Se estima que unos doce años antes del descubrimiento de América, el Inca Tupac Yupanqui, décimo entre los catorce vástagos de la dinastía imperial, bajó desde el Cusco y penetró en el valle de Atacama. Traía consigo afanes de dominio, ciertamente, pero también nuevos conocimientos para explotar la tierra y los metales. Vino con un ejército numeroso y con un imponente cortejo tanto de familiares como de dignatarios y cortesanos.
Su objetivo era extender los dominios del imperio y si no llegó hasta más allá del río Maule fue porque a esas alturas encontró una resistencia que no solo rompía los estándares de la experiencia hasta ese punto, sino que oponía una violencia completamente fuera de sus cálculos. Eran los mapuches. Quizás no era la primera vez que esta etnia reaccionaba así a quienes quisieran ponerle un pie encima. Pragmático y razonable, el Inca decidió llegar solo hasta ahí y se devolvió con su ejército hacia el norte, dado que en Quito las cosas empezaban a salírsele de control.
Chile antes que fuera Chile. Chile cuando estaba dando sus primeros pasos. Chile como parte de un mundo, de una cosmovisión, de un inmenso tablero de poderes centrales y locales que vuelve un tanto ingenua la idea de haber sido un territorio arrinconado, relativamente autónomo o independiente.
En busca de los comienzos de Chile es un libro fascinante en el cual Juan Francisco Lacaros -empresario, benefactor, hombre de fe, de aventuras y de viajes- se remonta a los días previos y posteriores al descubrimiento y la conquista por parte de los españoles. Lo suyo es una apasionante crónica sobre cómo se fue armando y construyendo el país. Todo, desde luego, partió por el norte. El Camino del Inca, verdadera ecografía del país que estaba por venir, todavía sigue siendo el gran vestigio de las primeras formas de organización, intercambio y control territorial de estas latitudes.
Fue por esas rutas que tanto Almagro como Valdivia, seis años después, pudieron avanzar. En su fiebre por anexar territorios y fundar ciudades, Valdivia llegaría mucho más allá del Maule, pero esa temeridad terminó costándole su propia vida, poco antes que pudiera reunirse, tras 18 años de ausencia, con su esposa y familia, que venía en esos momentos en viaje para juntarse con él en Chile.
Puesto que a menudo perdemos de vista las dimensiones de la conquista, lo que fue cruzar el más largo y más seco desierto del mundo, lo que fue cubrir las distancias de un continente fuera de toda escala, lo que fue resistir una y otra vez la destrucción de ciudades, lo que fue ir a pedir refuerzos al Perú que, con suerte, podían llegar dos años después, cada una de estas experiencias tiene estatura épica que aún hoy sobrecoge. Este libro se sumerge en esos hiperbólicos dilemas de manera apasionada.
La conquista -el autor lo tiene muy claro- puede haber sido una salvajada en términos de sangre, de crueldades, de profanaciones y robos, pero fue también una empresa admirable a partir de ideales civilizatorios que quiso asumir la corona, a partir del furor por la aventura de los conquistadores y, también, a partir del encuentro del Viejo Mundo con el Nuevo que daría lugar a otra cosa, muy distinta de lo que trajeron los españoles y muy distinta asimismo de lo que ya existía aquí.
El libro perfila con agudeza la decepción de Almagro y la perseverancia de Valdivia. Apela a tres grandes esferas -la hispánica, la geográfica y la celeste- para explicar lo que ocurrió durante los tres siglos de la América hispana y se toma luego la libertad de narrar cómo fue que una generación de líderes libre pensadores (Miranda, Bolívar, Sucre, San Martín, O’Higgins) terminó arrebatándole a España, en menos de 15 años, la casi totalidad de sus colonias. Tal como Francisco Pizarro y los suyos derrumbaron el imperio inca en cuestión de horas, nadie diría que, siglos más tarde, el dominio español, del mismo modo, haya sido capaz de resistir por demasiado tiempo las presiones independentistas.
El trabajo de Juan Francisco Lacaros tiene varios méritos. Es un libro de historia, sí, pero es también un libro de aventuras porque el autor acude a los lugares, revisa lo que ha quedado, ingresa a las iglesias que subsisten y habla con la gente del lugar. Está escrito con muchas lecturas en el cuerpo, pero también con harto kilometraje y con la sangre hirviendo de admiración, asombro y respeto. No hay una sola página que huela a Wikipedia o al chat GPT. Menos todavía a paper.
Siempre está primando el ímpetu narrativo de su autor, su capacidad para contar episodios a veces consabidos aunque desde nuevos prismas o puntos de vista. Y, sobre todo, su talento de relacionar o unir una historia con otra -sea un personaje con un lugar, sea una regla general con una anomalía, sea una experiencia de aquí con otra de allá- en un fresco grandioso que traspasa disciplinas, que junta el colectivo con la individualidad, las artes con las costumbres, las directrices del gobierno central con la realidad de las localidades y las leyes de la historia con los accidentes de la geografía.
El libro tiene infinita curiosidad tanto con lo grande como con lo chico. ¿Cómo llegó a Chile el toro negro que los conquistadores desembarcaron en Panamá? ¿Qué posición social y trayectoria tenía Pedro de Valdivia al llegar a Chile? ¿Por qué O’Higgins, antes de llevar el apellido de su padre el virrey, se llamó por largos años Bernardo Jara Riquelme? ¿Cuál de los padres fundadores -O’Higgins, San Martín y los demás- tuvo un destino menos trágico?
En busca de los comienzos de Chile no es ni quiere ser un libro erudito. Eso no obsta a que cada capítulo se apoye en abundante bibliografía. Otra singularidad: varias veces el paso de un capítulo a otro incluye un código QR que remite al sitio País de Paisajes que entrega de refilón información complementaria a la del libro. Lecaros no aspira a cerrar ninguna discusión respecto de ninguno de los temas que trata. Al revés, lo que quiere es reanimar la conversación, hacernos conscientes del lugar y del momento en que estamos parados y, como consecuencia, tal vez, entender y entendernos un poco mejor como el país que somos. En este sentido, el suyo es un valioso trabajo de introspección e identidad nacional.
Ya lo sabíamos por el libro que escribió antes sobre la Antártica: como cronista Juan Francisco Lecaros es notable. Lo que no sabíamos es que también calificara como gran narrador.
En busca de los comienzos de Chile. Expedición a los senderos que nos fundaron. Juan Francisco Lecaros. Ediciones B, 2025, 426 pp.
Para más columnas de Héctor Soto en Ex-Ante, clic aquí.
“Fortuna”: lo que hay que pensar y lo que hay que sentir. Por Héctor Soto.https://t.co/s8Znl2X65E
— Ex-Ante (@exantecl) November 15, 2025
Publicaciones relacionadas
La ley crea la Agencia de Protección de Datos Personales, los datos de los chilenos dejan de ser tierra de nadie y reemplaza íntegramente un marco que existía solo en el papel. Una buena ley, esperada durante veinticinco años. Lo que viene ahora es la implementación, y ahí se juega todo.
Cuando uno suponía que el Rey Midas de Hollywood iba solo a “aggiornar” su muy eficaz fórmula para seducir grandes públicos, se aparece con esta producción de factura muy contemporánea, que está varios escalones más arriba de sus muy efectivas e inolvidables ENCUENTROS CERCANOS DEL TERCER TIPO o E.T. Porque, eso sí, Spielberg nunca dejará […]
Recuperar la libertad de enseñanza al devolver parte de la autonomía perdida a los colegios y fortalecer el derecho a la educación a través de mayor libertad de elección para las familias no es un ataque a la equidad, es reconocer que esta no se construye ignorando las preferencias de las personas ni vaciando de […]
Sería un error presentar los impuestos únicamente como un freno al crecimiento. Cuando logran reasignar recursos desde usos relativamente menos prioritarios hacia necesidades colectivas y sociales más urgentes, sin desincentivar la creación de riqueza, ayudan a sostener las condiciones materiales e institucionales de las que depende la generación estable y continua de riqueza en el […]
Un bono millonario por producir más puede parecer una herramienta de gestión moderna, pero si empuja a privilegiar una cifra sobre el interés general, deja de ser un incentivo y se convierte en un problema de gobierno corporativo.