Una vez más, cuando Carolina Tohá parecía perfilarse como una opción presidencial viable, su nombre captaba el interés de la prensa, filtraciones desde La Moneda la posicionaban como la candidata del Presidente Boric y algunos estudios de opinión le otorgaban números competitivos en una primaria oficialista, la sombra de Michelle Bachelet se proyectó con fuerza sobre ella.
El desenlace era predecible: su opción presidencial quedó opacada en plena fase de despegue. Bastó la sola mención de una posible tercera aventura presidencial de la ex mandataria para que Tohá retrocediera un par de casillas en una carrera en la que, además, parece no haber reales interesados.
Y es que el liderazgo de Bachelet es como esas especies de pino que erosiona tierra fértil en su perímetro, impidiendo que crezca cualquier otra figura que se planta a su alrededor. Lo que sofoca, probablemente de manera involuntaria, toda forma de recambio generacional en su sector. Los ejemplos abundan: Claudio Orrego, Ricardo Lagos Weber, Álvaro Elizalde y, por supuesto, la propia Tohá. Toda una generación perdida de la ex Concertación que no ha encontrado su espacio y ha sido relegada por el tándem estratégico Bachelet-Frente Amplio, al menos en el campo presidencial.
En la centroizquierda, la promesa de nuevos liderazgos no se trunca necesariamente por falta de talento, sino porque el terreno político sigue dominado por el peso de una figura carismática como la de Bachelet. Por más que Michelle se repliegue y guarde silencio, sus dudas, incógnitas y señales —hábilmente amplificadas por sus cercanos— mantienen siempre viva la posibilidad de su retorno.
¿Por qué su opción parece particularmente atractiva, hoy? A diferencia de otros posibles candidatos del Socialismo Democrático, Bachelet posee dos atributos clave: logra unir a todo el oficialismo y es electoralmente competitiva.
Por un lado, los comunistas la veneran porque fue ella quien los trajo de vuelta a La Moneda tras 40 años, durante su segunda administración, donde reemplazó a la Concertación por la Nueva Mayoría. A su vez, los frenteamplistas la respetan porque fue Bachelet quien cobijó al grupo más selecto de sus cuadros militantes y técnicos, especialmente de Revolución Democrática, durante su segundo gobierno, impulsando la política pública más insigne para esa generación: la gratuidad en la educación superior.
En el Frente Amplio también la valoran porque, a diferencia de los líderes tradicionales de la Concertación, Bachelet siempre ha sido vista por este mundo como una líder que, en su fuero interno, está a la izquierda de los conglomerados políticos que la acompañaron —mas no necesariamente la respaldaron— en sus respectivos gobiernos. Por último, Bachelet también ejerce un fuerte ascendiente sobre los sectores más centristas de la centroizquierda. Basta ver a los últimos vestigios de la Democracia Cristiana: todos son bacheletistas.
En términos electorales, Bachelet, que según algunos estudios de opinión es la carta más competitiva del oficialismo en una eventual segunda vuelta, no solo es una alternativa siempre interesante en el plano presidencial, sino que es una figura capaz de garantizar la posibilidad de articular una lista parlamentaria única de toda la izquierda y centroizquierda.
Esto cobra aún más relevancia considerando que, en la oposición, lo más probable es que el anhelo de una lista parlamentaria unitaria no se concrete y que haya dos listas: una de Chile Vamos junto a Amarillos y Demócratas, y otra conformada por el Partido Republicano, Socialcristianos y el Partido Nacional Libertario de Johannes Kaiser.
Además, ante la imposibilidad de que una generación como la del Frente Amplio proyecte desde sus propias entrañas un liderazgo de estatura presidencial, la opción de Bachelet es un atajo conveniente y, además, pavimenta el camino para un eventual retorno de Boric en cuatro años.
Por eso, para el Socialismo Democrático, la sombra de la expresidenta no solo eclipsa, sino que evidencia la fragilidad de un sector que prefiere la comodidad de lo conocido antes que el riesgo de apostar por una renovación real que desafíe la hegemonía del Frente Amplio dentro de la izquierda.
Bajo la sombra de un liderazgo como el de Michelle, la renovación es apenas una ilusión.
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