La otra Elizabeth Taylor, autora de una gran novela. Por Héctor Soto

Ex-Ante

Poco más de 200 páginas le bastan a esta escritora redescubierta para situarse entre las mejores plumas de las letras inglesas del siglo XX. Su novela “Prohibido morir aquí” es una clase de inteligencia, recato, buena literatura y emoción.


Si, es una gran novela que trata de la amistad postrera y, sobre todo, de la vejez. Pero que nadie se engañe respecto de este último tema: este es un relato que discurre al margen de toda suerte de patetismos y que tampoco apela a la extorsión sentimental, que son los dos socorridos atajos por cuales estas historias suelen irse al diablo. Este caso es muy distinto porque está escrita desde la contención, los sobreentendidos, la inteligente pura y dura, la calidad literaria y, en especial, desde el pudor. No necesariamente para anestesiar o hacer más digerible la tragedia que está contando. Es solo para exponerla en términos que no por crudos deben dejar de ser mordaces o elegantes.

Protagonizada por una señora escocesa, viuda y de clase media que se va a vivir a Londres con la vana expectativa de quedar más cerca de un nieto suyo que vive ahí, Mrs. Palfrey se instala un hotel discreto, el Claremont, todavía decoroso pero ya no muy atractivo, que admite como residentes permanentes, tal vez no en sus mejores habitaciones, a un grupo de personas mayores y jubiladas que con el tiempo irán parar a un geriátrico, si es que no directamente al cementerio. Es gente decente y mayoritariamente comedida. Y aunque están declinando, son personas que todavía tienen un margen de autonomía en sus conversaciones, sus lecturas, sus paseos y, bueno, en sus cada vez más escasas conexiones con la familia y el mundo exterior.

Ese es el contexto. Se trata de un escenario que tiene sus rutinas, sus horarios, sus momentos de expansión y de conflicto. Donde la decadencia se huele pero aún no apesta. Donde los días se parecen demasiado unos con otros. Donde el menú de una jornada puede hacer la diferencia entre la satisfacción y el fastidio profundo. Donde, a diferencia de los niños, que cada día aprenden algo nuevo, ellos cada día olvidan algo que alguna vez supieron. Donde cada visita de un familiar es un triunfo glorioso sobre el abandono y el aislamiento. Donde más conviene estar atento para mantener en alto la dignidad, porque la maledicencia y el cotilleo de los demás puede ser muy corrosivo.

Reivindicar experiencias de vida, meterse en la piel de los personajes, acompañarlos, entenderlos incluso en la insensatez y sin mayor estridencia, eso es lo que hace la buena literatura. Qué duda cabe que la prosa de esta escritora tiene proyección y densidad.

Mrs Palfrey, la protagonista, tiene la mala suerte de tener un nieto que jamás la visita y, como no quiere quedar de mentirosa ante el grupo con un pariente que nadie ha visto, no halla nada mejor que hacer pasar por tal a un joven que un día conoce por el barrio y que es un chico simpático, servicial, con mucho tiempo libre, puesto que desea ser escritor y que en el hotel acepta asumir el papel del nieto ingrato y ausente. Esa impostura dará lugar a malentendidos sencillos o embarazosos que la novela recoge con inteligencia y humor. Baste decir que el primer día que la anciana invita al joven a comer opíparamente a su hotel, éste no encuentra mejor manera de agradecer a su anfitriona, que declarándole: “Nunca había disfrutado tanto, señora… con la ropa puesta”.

Admirablemente escrita, precisa en su construcción, sin adjetivos de más ni de menos, sagaz hasta la crueldad en sus observaciones, recia pero al mismo tiempo también muy emotiva, Prohibido morir aquí, que corresponde a uno de sus últimos trabajos de su autora, es una revelación tardía, porque se trata de un libro publicado en 1971, y es una novela excepcional. Por ahí se indica que el libro fue seleccionado por The Guardian entre las cien mejores novelas de todos los tiempos, lo cual puede ser un exceso, aunque no un disparate. En su momento Mrs. Taylor mereció entusiastas reconocimientos de escritores como Kingsley Amis, Robert Liddell y Geoff Dyer.

Que la autora se llame Elizabeth Taylor se puede prestar, claro, a confusiones. Es otra Elizabeth Taylor, desde luego. Una Elizabeth Taylor que nació y murió en Inglaterra entre los años 1912 y 1975, que escribió doce novelas y cuatro volúmenes de cuentos y que sobrellevó con más resignación que entereza un nombre que solo en parte le pertenecía.

Ahora bien, todo hay decirlo, esta Elizabeth Taylor no se llamaba así. Se llamaba Dorothy Betty Colles. Pero como ocurre que ella siempre odió su nombre, quizás porque se lo había puesto su padre, se lo cambió por Elizabeth y quedó con el apellido que cargó de por vida cuando a los 24 años se casó con el señor Taylor, que era pastelero. En ese momento, al otro lado del mundo, la actriz era apenas una niñita de cuatro años a la que recién estaban matriculando en cursos de ballet. Ahí comenzó si se quiere, sin que la Taylor escritora se enterara, su drama. Nunca nadie, partiendo por ella misma, pudo sospechar que su homónima llegaría a ser lo que fue.

Si alguna vez Philip Roth, concretamente en Patrimonio, definió la vejez como una masacre, la Taylor la entiende como una catástrofe. En realidad, no es muy distinto. La dinámica de la declinación nunca será estimulante. Sin embargo, pocas experiencias definen mejor la condición humana que esos momentos, que es cuando más frágiles somos y más solos estamos. Puesto que no somos inmortales, y Mrs. Palfrey lo entiende mejor que nadie, más vale tenerlo presente. Y aceptarlo, en lo posible con el debido pudor, al menos mientras podamos.

 

Prohibido morir aquí, Elizabeth Taylor. Libros del Asteroide. 2025. 240 pp. (Versión Kindle en Amazon).

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