Durante siglos, el lujo fue poseer lo escaso. Primero la tierra, luego los bienes. Más tarde, el tiempo. Hoy la escasez más valiosa es menos visible: la capacidad de pensar con profundidad. No la estamos perdiendo por falta de inteligencia, la estamos perdiendo porque el entorno dejó de premiarla.
Vivimos una paradoja evidente. Nunca fue tan fácil acceder a información y nunca ha sido tan difícil sostener la atención. La inteligencia artificial responde en segundos lo que antes tomaba horas. Pero, mientras el conocimiento se expande, la concentración se fragmenta. No es un accidente, es un modelo de negocios.
Como anticipó el economista estadounidense Herbert Simon, la abundancia de información genera escasez de atención. La escritora Shoshana Zuboff, mostró el mecanismo exacto: esa atención se captura, se procesa y se vende. Las plataformas no compiten por informar mejor, sino por retener más tiempo. No optimizan por comprensión, sino por permanencia.
Y para retener, el algoritmo aprende rápido: muéstrale a cada usuario lo que ya cree, lo que ya le gusta, lo que ya lo irrita. Lo que nació como personalización, termina siendo algo más parecido a un espejo que a una ventana. El resultado no es solo una cultura de la inmediatez. Es una cultura donde la exposición a ideas distintas se vuelve estadísticamente improbable.
Las consecuencias se vuelven visibles en el debate público. La conversación democrática requiere tiempo, atención y cierta disciplina intelectual: escuchar argumentos largos, tolerar la ambigüedad, distinguir entre lo plausible y lo meramente atractivo. Pero esas capacidades son precisamente las que el entorno actual debilita. El resultado es un deterioro progresivo: menos argumentos, más consignas; menos evidencia, más identidad; menos deliberación, más reacción.
En Chile, las elecciones de 2021 fueron un laboratorio involuntario de esto. Boric y Kast llegaron a segunda vuelta siendo los candidatos más virales. Los del centro –con propuestas más complejas– desaparecieron del debate antes de desaparecer de las urnas. No por falta de ideas, sino por falta de un entorno que pudiera procesarlas.
Ahí es donde la relación entre profundidad y democracia se vuelve crítica.
Como ha planteado el politólogo Yascha Mounk, las democracias no colapsan solo por fallas institucionales, sino también por la erosión de las disposiciones culturales que las sostienen. Entre ellas, una es central y es la capacidad de procesar complejidad sin huir hacia respuestas fáciles. El populismo, en ese sentido, no es solo una ideología.
Es una adaptación eficiente a un entorno de baja profundidad. Trump es el caso más estudiado, pero quizás no el más importante. Lo relevante no es su contenido, sino su formato: corto, emocional, sin subordinadas. Un mensaje diseñado –conscientemente o no– para un ecosistema que castiga la complejidad. El problema no es Trump. Es que ese formato ya es el estándar frente al cual se mide todo lo demás.
Frente a esto, la respuesta habitual es apelar a la conciencia individual: si sabemos lo que nos está pasando, podemos resistirlo. Pero la evidencia no acompaña ese optimismo. El conocimiento del sesgo no lo elimina. Saber que los algoritmos te muestran un espejo no te hace salir del espejo. El problema no es de conciencia, es de arquitectura. El entorno está diseñado para ganarle a tu buena intención.
Lo que sí cambia cuando nos damos cuenta opera en un nivel distinto: cambia lo que exigimos. Y ahí es donde las soluciones con evidencia real no son individuales sino estructurales. Francia no les pide a los niños que se autocontrolen frente al celular: los saca del aula y cambia el entorno. Finlandia no enseña qué es una fake news, enseña cómo funciona el algoritmo que la distribuye, y cuenta con los índices más bajos de desinformación electoral en Europa. Algunas plataformas han experimentado con agregar fricción antes de compartir contenido –una pausa, una pregunta–, y funciona. La velocidad es el problema. La fricción es su antídoto más simple.
Y luego está el dato más incómodo de todos. La multinacional de tecnología ByteDance opera dos versiones del mismo algoritmo. En China, los menores de 14 años tienen 40 minutos diarios de Douyin (TikTok), con contenido educativo.
En el resto del mundo, el mismo algoritmo no tiene techo. Tristan Harris, ex ingeniero de Google, lo describió con precisión quirúrgica: es como si fabricaran una versión espinaca para uso doméstico y exportaran la versión opio al resto del mundo.
El único Estado que ha limitado de forma efectiva el acceso de sus niños al algoritmo lo hizo por amor al control, no por amor a la profundidad. Las democracias, que podrían hacerlo por razones mejores, todavía no lo han hecho. Esa omisión no es técnica. Es política.
Pero la intervención más profunda no combate la distracción desde afuera; la desarma desde adentro. Los estudios del doctor en psicología Raymond Mar, muestran que niños que leen narrativa con personajes complejos, motivaciones contradictorias y finales ambiguos desarrollan algo que ningún algoritmo puede reemplazar: la capacidad de habitar perspectivas ajenas.
No leer para saber qué pasó, sino para entender por qué el antagonista creía tener razón. Esa pregunta –simple, antigua, completamente contracultural hoy– es la que entrena la musculatura democrática que el entorno actual atrofia. Un niño que aprendió a leer así tiene menos necesidad del espejo algorítmico. Y una sociedad que enseña a leer así produce ciudadanos que no necesitan que el mundo les confirme lo que ya piensan.
Mientras la inteligencia artificial abarata las respuestas, encarece las buenas preguntas. Y las buenas preguntas no surgen en la prisa, surgen en la profundidad. La tecnología ya hizo su parte: puso el conocimiento al alcance de casi todos. El desafío que viene es más antiguo y exigente. No es de acceso, es de atención.
Y la atención, a diferencia del ancho de banda, no se amplía con inversión. Se cultiva con decisión, o se protege con diseño. La pregunta no es si tenemos las herramientas para pensar mejor. Es si todavía queremos construir los entornos que lo hagan posible.
Para más noticias de After Office en Ex-Ante, clic aquí.
El riesgo en el sistema financiero que ninguna norma puede eliminar. Por Ernesto Guzmán.https://t.co/q5VNpmVtYC
— Ex-Ante (@exantecl) June 8, 2026
Publicaciones relacionadas
Salvo por los tópicos y la jerga de este tiempo, el documento del congreso suena arcaico. La perspectiva que ofrece como novedosa está emparentada con el rudimentario anticapitalismo del FRAP en los años 50 y la Unidad Popular en los 60 y 70. ¿Qué idea tienen los líderes del FA de lo que es un […]
No son el problema: son la semilla que multiplica. Cautelar a quienes poseen grandes empresas no es favoritismo, es responsabilidad. Si queremos un país próspero, debemos proteger el entorno que permite que la riqueza se cree, se mantenga y se reinvierta.
Estados Unidos anunció nuevos aranceles para productos chilenos como salmones, vinos, madera y frutas. La medida podría reducir la competitividad de las exportaciones nacionales y confirma que, bajo la doctrina America First, las afinidades políticas no garantizan un trato comercial favorable.
El negocio de edificios destinados íntegramente al arriendo alcanzó las 50.933 unidades y una ocupación de 94,6%. El mercado tiene otros 7.429 departamentos en construcción y comienza a sumar desarrolladores provenientes de otras áreas del sector inmobiliario.
Chile exportó cerca de US$6.600 millones en salmónidos durante 2025 y abastece a más de 80 mercados, aunque casi el 40% de sus envíos tiene como destino Estados Unidos, según datos de la Subrei. Loreto Seguel, presidenta ejecutiva del Consejo del Salmón, advirtió que el aumento del arancel desde 10% a 12,5% presionará los márgenes […]