Chile ya es irrelevante en el mundo que viene… ¿Queremos seguir siéndolo en 2030? Por Gabriela Salvador

Directora ejecutiva de Vantrust Capital

Chile está a tiempo, pero el tiempo se está acabando. La irrelevancia no se decreta: se construye por omisión. La única decisión pendiente es si tendremos el coraje de salir de ese camino antes de que el mundo siga avanzando sin nosotros.


Chile está quedando fuera de las redes que hoy definen poder, innovación y crecimiento. La irrelevancia no es un riesgo futuro: es un proceso en curso. Revertirla exige transformar educación, talento, gobernanza metropolitana y participación laboral femenina.

Hay un punto ciego en la discusión pública: Chile ya comenzó a ser irrelevante en el nuevo orden global. No es un juicio ideológico ni una exageración, es la consecuencia directa de cómo el mundo se ha reorganizado mientras nosotros seguimos operando con marcos del siglo pasado.

El mundo está entrando en una fase simultánea de hiperinformación, ansiedad geopolítica, fatiga institucional y retroceso democrático, donde los ciudadanos tienen más datos que nunca, pero menos capacidad de interpretarlos. La cooperación internacional política retrocede, mientras avanza la cooperación técnica basada en ciencia, datos, innovación climática, ciudades y empresas tecnológicas. Ese es el nuevo campo de juego, y Chile está mirando hacia otro lado.

A nivel interno, persiste además una forma de buenismo: una narrativa complaciente que interpreta estabilidad como éxito y ausencia de crisis como avance. Pero los datos muestran otra cosa. Chile retrocede en inversión, innovación, productividad, educación y presencia internacional. Confundimos calma con competitividad y tranquilidad política con visión estratégica.

En paralelo, el escenario internacional se tensiona. Las guerras en Ucrania y Medio Oriente, la disputa tecnológica entre Estados Unidos y China y la militarización del mar del Sur de China están redefiniendo rutas logísticas, energía, minerales críticos y cadenas de suministro. El mundo se reorganiza en torno a bloques que compiten por datos, talento y control tecnológico. En ese tablero, Chile no tiene posición, voz ni estrategia.

La primera señal de irrelevancia es la ausencia. Chile no participa en las redes donde hoy se define el futuro urbano, tecnológico o climático: C40, U20, City Science Labs, AI Urban Consortium. En un sistema internacional interconectado, no estar en la red es no existir.

La segunda señal es geoeconómica. Mientras México captó US$ 40.000 millones en nearshoring, Uruguay y Colombia duplicaron sus exportaciones de servicios digitales y Brasil fortaleció hubs tecnológicos, Chile quedó al margen. Más aún: en los últimos ocho años, el 60% de la inversión china en Sudamérica se dirigió a Perú, no a Chile.

La tercera señal es educativa. Sin matemáticas avanzadas, inglés funcional, habilidades digitales y pensamiento computacional, hablar de IA o innovación es promesa vacía. La cuarta señal es cultural: hiperexposición a información con déficit de criterio, polarización emocional y desconfianza institucional.

En este contexto, Chile necesita una gobernanza metropolitana moderna. En las economías dinámicas, son las ciudades —no los Estados— las que articulan talento, innovación y logística global. Barcelona, Toronto y Singapur operan con instituciones mixtas que proyectan sus áreas metropolitanas al mundo. Chile no tiene nada equivalente, y la responsabilidad de insertar a Santiago en las redes que importan es de Estado, no municipal.

La inteligencia artificial refleja el mismo patrón. Chile gradúa apenas 1.300 ingenieros en computación al año, frente a los 35.000 de Corea o los 8.500 de Canadá. Un tercio del talento digital trabaja para el extranjero. Con IA podríamos sumar entre 1,5% y 2,5% al PIB anual y exportar miles de millones, pero seguimos regulando antes de producir y formando menos talento del necesario.

La educación es el corazón del problema. Chile perdió dos años de aprendizaje en pandemia; 56% de los jóvenes no comprende textos complejos; menos del 30% de los docentes domina herramientas digitales. Sin una transformación profunda, seguiremos fuera de las cadenas de valor del futuro.

La participación laboral femenina es otra oportunidad desaprovechada. La OCDE estima que Chile podría aumentar su PIB potencial hasta en 9%. Solo sumar 100.000 mujeres al mercado laboral —menos del 15% de las que hoy están fuera por barreras de cuidado— aportaría entre US$ 720 millones y US$ 1.230 millones al año. La Sala Cuna Universal no es política social: es una inversión económica con uno de los mayores retornos disponibles.

Chile podría capturar US$ 10.000 millones en litio de valor agregado, US$ 12.000 millones en nearshoring, US$ 5.000 millones en agro-tech y US$ 4.000 millones en servicios digitales. No es falta de potencial; es falta de visión.

Chile está a tiempo, pero el tiempo se está acabando. La irrelevancia no se decreta: se construye por omisión. La única decisión pendiente es si tendremos el coraje de salir de ese camino antes de que el mundo siga avanzando sin nosotros.

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