Septiembre 5, 2021

Opinión: La falta de altura de la clase política frente a la bomba de tiempo previsional. Por Cristián Valdivieso, director de Criteria

Ex-Ante

Las propuestas de una de las reformas más urgentes para la ciudadanía -la de pensiones- siguen durmiendo en el Congreso, pese a que trata de un problema que se arrastra por décadas y que las movilizaciones de octubre de 2019 la pusieron en el centro de la agenda social. Los políticos han escogido el camino de atribuirle toda la responsabilidad a las AFPs y han sido incapaces de buscar una solución que pase por aceptar que el problema no es estado versus mercado, sino un mecanismo que necesariamente contemple la participación de ambos.

La clase política mira para el lado. La bomba de tiempo previsional, cuya detonación era un fantasma que nos rondaba desde su instalación en los años 80, estalló en la cara ante la indolencia de gran parte de la clase política. Con la excepción de la Presidenta Bachelet, que con dificultad logró incorporar un pilar solidario de contribución estatal en su primer gobierno, la clase política prefirió mirar para el lado. Durante años, omitió el problema desplazando toda responsabilidad a las Administradoras de Fondos de Pensiones.

  • Mientras se acumulaba el efecto invernadero sobre las futuras pensiones, los políticos se escudaban en las AFPs, apuntándolas como las responsables de detener el cambio climático que se ensañaba contra las y los jubilados. 
  • Las AFPs optaron por dejar botando la pelota lanzada por la política, sin recogerla ni devolverla. Insistiendo en el discurso de la rentabilidad, al igual que los políticos, minimizaron las inminentes consecuencias del problema que se avecinaba. Fueron pocas, tardías e infructuosas las voces que alertaron que con un exiguo 10% de las rentas declaradas destinadas para cotizaciones, con menos de 20 años de cotizaciones en promedio -menos de 16 las mujeres-, con lagunas previsionales por doquier y con una informalidad en torno al 30% era imposible que el sistema garantizara pensiones dignas.
  • Hasta que el clima se calentó. Las movilizaciones ciudadanas pusieron en el centro de la agenda social el drama de jubilaciones. Ya en 2015, el informe final de la Comisión Asesora Presidencial proyectaba que, para los afiliados que se pensionarían entre 2025 y 2035, la mediana de tasa de reemplazo de pensiones autofinanciadas sería de 8,3% para las mujeres, y de 24,7% para los hombres. Las protestas y la pérdida reputacional para las administradoras del sistema empeoraban conforme crecía la masa de jubilados bajo el sistema previsional impuesto en dictadura.
  • Ante esta evidencia, las AFPs movieron tarde el avispero y por largo tiempo optaron por ser escuderas de los políticos, poniéndole el pecho a las balas como responsables únicas de las malas jubilaciones. Cuando la ciudadanía reclamaba, los políticos culpaban a las AFPs y éstas respondían siguiendo el guion tecnocrático, apelando a las buenas rentabilidades de los fondos de capitalización individual. 

Las propuestas duermen en el Congreso. Pero las pensiones no mejoraban y las propuestas de reformas de -Bachelet II y Piñera II- seguían durmiendo en el Congreso. Hasta que el agobio ciudadano estalló en octubre de 2019, poniendo a sistema político contra la pared, demandando una nueva Constitución para que, entre otras cosas, hiciera lo que los políticos no habían hecho: poner las pensiones a la altura de un derecho social y garantizar pensiones dignas.

  • En el intertanto, los apremios económicos de la pandemia llevaron a los políticos a echar mano a los fondos de pensiones. Primero por la inexcusable negligencia del gobierno y luego por razones electorales, la invitación parlamentaria a retirar fondos previsionales hizo perfecto match entre las necesidades económicas de la población y el descrédito de las AFPs. 
  • Al retirar fondos las personas tomaron conciencia que sus ahorros estaban, que les pertenecían y que efectivamente las AFPs los hacían rentar. Como mostraron diversas encuestas, la convicción sobre el valor de la propiedad individual de los fondos previsionales se incrementó significativamente junto a los retiros.
  • Al mismo tiempo, las personas vieron negativamente iniciativas parlamentarias de nacionalización de los fondos de pensiones y cerraron filas para que las cotizaciones fueran a las cuentas individuales de capitalización, antes que a fondos colectivos o solidarios. Con más convencimiento aún si los fondos resultan heredables. En buena medida, los retiros terminaron reforzando el valor que la ciudadanía otorgaba al pilar de capitalización individual, a la competencia por la rentabilidad y a la libertad de elección.
  • Ahora, que no queda más que concordar un nuevo sistema de pensiones que garantice pensiones dignas, la solución política y técnica tendrá que hacerse cargo de esta historia que finalizó con el descrédito de las AFPs y, paradójicamente, con la capitalización individual y la libertad de elección fortalecidas. Esta vez, ¿tendrá la clase política la altura para resolver con sentido común esta compleja paradoja? Lo primero será aceptar que el problema no es estado o mercado y que la solución tendrá que pasar, necesariamente, por el estado y el mercado.

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