Mario Vargas Llosa, el último de los gigantes. Por Héctor Soto

Ex-Ante

Mario Vargas Llosa -cuya muerte fue anunciada por sus hijos Álvaro y Morgana- fue un escritor formidable. Es verdad que en los últimos años fue, más que un novelista, un intelectual público y un polemista. Es verdad también que sus mejores ficciones pertenecen a los años 60, 70 y 80. Nada de esto, sin embargo, rebaja un centímetro su genialidad. Lo que hizo y lo que escribió está más allá de cualquier descuento.


La muerte de Mario Vargas Llosa cierra un largo, brillante y fecundo capítulo de las letras latinoamericanas. El más notable, quizás de que se tenga memoria.

A lo mejor Javier Cercas, el autor de Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, exageraba en Oxford, cátedra Widenfeld, cuando el año 2015 planteaba que los españoles habían inventado la novela hace 400 años con Cervantes, pero que a partir de ahí se habían dormido en sus laureles, en una larga, tediosa y repetitiva siesta.

Hasta que el género vino a despertar en los años 60 del siglo pasado, en el lugar menos pensado: América Latina. Y despertó de qué manera. Mario Vargas Llosa obtiene el año 1962, con La ciudad y los perros, el premio Seix Barral de novela y de ahí en adelante se abren las compuertas de un movimiento literario —con autores, con obras, con editoriales y con ventas descomunales— como pocas veces ha conocido la literatura mundial.

Por entonces Vargas Llosa -no se pierdan- era lo que hoy sería poco más que un adolescente. La había comenzado a escribir en Madrid a los 22 y la había concluido en París a los 25. Un caso asombroso de genialidad temprana. Y por supuesto hizo historia. Cuando encontraron su destino, Faulkner andaba ya por los 30, Kundera tenía 38 y Borges más de 40.

Muertos Córtázar, García Márquez y Carlos Fuentes, Vargas Llosa fue el último de los cuatro jinetes del boom, no del apocalipsis sino de la redención de las letras latinoamericanas.

Había nacido en Arequipa el 26 de marzo de 1936. Fue hijo de matrimonio de clase media que se separó antes de que el niño naciera y se divorció poco después del parto.

El niño creció creyendo hasta los once años que su padre había muerto. Fue la versión que le dieron tanto su madre como el abuelo paterno. Después el padre, que vivió mayormente en Estados Unidos, reapareció en su vida para malogrársela.

Es quien lo matricula en el Leoncio Padro, un colegio militar de disciplina dura “para que se hiciera hombre”. Criado entre puras mujeres, encontraba que la faltaba masculinidad. De esa experiencia saldrá su primera novela.

El socialista, el liberal

Fue un escritor que consagró la primera parte de su vida al sueño de la igualdad y la segunda a la ilusión de la libertad. De hecho, hasta bien entrado los años 70 seguía definiéndose como un escritor comprometido, según el modelo sartreano que exigía al artista una suerte de militancia en las causas de la rebeldía y progresismo.

Es posible que a la rebeldía Vargas Llosa jamás haya abdicado. En su teoría del arte, el novelista escribe para manifestar su protesta y disconformidad con el mundo.

Pero su desilusión con el llamado progresismo, y en definitiva con la izquierda internacional, se articuló a partir de 1971, cuando Heberto Padilla, poeta cubano un tanto díscolo y de vanguardia, fue detenido por  el régimen y obligado más tarde a un ejercicio infame de autocrítica frente a sus pares.

Ya antes se había dado uno o dos cabezazos contra la ortodoxia fidelista a raíz de Checoslovaquia. El repulsivo espectáculo de Padilla recordó obviamente los procesos estalinistas de Moscú y mereció dos cartas de repudio del mundo intelectual.

En la primera -más suave, porque todavía el destino del detenido era incierto- acompañaron a Vargas Llosa figuras como Sartre, Simone de Beauvoir, Cabrera Infante, Moravia, Ezenberger, Cortázar, Susan Sontag, Octavio Paz, Pasolini, Jorge Semprún y los Goytisolo.

De la segunda carta -más dura, y que cayó como bomba racimo en La Habana- se sustrajo Cortázar y marcó el rompimiento del régimen con la intelectualidad que hasta ese momento lo había apoyado. Castro solo tuvo que quedarse, entre pocos más, con García Márquez, Cortázar, Galeano, Michael Moore, Saramago y Benedetti (incluso con rezongos estos dos últimos).

A pesar del caso Padilla, que fue la piedra que dividió las aguas en las letras latinoamericanos, Vargas Llosa continuó definiéndose como un militante del socialismo y lamentó que episodios así, como los de Padilla, empañaran la integridad de la revolución.

En esa posición estuvo incluso hasta fines de 1973, cuando Jorge Edwards publicó Persona non grata, la crónica de sus días como encargado de negocios de la Cancillería chilena y del presidente Allende para abrir nuestra embajada en La Habana.

Para Edwards fue una experiencia siniestra por las presiones, seguimientos, micrófonos y controles a los que fue sometido. En cuanto el libro de Edwards se publicó, no voló una mosca en América Latina. Absoluto silencio. Se entiende. Recién había tenido lugar el golpe en Chile y los comentarios fueron pocos.

Se atrevió Emir Rodríguez Monegal, el insigne crítico uruguayo. Se atrevió José Donoso, no obstante la fama de pusilámine que le colgaban. Pero no muchos más. Octavio Paz le pidió a Vargas Llosa que escribiera sobre el libro. Sabía que comenzaba a alinearse entre los desencantados de la revolución y que era muy amigo de Edwards.

Pero el comentario que Vargas Llosa publicó en Vuelta interpretó el libro como lo que no era: un llamado a corregir los errores que la revolución estaba cometiendo. En realidad, lo que Edwards hizo fue tirarle la cadena a la experiencia de Fidel y su revolución.

Eran tiempos donde Vargas Llosa todavía no cruzaba el Rubicón. Para entonces, sin embargo, ya desde hacía tiempo el escritor estaba en la lista negra tanto de Fidel como de la izquierda latinoamericana.

Los años de la gran conversión fueron los 80. De suerte que no fue necesaria la puesta en escena de una ruptura formal con el socialismo para que el escritor terminara abrazando con fuerza la causa de la democracia liberal. Hubo pasos intermedios, desde luego: socialdemócrata primero, centrista después, liberal rawlsiano a continuación, liberal más cercano al final a Hayek y Berlin.

Cuando a fines de los 80 el escritor lanzó su candidatura presidencial en Perú —y estuvo a punto de triunfar, de no cruzarse un zorro pillo en su camino como Fujimori— su apego a los valores liberales ya era irrestricto y definitivo. Obras como La guerra del fin del mundo (1981), con su rechazo al fanatismo, e Historia de Mayta (1984), con su condena al extremismo, ya habían dado pistas del escritor evolucionando en esta dirección.

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