“Quiero decirle a todos los que están viendo y escuchando que voy a seguir diciendo siempre lo que me parece bien y lo que me parece mal, porque aquí yo no estoy defendiendo ni atacando a nadie, sino que estamos conversando para poder que la gente se informe un poquito”.
Un poquito.
Para el oído desprevenido suena a declaración de principios democráticos. A compromiso ciudadano. Pero José Antonio Kast entendió bien el recado que le mandó a mediados de mayo desde la Radio Pauta: “esto recién empieza”.
Hasta Sebastián Piñera -que enfrentó a empresarios y políticos rudos, y sorteó una crisis detrás de otra- prefería no meterse con Evelyn. La conocía desde los años 70’. No es que le tuviera miedo. Era porque sabía que una pelea con “la gringa”, como le decía, no terminaba en el primer round. Ni en el segundo. Ni en el décimo.
Se dice que Evelyn tiene memoria de elefante para los agravios, y que los guarda en el refrigerador, para mantenerlos bien frescos. Como enseñó Maquiavelo hace más de 500 años, “la venganza es un plato que se come frío”.
Un amigo cercano la describe como “la menos alemana de las alemanas”, muy ajena a su herencia teutónica. Es pura pasión latina con apellido germánico. En conversaciones privadas -y en otras no tanto- su lenguaje puede ser bastante informal, por decir lo menos. “¡Y qué tiene que ver esa weá con lo que estamos hablando, ignorante!”, le respondió a la entonces diputada Marta Isasi en plena reunión de la Cámara. Y tenía toda la razón.
Sería un error -y una injusticia monumental- pensar que Matthei se reduce a sus arrebatos, a su carácter incendiario, a los agravios que colecciona en el refrigerador. Es inteligente y buena administradora. No es de esos políticos que tienen que memorizar power points antes de atreverse a hablar algo de economía. De eso sabe, y mucho. Su trayectoria también está muy por encima del promedio. Ha sido alcaldesa de Providencia, dos veces diputada, dos veces senadora, ministra de Trabajo, y candidata presidencial en 2013 y en 2025.
La primera derrota presidencial no le dolió porque nadie podía exigirle nada. Estaba claro que Michelle Bachelet era imbatible, que iba a arrasar con todo. Además Evelyn entró a la carrera dos meses antes de la elección, después del naufragio de las candidaturas de Laurence Golborne y de Pablo Longueira. La sintió como un entrenamiento para el futuro.
La del año pasado fue otra cosa. Estuvo 18 meses liderando todas las encuestas: Cadem, Criteria, Panel Ciudadano, Pulso Ciudadano. La Moneda estaba al alcance de la mano, bastaba no cometer errores. Hasta que Kast la empató, la pasó y le sacó una ventaja imposible de revertir. Llegó quinta. Un quinto lugar que no lo va a perdonar ni olvidar nunca.
Está convencida que el actual presidente no le ganó con argumentos que sintonizaban más con el electorado. Ni menos en consecuencia de sus propios errores, que los hubo y no pocos. En cambio atribuye su derrota a los bots republicanos en su contra y a las deserciones masivas en Chile Vamos, que también las hubo. Lo cierto es que fue una campaña dura, pero no más dura de lo que suelen ser las campañas presidenciales. Nada especial.
Llegó la noche del triunfo de Kast. Matthei ya había advertido que tendrían que llevarla “a punta de pistola” al comando del republicano para felicitarlo. Dirigentes de Chile Vamos le rogaban que acudiera . “Si no vas, es el fin de tu carrera, nadie te lo va a perdonar”. Para sorpresa de muchos, cedió. Iba a aprovechar para decirle algunas cosas a su antagonista.
Cuando llegó al comando, pidió hablar a solas con Kast. Apenas él cerró la puerta, lo encaró, con furia. Con palabras rudas. Lo acusó de campaña sucia. De todo lo que tenía guardado en su refrigerador desde hacía meses.
Cuando salieron, sus rostros lo decían todo. Y ahora empezó la etapa de ajustar cuentas.
Piñera era más sensato que valiente.
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