coaliciones además ostentan cuotas de poder que les permiten fijar las reglas del juego. Pues, qué incentivo podrían tener de fijar reglas justas cuando aquello sería contraproducente para conseguir su objetivo político. Y ese es el temor que existe hoy en el proceso constitucional chileno: que, en el nombre de la gente, un sector político fije reglas que solo les puedan beneficiar a ellos.

El problema de las reglas. Lo cierto es que ya hay elementos de este temor instalados en el proceso. Por ejemplo, después de la legítima elección e instalación de la mesa, todo ha sido cuestionable. En parte, porque no hay un acuerdo previo que establezca exactamente cómo proceder. Pero también porque mucho de lo que se ha hecho ha sido favorable solo para un cierto sector político, marginando y prescindiendo de oposiciones y minorías.

  • El ejemplo más claro está en las votaciones. Por ejemplo, en la tercera sesión se votaron cuatro temas, sin reglas claras sobre cómo se contarían los votos, cuál sería el total de votos a contar, ni cómo se calcularía el quórum para declarar la aprobación o el rechazo de los temas. No sería un problema si el resultado hubiese sido transversalmente inconsecuente, pero en todos, salvo un tema (el de la creación de comisiones), se apuntaba a diluir las minorías.
  • Algo más evidente aun ocurrió en la cuarta sesión, en que se votó por emitir una declaración a favor de “los presos de la revuelta”. En esa ocasión, la mesa decidió votar no una, sino dos veces el tema. Presumiblemente porque votar dos veces le permitiría obtener un resultado favorable. Si se hubiese votado solo una vez, el resultado hubiese sido bastante diferente (se hubiese rechazado la declaración).

Su peor enemigo. Paradojalmente, los constituyentes son los peores enemigos del proceso constituyente. No es el gobierno, no es la oposición, no es la izquierda, no es la derecha, son los propios miembros encargados de escribir la nueva Constitución. Y si bien podría haber influencias y presiones desde el exterior de la Convención, desde la instalación de la instancia, son los propios constituyentes, y nadie más que ellos, los responsables de dotar el proceso de legitimidad.

  • Si algo se sabe de las experiencias internacionales es que reglas imparciales favorecen el éxito. Si grupos de constituyentes usan su poder para doblar las reglas a su favor, el proceso inevitablemente perderá legitimidad, y se pondrá en peligro el resultado, como ha ocurrido tantas otras veces. El proceso constitucional es de todos, no de algunos. Pero para que todos se sientan parte, las reglas deberán ser justas, transparentes y parejas.
  • La Convención recién se instala y algunos podrán argumentar que es muy pronto para sacar conclusiones. Pero sucede que los acuerdos que se toman los primeros días son los que más influencia ejercen sobre el proceso y el resultado. Por lo mismo, y por el bien de todos aquellos que desean tener una nueva Constitución de calidad, mejor que la existe hoy, es urgente asegurar imparcialidad en la redacción de las reglas del juego.

 

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