Es un buen ejercicio imaginar un tercer gobierno de Bachelet. Por Sergio Muñoz Riveros

Ex-Ante

Si Bachelet es candidata, quedará indefinidamente postergada la posibilidad de que surja una nueva centroizquierda, renovada de verdad, genuinamente comprometida con la democracia y liberada del lastre de la izquierda populista y autoritaria. Querrá decir que las consideraciones electorales prevalecen por encima de cualquier cosa. ¿Cuán lejos llega la mirada de los dirigentes del PS? Poco.


A mediados de marzo, los dirigentes del Partido Socialista se reunirán con la expresidenta Michelle Bachelet para saber si acepta ser candidata presidencial. Se supone que tienen antecedentes que justifican la espera, y también la esperanza. Pero el suspenso no es precisamente cómodo para el PS, y mucho menos para el resto de los presidenciables, en primer lugar, Carolina Tohá, quien, en la reciente versión de Panel Ciudadano de la UDD, apareció como clara ganadora de una primaria oficialista sin la exmandataria. Ahora, todo queda sujeto a lo que ella diga.

De todas maneras, para Bachelet debe ser abrumadora la sensación de cargar sobre sus espaldas la pesada responsabilidad de evitar una catástrofe electoral oficialista dentro de 9 meses. Sería excesivo para cualquier persona, pero sobre todo para quien ya gobernó dos veces y podría cerrar su trayectoria política con una derrota muy dura. No se le puede escapar que, si postula, se arriesgará temerariamente: a diferencia de las dos veces que ganó, esta campaña sería con viento en contra. De partida, los periodistas le preguntarán una y otra vez por qué afirmó durante un año que no sería candidata y que se necesitaban nuevos rostros.

Es revelador que ella haya contado que el presidente Lula le aconsejó, basado en su propia experiencia, que compitiera por un tercer mandato. En los hechos, dio a entender que se estaba preparando para seguir el ejemplo brasileño, lo que alentó a sus seguidores a perseverar en el empeño por convencerla de que solo su candidatura puede evitar un desastre en la elección parlamentaria. Ese el meollo del asunto: dado que es escasa la posibilidad de ganar la presidencia, lo que importa es cuántos diputados y cuántos senadores pueden elegirse con Bachelet como estandarte.

Los entusiastas dicen que ella puede encabezar un frente que vaya “desde el PC hasta la DC”.  Si ello se concreta, sería la resurrección de la Nueva Mayoría, la fórmula que marcó el entierro de la Concertación y el giro a la izquierda encabezado por Bachelet entre 2014 y 2018, y cuya consecuencia fue que el país perdiera el paso y entrara en el pantanoso terreno de los diagnósticos equivocados y las malas reformas. El segundo gobierno de Bachelet fue, sin duda, el preámbulo del experimento de Boric, que resultó tan tortuoso y gris como el de la Nueva Mayoría. Es innegable que nadie como la exmandataria representa más fielmente el espíritu de ambas experiencias.

Es posible que las cartas ya estén echadas respecto de la nueva candidatura, y solo quede definir los términos de la proclamación, los equipos, el relato, los fuegos artificiales. En los hechos, Bachelet ha creado condiciones que le impiden retroceder. ¿Cómo podría decirle a los dirigentes socialistas en marzo que lo ha estado pensando mucho, pero que tiene muchas dudas, que no le parece lo mejor, que ella ya cumplió con la izquierda, que incluso su nombre puede ser contraproducente y facilitar los ataques de la derecha? ¿Cómo le explicaría a sus seguidores que se arrepintió?

Si Bachelet es candidata, quedará indefinidamente postergada la posibilidad de que surja una nueva centroizquierda, renovada de verdad, genuinamente comprometida con la democracia y liberada del lastre de la izquierda populista y autoritaria. Querrá decir que las consideraciones electorales prevalecen por encima de cualquier cosa. ¿Cuán lejos llega la mirada de los dirigentes del PS? Poco.

Para los dirigentes del PC, una nueva candidatura de Bachelet es la alternativa óptima. Le deben mucho. En rigor, el espacio ocupado por el partido en su segundo gobierno y ahora en el de Boric es inconcebible sin la ayuda que ella les ha entregado. Si postula, pueden parapetarse detrás de su figura y amortiguar el impacto de los malos vientos que empezaron a correr en la elección municipal y de gobernadores.

La campaña no será particularmente placentera para la expresidenta. Los tiempos han cambiado desde los años en que ella era celebrada por ser representante de la sólida obra concertacionista. El país reclama hoy un cambio de rumbo, y ella representa la continuidad. Será el rostro de la izquierda estatal. Y le preguntarán muchas cosas complicadas.

¿Imaginar cómo sería un nuevo gobierno de Bachelet? Puede ser un ejercicio útil para todos.   

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