En los últimos días la candidata de la coalición oficialista, Unidad para Chile, Jeannette Jara, deslizó, al menos, tres críticas a quienes la nominaron a la presidencia. Partió antagonizando a su propio partido al referirse al carácter autoritario de Cuba, que, si bien no fue una condena clara, fue suficiente para generar incomodidad en el Comité Central.
Luego, criticó al ministro Carlos Montes por su incapacidad de hacerse cargo de la reconstrucción de Viña del Mar, dejando entrever el problema mayor que podría existir en la cartera que ha estado más asociada a la corrupción en los últimos años. Y terminó criticando al mismo Presidente Boric por haber usado la cadena nacional para hacer una crítica política, cuando, según ella, no correspondía usar la instancia para aquello.
En resumen, en solo un par de días repasó no solo al partido en que ha militado por más de tres décadas y que la ha apoyado en sus aventuras políticas varias, sino que además puso en duda la capacidad técnica del histórico Partido Socialista, quilla estratégica del gobierno, así como la del mismo Presidente de la República que la nominó a su cargo, y que, a pesar de estar debilitado, sigue representando la principal fuerza electoral del oficialismo.
Así, no puede ser un error. No son críticas desconectadas: son todas expresiones del mismo objetivo, tratar de ir por el votante moderado. Presumiblemente, la estrategia es dejar caer al sector que se considera, y es considerado ampliamente, de izquierda, para poder representarse en una nueva faceta, más cerca del centro y lejos de los errores y estigmas de la izquierda actual.
En el papel funciona, pero en la práctica no.
A pesar de lo mal que lo ha hecho la izquierda, desde el PC al PS, pasando por el Presidente, le sigue conviniendo mantenerse arrimada a ellos. Y no por lealtad ni convicción, sino solo porque es el camino más corto para llegar a la segunda vuelta.
Recibir el endoso por parte de Boric quizás no significa mucho en términos políticos, pero al menos garantiza obtener un 30% de los votos, el mismo tercio que lo ha apoyado contra viento y marea a través de los últimos tres años.
Criticar a su propio sector no solo es un riesgo. Ir a buscar al votante de centro a solo 40 días de la elección, en un escenario en que prácticamente todos los votantes ya han decidido su preferencia, es un error. Es un claro ejemplo en el que no haber dicho nada podría haber perjudicado menos.
Pero ya es tarde. Y no es que la candidata no se pueda arrepentir públicamente, lo que probablemente tratará de hacer. Es que incluso si lo hace, ya ha perdido—por lo hecho en los últimos días y otras cosas—buena parte del compromiso auténtico del oficialismo. Gran parte de la izquierda votará por Jara sin ganas. Probablemente hasta en su propio partido, que pasa por su peor fractura desde el retorno de la democracia, habrá votantes que la prefieren solo porque la idea de votar por otro les trae náuseas.
Los problemas de Jara son varios y profundos: su injusta comparación con la aun popular Bachelet, su paupérrima labor en el Ministerio del Trabajo y su dogmática historia política personal. Pero a este punto, probablemente no hay nada que la dañe más que su incapacidad de ajustarse a las circunstancias. En vez de adoptar una estrategia, ha saltado de un lado a otro, probando distintos conceptos, tácticas y modalidades, usando su candidatura más como un experimento político que como una plataforma electoral seria.
Presumiblemente, la ligereza viene de la idea de que haber ganado la primaria le garantizaba el paso a la segunda vuelta, y que había no solo espacio, sino también tiempo para equivocarse. Lo que, si bien podría haber sido cierto en un comienzo, a este punto roza lo surreal. Pues la verdad es que no se han corregido casi ninguno de los errores más obvios que se han ido acumulando con la mala estrategia hasta ahora.
Quizás el mejor ejemplo de lo anterior es el programa fantasma que llegó para las primarias, que fue desconocido en partes importantes por la candidata, hasta que finalmente fue reconocido, pero que sigue incompleto. De hecho, aún le falta. Lo poco e incompleto es tan obvio que hasta se tuvo que anunciar un anexo para arreglar y agregar lo que la mayoría de los otros ya tenía.
Todo esto no solo muestra por qué la candidata salta de un sector a otro, erráticamente buscando apoyo en distintos segmentos de votantes, sino que además desnuda la debilidad de su candidatura: una campaña que, quizás por venir de un extremo, creyó que podía experimentar con tácticas flexibles, pero que terminó desconcertando hasta a los propios. Dinamitó el apoyo seguro del tercio de votantes fieles, para ir por los moderados … pero a los moderados tampoco los logra convencer. Está atrapada en el vacío político.
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