Marzo 9, 2026

No basta con ser buen ministro: Técnica, política y narrativa, el triángulo de la eficacia ministerial. Por Gabriela Salvador

Directora ejecutiva de Vantrust Capital

La experiencia reciente sugiere que el desempeño ministerial depende del equilibrio entre tres tipos de capital. Podría representarse como un triángulo de eficacia ministerial. Este enfoque dialoga con la literatura comparada sobre eficacia ministerial, que subraya la combinación de capacidades técnicas, políticas y comunicacionales como condición para gobernar en contextos de alta exposición mediática.


“Un ministro eficaz combina técnica, política y narrativa.”

La frase puede parecer evidente, pero resume uno de los cambios más importantes en el ejercicio del poder en las democracias contemporáneas. Cada cambio de gabinete reabre, de hecho, una pregunta de fondo: qué hace realmente eficaz a un ministro.

Durante décadas, al formar un gabinete la principal preocupación era elegir especialistas competentes: economistas para Hacienda, abogados para Justicia, ingenieros para Obras Públicas. La premisa era simple: si las decisiones eran técnicamente correctas, el resto vendría por añadidura.

Ese modelo funcionó razonablemente bien en un contexto político más estable y con una esfera pública menos fragmentada. Pero la política actual opera en condiciones muy distintas. Hoy los gobiernos deben tomar decisiones complejas bajo la presión constante de redes sociales, ciclos informativos acelerados y una ciudadanía cada vez más demandante de explicaciones.

En ese entorno, la capacidad técnica sigue siendo indispensable, pero ya no basta por sí sola para sostener la eficacia de un ministro.

La experiencia reciente sugiere que el desempeño ministerial depende del equilibrio entre tres tipos de capital. Podría representarse como un triángulo de eficacia ministerial. Este enfoque dialoga con la literatura comparada sobre eficacia ministerial, que subraya la combinación de capacidades técnicas, políticas y comunicacionales como condición para gobernar en contextos de alta exposición mediática.

En uno de sus vértices está el capital técnico, que permite diseñar políticas públicas sólidas y comprender el funcionamiento del Estado. En otro vértice aparece el capital político, necesario para negociar, gestionar conflictos y sostener decisiones dentro de sistemas políticos cada vez más fragmentados. El tercer vértice corresponde al capital narrativo, que permite explicar el sentido de las decisiones públicas en una esfera informativa dominada por la economía de la atención.

Cuando estos tres elementos se equilibran, el ministro logra diseñar políticas, implementarlas políticamente y explicar su propósito ante la ciudadanía.

Cuando uno de ellos falta, aparecen problemas previsibles: sin técnica, las políticas se debilitan; sin capital político, las reformas se bloquean; sin narrativa, incluso buenas decisiones pueden perder legitimidad o generar conflictos innecesarios.

Este debate adquiere especial relevancia en momentos como el actual. Con la llegada de nuevos ministros esta semana, la discusión pública vuelve a concentrarse en nombres, equilibrios políticos o impactos inmediatos. Sin embargo, una pregunta más estructural suele quedar en segundo plano: qué condiciones hacen realmente eficaz a un ministro.

Al observar el desempeño de distintos gabinetes recientes en Chile, se advierte que las dificultades suelen aparecer precisamente cuando uno de los vértices del triángulo se debilita. Algunos ministros enfrentan obstáculos porque, aun teniendo solvencia técnica, carecen del capital político necesario para sostener sus reformas. Otros logran instalar temas en la agenda pública, pero su gestión se resiente cuando la narrativa no está acompañada por decisiones técnicamente sólidas. Y en otros casos, incluso buenas políticas públicas encuentran resistencia cuando no logran explicarse con claridad ante la ciudadanía.

Este fenómeno tiene también una explicación desde la teoría económica. El economista Robert J. Shiller ha mostrado, a través de su concepto de economía narrativa, cómo las historias que circulan en la sociedad influyen en las decisiones económicas y políticas. Las narrativas se difunden como epidemias: se amplifican, se contagian y terminan moldeando expectativas colectivas. Su trabajo sobre economía narrativa ha influido en el modo en que se entiende hoy la relación entre relatos públicos, expectativas ciudadanas y estabilidad de las políticas.

Desde otra perspectiva, el economista Bengt Holmström desarrolló la teoría de la producción en equipo, que explica cómo el desempeño de organizaciones complejas depende de la complementariedad entre distintas habilidades dentro de un equipo. Buena parte de la literatura sobre gabinetes y liderazgos ejecutivos ha recogido esta intuición: lo que importa no es solo la suma de talentos individuales, sino cómo se combinan y se complementan dentro del equipo de gobierno.

Un gabinete funciona de manera muy similar. Algunos ministros aportan credibilidad técnica; otros, experiencia política y capacidad de negociación; y están los con capacidad de instalar agenda pública y explicar decisiones complejas.

El desafío para cualquier presidente no es solo reunir buenos nombres, sino equilibrar esos capitales dentro del equipo.

Este equilibrio se vuelve aún más relevante en el contexto actual. Según Latinobarómetro, la confianza en los gobiernos en América Latina se mantiene en torno al 30%, uno de los niveles más bajos de las últimas décadas. Al mismo tiempo, estudios del Reuters Institute muestran que una mayoría de los menores de 35 años consume información política principalmente a través de redes sociales.

En ese entorno, las decisiones públicas no solo deben ser correctas: también deben ser comprensibles.

Un ejemplo internacional ilustra bien esta combinación de capitales. Cuando Mario Draghi asumió como primer ministro de Italia en 2021, su principal activo era su enorme credibilidad técnica, construida durante años en el Banco Central Europeo. Pero su liderazgo también descansó en una narrativa clara sobre estabilidad económica y reconstrucción institucional, lo que le permitió sostener un gobierno en un sistema político altamente fragmentado.

Mirado desde esta perspectiva, formar gabinete se parece menos a elegir especialistas aislados y más a construir un equipo de alto rendimiento.

En términos simples, el triángulo de eficacia ministerial puede entenderse así: técnica para diseñar políticas públicas sólidas, capital político para hacerlas viables dentro del sistema institucional y capacidad narrativa para explicar su sentido ante la ciudadanía.

Cuando estos tres elementos se equilibran, el gobierno gana capacidad de conducción. Cuando se desalinean, incluso buenas decisiones pueden perder fuerza o generar conflictos innecesarios.

Porque en la política contemporánea no basta con tener razón. También hay que ser capaz de explicar por qué.

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