La hora de la derecha y el inicio de la restauración. Por Juan Pablo Rodríguez

Director Ejecutivo de Fundación P!ensa

Kast ayer entró en la historia de Chile. Pero si, además, logra articular un gobierno amplio, obtener resultados visibles y proyectar una sucesión de gobiernos afines que reviertan la decadencia del país, entrará en su historia grande. Ayer llegó la hora de la derecha y, si está a la altura, también el inicio de la restauración.


El triunfo aplastante de José Antonio Kast cierra algo más que una campaña: parece clausurar el ciclo abierto por el segundo gobierno de Bachelet y el estallido de 2019, con su impulso refundacional. Si en 2021 la ciudadanía confió en la izquierda para materializar la promesa de cambios estructurales, en 2025 entrega un mandato a la derecha para restaurar el orden y hacerse cargo de la nueva cuestión social: estancamiento económico, seguridad e inmigración.

Para que esa restauración sea exitosa hay tres capítulos: ganar la elección, gobernar con resultados y proyectar el rumbo en administraciones afines que saquen al país de la decadencia.

Sobre lo primero conviene notar que el resultado de ayer no se explica solo por las condiciones estructurales: voto obligatorio, agenda favorable a la derecha e inercia global de alternancia. Se explica también, en una parte decisiva, por el idealismo y el talento político de Kast.

Un hito clave fue su decisión de competir testimonialmente en 2017, contrariando a los poderes establecidos que lo acusaban de erosionar la unidad del sector (como antes se acusó a Piñera). Esa apuesta inició la construcción de un proyecto político serio que, una década después, llega a La Moneda con base sólida.

También fue determinante su crítica del estallido desde la primera hora, alejándose de la perplejidad o tibieza inicial de la derecha tradicional. Fue el opositor más nítido al delirio octubrista y, por eso, seis años más tarde la ciudadanía confía en él para encabezar una suerte de contrarrevolución de sello portaliano-guzmaniano.

Contra el caricaturizado “Kast inflexible”, la campaña mostró otra dimensión: talento político y pragmatismo. La idea del “gobierno de emergencia” conectó con el ánimo social del país y bajó las barreras de entrada para transformar su proyecto en mayoría.

La prueba está en la segunda vuelta: logró alinear a las fuerzas que estuvieron detrás del Rechazo, lo que debiera prefigurar una coalición de gobierno igualmente amplia, capaz de ir desde Nacional Libertarios hasta Demócratas y, al menos en seguridad y economía, articular un bloque de gobernabilidad con parte del PDG en la Cámara. Pero conviene no confundirse: la mayoría parlamentaria, si existe, será inicial y teórica; deberá ratificarse proyecto a proyecto.

Esa coalición es condición para gobernar, no garantía de éxito. En sociedades permanentemente insatisfechas, la política se mide por resultados tempranos. La brecha obtenida ayer le dará un margen inicial que debe aprovechar. Porque la luna de miel dura poco: pasado el primer año, el sostén del gobierno dependerá menos del mandato electoral y más de la popularidad, de la eficacia cotidiana, de la sensación de control y de avances visibles en seguridad, orden migratorio y reactivación.

Aquí aparece el segundo capítulo y el desafío central: la gobernabilidad. Kast está llamado a dejar de ser jefe de partido y convertirse en el líder que, desde el gobierno, una a la derecha. Para eso hay que entender una idea básica: unidad no es homogeneidad.

Las distintas identidades de la derecha —que siempre han existido y que hoy se expresan en un polo liberal-tecnócrata, otro conservador y un tercero nacional-liberal— pueden convivir bajo el mismo paraguas si el liderazgo las administra con talento, sin asfixiarlas. El pegamento puede ser una vocación popular, símbolos compartidos y prioridades claras. Nada de esto obsta, naturalmente, a que compitan civilizadamente en elecciones.

En esa tarea, el gremialismo —cultura política a la que adscribe el presidente electo y su círculo de confianza— puede operar como vaso comunicante y fuerza de gravitación. No solo porque está presente en la UDI, en Republicanos y en vastos sectores independientes, sino porque su ethos es útil para gobernar y ofrece un mínimo compartido por buena parte del futuro oficialismo: subsidiariedad, antropología cristiana, economía social de mercado, orden institucional y vocación de mayoría.

Kast, acertadamente, ha citado a Meloni como modelo. La referencia tiene sentido si se trata de hacer convivir a una “nueva derecha” —dotada de energía, cohesión y músculo territorial y digital— con una “derecha tradicional” —portadora de redes, experiencia y conocimiento del Estado— en un proyecto común que no se agote en un solo período. El éxito de esa convivencia no está en repartir cargos: está en fijar un norte que infunda espíritu de cuerpo, alinear incentivos y evitar una guerra interna que vuelva ingobernable la administración.

Hay un punto adicional que no es menor. El mapa electoral heterogéneo a lo largo del país sugiere malestares y prioridades que la élite no está viendo con suficiente nitidez. Por eso el gabinete y el diseño del gobierno deberían reflejar diversidad social y territorial: un equipo que conozca las regiones, que entienda el Chile popular y que no confunda indicadores con experiencia de calle. Si el problema de Chile es también desconexión, la forma del gobierno importa tanto como su agenda.

Luego de ganar y mostrar resultados, el tercer capítulo es la proyección. Chile no sale de la decadencia en cuatro años. Para dinamizar nuestra economía, recuperar el orden y revertir reformas dañinas se hace necesario encadenar gobiernos afines y sucesivos, que proyecten el clivaje del Rechazo. Eso obliga a Kast a construir algo más grande que su administración: un bloque político y cultural capaz de sostener un rumbo incluso cuando el péndulo electoral quiera cambiar de lado.

Kast ayer entró en la historia de Chile. Pero si, además, logra articular un gobierno amplio, obtener resultados visibles y proyectar una sucesión de gobiernos afines que reviertan la decadencia del país, entrará en su historia grande. Si fracasa, el país volverá a buscar —quizá con más rabia y menos paciencia— salidas por fuera del sistema. Ayer llegó la hora de la derecha y, si está a la altura, también el inicio de la restauración.

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