En un país poco acostumbrado a los ensayos, y sobre todo en un área como el octubrismo, que ya acumula varios anaqueles de libros que recopilan fotos, libros que recopilan rayados de las calles; libros que lo vieron venir o columnas que habían estado anunciando los disturbios desde abril de 1990 o libros sobre libros del Estallido, el de Oporto gusta, gana y golea.
Acá se hacen pocos ensayos, y cuando se hacen aparecen cortados casi por la misma tijera. Lumpenconsumismo, saqueadores y escorias varias: tener, poseer, destruir no infantiliza al lector ni le dice que su aplauso es su sueldo: al revés, provoca y demuestra una enorme realidad: que donde todos piensan lo mismo, se piensa poco.
El ensayo es un texto que envejece muy bien: a dos años de su publicación en redes sociales, todavía ayuda a descubrir las claves de lo que pasó y se mantiene dónde debía estar, encarando a la barbarie cuando a la mentira.
Luego de situar lo que está pasando en las calles (“tierra de nadie”) y referirse expresamente a los hechos que fundan las denuncias por violaciones a los Derechos Humanos, Oporto pasa el cambio y describe: “Pero la violencia y tortura moral implicadas en sabotajes, destrozos, saqueos e incendios que, además, trascienden a los directamente afectados infundiendo un difuso terror en la población, han tendido a ser omitidas y pasadas en silencio, para acabar siendo banalizadas, negadas y asimiladas a la invención de una televisión para estúpidos, o a montajes de la derecha o del gobierno (atribución convertida en lugar común o muletilla desde hace tiempo). Por lo demás, tales acciones, ese uso excesivo de la fuerza y sus consecuencias psicológicas y morales extendidas en el tiempo, no tipifican como violaciones a los derechos humanos para los tecnócratas en esta materia”. Enseguida, arremete contra el cura Mariano Puga y el historiador Gabriel Salazar, “ejemplos proverbiales de esta banalización, negación, desrealización o, peor aún, de una justificación de estos hechos”.
Y sigue: “Chile despertó” y “Chile cambió” se han convertido en eslóganes populacheros y oportunistas. Pero Chile no ha despertado, ni ha cambiado. Lo acontecido el 18 de octubre de 2019, con la destrucción concertada y coordinada de varias estaciones del metro de Santiago, fue el punto de arranque de una crisis social largamente preparada desde las sombras: una incubación de contenidos y procesos inconscientes que, finalmente, han brotado a la luz en toda su obscenidad e impudicia latentes durante décadas, si no durante siglos (…) No obstante, las causas mediatas o inmediatas de esta crisis son difíciles de establecer más allá de la especulación. No hay certeza alguna de esto, aunque es evidente que la destrucción inicial fue planificada. Pero, ¿por quiénes?”.
Con ese ritmo escribe Oporto, y uno se la imagina encarando siempre a una turba violenta y maletera, como suelen ser transversalmente. Oporto le dice a esa turba que no le cree, que nunca le ha creído ni le creerá: “(…) Y, sobre todo, no creo en la autenticidad de estas insumisiones de última hora, fraternidades de última hora, diálogos de última hora, inclusiones de última hora, conciencia de última hora, dignidades de última hora -como la absurda designación populachera de la Plaza Baquedano en términos de “Plaza de la Dignidad”, luego de haber sido completamente saqueada y destruida-, tras décadas de corrupción moral y competencia por alcanzar algún miserable pequeño poder destruyendo a otros, suprimiendo a otros, abandonando a otros, o vampirizando a otros, sobre la base del cálculo de lo conveniente (…) Su única pertenencia y validación social es su repugnante posicionamiento en el reino indiferenciado de la psicopatía estructural que retroalimenta la peste negra del neoliberalismo, con su infinito placer de haber podido acceder por fin al privilegio de la impunidad de los amos y su satánica mezquindad organizada”.
Seguir citándola es casi faltarle el respeto a la inteligencia del lector que quiera exponerse a la que tal vez sea de las plumas más inteligentes y valientes de la actualidad. El texto, dicho sea, puede encontrarse en el sitio http://letras.mysite.com/lopo171119.html.
Oporto apareció entrevistada la semana pasada en El Mercurio. No solo profundizó lo que había escrito hace dos años, sino que se abrió a lo que se ha estado gestando en estos años de pandemia y revueltas: el narcofascismo, “que para mí es la encarnación del mal absoluto, la aniquilación final de lo humano con su abominable psicopatía de masas, el imperio totalitario de la abyección y la ruina, la apoteosis de la sociedad de consumo”.
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