Las derechas disputan la Presidencia. Por Sergio Muñoz Riveros

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Kast y Matthei no están compitiendo “dentro del sector”, sino ante Chile entero. Por lo tanto, lo que podríamos llamar “celos derechistas” (quien es más firme o menos conciliador con los adversarios) no es un asunto que impresione a la mayoría de los electores, que no pertenecen a ningún partido y ven la política con recelo. Lo que sí podrían valorar es la voluntad de tender puentes, el empeño por asegurar una atmósfera de diálogo que favorezca los consensos que se requieren para que el país progrese sobre bases sólidas.


Todo indica que dentro de cinco meses asumirá un gobierno de derecha. El asunto a despejar es si será encabezado por José Antonio Kast o por Evelyn Matthei. Esa es la definición que está en curso y, en consecuencia, la confrontación de ideas, programas y estilos entre sus candidaturas es algo que le importa a todo el país.

Más allá de las preferencias que cada elector ha expresado en este período, lo realista es tratar de imaginar a Kast o a Matthei en La Moneda, hacerse una idea aproximada de cómo ejercerían el cargo, cuál sería el sello de su gestión y cómo abordarían las urgencias sociales. Una cuestión primordial es intentar visualizar la forma en que reaccionarían ante las dificultades o, incluso, ante una crisis.

Al votar, apostamos. No sabemos cómo evolucionarán las cosas ni cómo actuará un gobernante ante lo inesperado. Edgar Morin ha dicho que lo que más abunda en la historia es aquello que nadie previó. ¡Cómo ignorarlo después del 2019! Corremos un riesgo, entonces, cuando marcamos una opción en la cédula, pero tal riesgo es consubstancial al ejercicio de las libertades. Y qué valioso es que los chilenos podamos elegir a los gobernantes, que es lo que querrían cubanos, nicaragüenses y venezolanos.

La novedad de esta elección no es tanto que una candidata del PC represente eso que se llama progresismo, sino que haya crecido tanto el espacio de las derechas. Allí están Chile Vamos, Republicanos, Nacional Libertarios y Socialcristianos, casi como una constelación. Era imposible anticiparlo en los años 90, cuando eran frecuentes las referencias a la UDI como el ala radical del mundo derechista, cosa que nadie podría afirmar ahora con un mínimo de rigor. Cambió la sociedad en muchos sentidos, y lo ilustra el hecho de que la disputa de la Presidencia esté acotada hoy a dos corrientes de derecha.

Será mejor si Kast y Matthei tienen conciencia de que los ciudadanos perciben mucho más de lo que creen los comandos de campaña. Son importantes los programas, pero también las señales que ellos den acerca de cómo entienden el funcionamiento de las instituciones y la gobernabilidad. O cómo ven a Chile en el contexto de un mundo fuertemente convulsionado. Se supone que ambos ya tienen claro que Javier Milei no es un ejemplo de nada valedero.

El reto principal es inspirar confianza a la mayoría de la sociedad. Y eso depende de múltiples factores, en primerísimo lugar la integridad personal. Junto a ello, son determinantes las cualidades propiamente políticas que distinguen a un estadista de alguien que no lo es.

Fue Patricio Aylwin quien, al asumir en 1990, proclamó su voluntad de ser “el presidente de todos los chilenos”. Que lo haya dicho después de la larga y dolorosa fractura de nuestra sociedad, representó la afirmación de un principio esencial para no repetir los errores del pasado. Pues bien, tal principio sigue siendo una exigencia para que la Presidencia sea un factor de cohesión nacional y vitalidad democrática.

Cuando los que triunfan en una elección caen en éxtasis y declaran que “la mayoría manda”, se asoman a un barranco peligroso. La democracia supone la correlación de mayorías y minorías, que siempre son temporales, y no avala ningún supuesto derecho de la mayoría para hacer y deshacer, o para atropellar a la minoría. Por eso, es definitorio el sistema de contrapesos dentro de la institucionalidad democrática.

Aunque un gobernante cuente con gran respaldo ciudadano, debe respetar a quienes no lo apoyan. Tiene el deber de dialogar con el conjunto de la sociedad. Y entender que es propio de la vida en democracia el esfuerzo por establecer amplios acuerdos. Ello no es muestra de debilidad, sino de fortaleza. Por desgracia, el poder puede embriagar a quienes lo ejercen, lo que a veces se manifiesta como sensación de superioridad moral. Y es pesada la resaca.

En democracia, nadie gana todo ni gana para siempre. Por eso es crucial el respeto a las reglas que hacen posible la convivencia en la diversidad, es decir, todo aquello que se intentó arrasar hace 6 años mediante una combinación de vandalismo en las calles y oportunismo en el Congreso. Hay que volver a decirlo: el país vivió desde 2019 lo que puede calificarse como un extravío de izquierda, entendido como integrismo ideológico y disposición fantasiosa a revolucionarlo todo. No necesitamos que venga ahora un integrismo de signo derechista, expresado en la voluntad de “corregirnos” autoritariamente.

Kast y Matthei no están compitiendo “dentro del sector”, sino ante Chile entero. Por lo tanto, lo que podríamos llamar “celos derechistas” (quien es más firme o menos conciliador con los adversarios) no es un asunto que impresione a la mayoría de los electores, que no pertenecen a ningún partido y ven la política con recelo. Lo que sí podrían valorar es la voluntad de tender puentes, el empeño por asegurar una atmósfera de diálogo que favorezca los consensos que se requieren para que el país progrese sobre bases sólidas.

En la sociedad abierta, habrá siempre diferencias y controversias, y de lo que se trata es de conseguir que no se desborden. Hay que alentar el respeto y la cooperación entre quienes, aunque piensen distinto, pueden sumar fuerzas para mejorar las cosas. Por el bien de Chile, el próximo gobierno debe contribuir a ello.

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