En plena campaña presidencial, Chile discute quién sube o baja impuestos, pero no cómo vamos a producir y mejorar los salarios la próxima década. El Banco Central acaba de recordar que el desempleo sigue por encima del pre-pandemia y que los costos laborales han perjudicado la creación de empleo (40 horas y alzas de salario mínimo). Sin embargo, también menciona la automatización e Inteligencia Artificial como fuerzas estructurales en el mercado laboral.
Mientras la política ignora la IA, el mercado no. Lamentablemente, el costo de no decidir será más desempleo, no más productividad.
El cambio ya se ve en los balances. Accenture -termómetro global de servicios profesionales- ha visto caer su valor accionario en un 40%. Por lo mismo, anunció un plan de reestructuración ligado a la adopción de IA: salidas donde la reconversión no es viable. Caso similar sufre India, desde donde los inversionistas están retirando sus apuestas, frente a la amenaza de automatización de todo lo que el subcontinente asiático provee.
El mapa del talento también se mueve. En Estados Unidos, la nueva tarifa de US$100.000 para peticiones de visas H-1B reconfigura la ecuación de contratación de extranjeros calificados y la fuga de talento desde Latinoamérica. Lo que es una tragedia para empresas en EE.UU., se puede transformar en una fortaleza para la región. Una oportunidad enorme para Chile si actuamos rápido.
Mientras tanto, en casa, la tasa de desempleo bordea el 9% y la informalidad persiste. ¿Qué preferimos: seguir discutiendo slogans o hablar de productividad por trabajador, plazos de adopción tecnológica y reconversión efectiva? ¿Será la IA fuente de más desempleo o de más productividad?
Lo que subyace al mensaje del Banco Central es el nivel históricamente bajo en avisos laborales y rotación laboral: no es un shock cíclico, es fricción estructural. Y es que “costo laboral” sin productividad es desempleo diferido. Subir costos en un contexto de baja inversión y tecnología accesible incentiva a automatizar más rápido. Negarlo es condenar a las pymes a competir con menos herramientas y a los trabajadores a tener un salario de resistencia más bajo.
Estamos en un momento como en 1990: pre internet, laptops y smartphones, donde algunos supieron aprovechar lo que se venía y otros no.
Necesitamos una agenda que aborde la Inteligencia Artificial decididamente. Orientar todo el presupuesto SENCE a la reconversión en habilidades acordes, desde prompting hasta automatización básica, indexado a pago por resultados medibles. Junto con eso, incentivos tributarios al desarrollo y exportación de servicios basados en IA durante 5 años, para dinamizar la oferta local.
En el frente estatal, activar un plan fundacional para construir una operación estandarizada de datos a través de agencias e instituciones; los cimientos necesarios para poder siquiera hablar de IA en el sector público. Aún así, la base para el día de mañana es aumentar la productividad de pymes que hoy tienen a sus personas clave perdiendo tiempo con trámites estatales.
Por último, establecer un sistema de microcertificaciones entre universidades, centros de formación técnica y toda instancia educativa, facilitando la identificación de competencias y movilidad entre sectores, para tener un mercado laboral más eficiente.
La ola ya viene. Podemos quedarnos en la playa discutiendo consignas o subirnos hoy, con reglas que premien adopción, capacitación útil y ejecución pública de clase mundial. Si no hacemos nada, habrá más desempleo. Si decidimos bien, habrá más productividad, mejores salarios y, por fin, un país que vuelve a creer en su capacidad de crear valor.
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Lo que implica que la Fed haya bajado la tasa y su impacto en Chile. https://t.co/JYQ6PaZLCF
— Ex-Ante (@exantecl) September 17, 2025
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El problema es cuando se instalan por inercia. Sin preguntarse qué comportamiento están empujando. Porque cuando los incentivos están mal diseñados, no dejan de ayudar: empiezan a dañar.