El Allende de Daniel Mansuy. Por Ricardo Brodsky

Ex Director del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos

“Salvador Allende, la izquierda y la Unidad Popular” (Editorial Taurus), de Daniel Mansuy, es digno de ser destacado por la oportunidad de su publicación, la calidad de su investigación y la profundidad de su mirada.


Mansuy es un intelectual conocido. Sus columnas en El Mercurio, su participación en Tolerancia Cero de CNN y su libro “Nos fuimos quedando en silencio” le han reportado un sitial de relevancia en el debate público, al que normalmente se asoma con inteligencia y perspicacia.

Lo novedoso es que, siendo una persona de centroderecha, se haya ocupado de Salvador Allende justamente en el contexto de la conmemoración de los 50 años del golpe de estado que ahogó en sangre y fuego a su gobierno y a la izquierda chilena, poniendo de manifiesto que el trauma de la Unidad Popular sigue definiéndonos y acechando nuestras memorias.

Si bien es cierto lo que Mansuy afirma en su libro en el sentido que la izquierda no ha escrito una historia definitiva, un libro canónico dice él, de la Unidad Popular que dé cuenta de la magnitud y circunstancia de esa experiencia, no es menos cierto que el período ha sido tratado por diversos historiadores y politólogos entre los que destacan varios libros del asesor de Allende Joan Garcés, de Arturo Valenzuela, los trabajos de Tomás Moulian y Manuel Antonio Garretón, el relato de Alfredo Sepúlveda, las tesis de Jorge Arrate o de Ricardo Núñez, además de los estudios de historiadores como Jorge Magasich, Mario Garcés, Joaquín Fernandois o Gonzalo Vial, amén de los libros de Carlos Altamirano, Luis Corvalán, Orlando Millas entre otros varios protagonistas que han dejado intensos testimonios sobre el período.

La figura de Allende en particular ha tenido diversos tratamientos biográficos que incluyen a Mario Amorós, Jesús Manuel Martínez y Diana Veneros, a los que Mansuy comenta en un apéndice; a lo que había que agregar la muy famosa biografía sentimental de Eduardo Labarca.

En fin, no es algo nuevo dedicar los desvelos del escritor a la figura de Salvador Allende o al período de la Unidad Popular. Sin embargo, el trabajo de Mansuy es digno de ser destacado por la oportunidad de su publicación, la calidad de su investigación y la profundidad de su mirada.

Se trata en gran medida de un texto que revela una cierta admiración por Allende como héroe trágico capaz de revertir con sus palabras el sentido de su derrota, condicionar el futuro y proyectar una esperanza a pesar del momento aciago en el que se encuentra, enfrentando a la muerte, encajonado por sus propias decisiones y las de su coalición.

Al decir de Mansuy “Allende cuenta con la lucidez necesaria para proveer de un marco y de una narrativa a su propio final: su hora más oscura queda cargada de sentido. Allende se eleva sobre el golpe de estado, sobre las vicisitudes de la Unidad Popular, sobre el colosal equívoco que el mismo había construido, sobre sus adversarios de todos los colores y se instala en la historia larga de Chile”.

De esta forma, Allende, que podría haber sido un clásico presidente latinoamericano huyendo en helicóptero tras el fracaso de su gobierno, al defender la dignidad presidencial y resistir el ataque armado se convierte en el mito que da razón y orgullo a la izquierda chilena, pero también, a juicio de nuestro autor, Allende es un problema difícil de encarar, una valla imposible de saltar, mejor dicho, un mito que requiere de una gran valentía y honestidad intelectual para tratarlo fuera de su sacralidad.

Es también, la obra de Mansuy, una valoración muy de fondo del difícil, trabajoso, complejo y delicado proceso de reflexión política e ideológica que protagonizó la izquierda socialista en la década de los ochenta.

A su parecer “No es una reflexión abstracta realizada desde la distancia emocional, pues la biografía de cada cual está puesta en juego y expuesta en ella. Pero no solo la biografía, sino también cierta conciencia de ser sobrevivientes. Dicho de otro modo: reflexionar respecto de un camino que costó la vida de tantos compañeros influye en la forma que adquiere dicha reflexión.” Mansuy reconoce en la renovación del pensamiento socialista un fenómeno político y cultural que por cierto no está exento de contradicciones, idas y vueltas que incluso se reflejan en las biografías de algunos de sus protagonistas principales, pero que, en definitiva, fue lo que permitió el reencuentro del socialismo con la democracia y la formación de la Concertación.

El libro destaca el aporte intelectual de Tomás Moulian y Manuel Antonio Garretón, los que desde su opción por quedarse en Chile pusieron en cuestión las principales falencias del proyecto político de la Unidad Popular destacando “la relación con las capas medias y el desprecio por la trayectoria del Estado chileno en el siglo XX”. En otras palabras, los debates al interior de la izquierda en esos años estarían más referidos a la revolución rusa o la cubana, que a la consideración de las especificidades del país en los años 1970, cuestión que es una verdad a medias y que la singularidad de la “vía chilena” desmiente.

Lo que es cierto es la incapacidad de la UP de “establecer una relación de confianza con las capas medias, requisito indispensable para que el proyecto fuera posible”. Esto condicionó las relaciones con la DC y afectó también la relación con las fuerzas armadas, pasando la UP a depender de lo que Mansuy llama “el delgado hilo del constitucionalismo militar”.

Con estas limitaciones y la división estratégica en el seno de la izquierda -división referida nada menos que al carácter de la revolución, esto es, si se trata de un proceso nacional y democrático o de una revolución socialista que supone la destrucción del Estado burgués- la Unidad Popular fue completamente inviable.

Mansuy retoma la discusión acerca de si fue un fracaso de la Unidad Popular o una derrota en manos de sus enemigos el derrocamiento del gobierno de Allende, discusión planteada por la renovación socialista. Se trata de un tema sensible y difícil de abordar que requiere considerar la necesidad de la autocrítica o el examen serio de las coyunturas, los vacíos estratégicos y el desarrollo real del proceso de la Unidad Popular.

En efecto, al decir de Mansuy, “si fue fracaso, entonces la responsabilidad principal no recae en la oposición ni en los militares, ni tampoco en Nixon o Patria y Libertad, sino en la propia UP que no logró darle viabilidad a su proyecto”. Medio siglo parece ser un tiempo suficientemente largo como para atrevernos a preguntarnos por la vigencia del proyecto allendista, la vía chilena al socialismo, por su consistencia como proyecto democrático o como programa revolucionario; por los nudos y preguntas sin respuesta que siguen flotando; por la actualidad, si la tiene, de su propuesta.

Mansuy destaca el carácter inédito del proyecto de la Unidad Popular, el que “pretendió ser un camino institucional hacia el socialismo, camino que nadie había recorrido hasta entonces (y que nadie recorrería después)”. Su originalidad lo salvaba de las críticas puesto que no había precedentes exitosos o fracasados. Era una invitación a crear el mundo.

La “vía chilena” era una construcción política que se basaba en la trayectoria de la izquierda chilena fuertemente asociada al desarrollo de la democracia, la lucha sindical y la expresión parlamentaria, amén de ser el camino aceptado por la Unión Soviética que promovía la vía pacífica en los países democráticos. La experiencia política que encabezó el presidente Allende y la Unidad Popular provocó una gigantesca ola de curiosidad por lo que estaba ocurriendo en el país. Quizás por primera vez de manera sistemática Chile estaba en la prensa mundial y en el interés de grandes centros de poder político, económico e intelectual. Parte de ese interés se vestía de solidaridad, muy especialmente de parte de las fuerzas progresistas de Europa, quienes vieron la posibilidad de una nueva perspectiva de cambio social en democracia alejada de las confrontaciones armadas y de las experiencias burocráticas y autoritarias de los llamados socialismos reales. Tan fuerte como la ilusión que produjo la experiencia chilena fue el impacto de su fracaso.

Para Mansuy, es imposible no atribuir a Salvador Allende una cuota relevante de responsabilidad en el fracaso de la Unidad Popular, ya sea por errores de conducción política o por no ejercer la autoridad de que estaba investido frente a su coalición. Pero, en tanto mártir, o mito, “Allende es, por antonomasia, el punto más sensible de la izquierda, su misterio central y el lugar donde se concentran todas sus ambigüedades”. El fin de la Unidad Popular, el fin de la vía chilena es para Mansuy el fin de la utopía: “para la izquierda, el 11 encarna el término brutal de la ilusión revolucionaria (…) de la noche a la mañana, los máximos dirigentes cuya palabra orientaba y articulaba un proceso inédito, quienes creían estar edificando un mundo nuevo, se vieron súbitamente enfrentados a algo muy distinto: exilio, represión, tortura y muerte”.

Allende tras la recuperación de la democracia ha sido por momentos una estrella incómoda para la relación de socialistas y democratacristianos. Su memoria fue silenciada por años hasta que Ricardo Lagos, primer presidente socialista después de la experiencia de la Unidad Popular, recupera su derecho a instalar su figura en La Moneda con ocasión de los 30 años del golpe de estado en 2003.

Para Mansuy “Patricio Aylwin tuvo por tarea domesticar el mito de Salvador Allende para asentar su propia hegemonía (…) El desafío histórico de Ricardo Lagos era distinto y, en aquello que concierne al espectro de Allende, más difícil (…) Ese desafío lo obliga a articular un difícil equilibrio entre el respeto por la figura de Allende y la necesidad de garantizar que la historia no se repita”.

Para el presidente Boric, en cambio, el trauma del fracaso de la Unidad Popular no está presente ni en su biografía ni al parecer en su visión política. En él manda el mito. Boric y el Frente Amplio introducen un hiato, un paréntesis largo, entre el golpe de estado y el estallido social, al que interpretan como una suerte de contracara del 11 de septiembre. Boric inaugura su presidencia citando textualmente e inclinándose ante la figura del presidente mártir, pero, a poco andar debe reconocer que “no estamos gobernando para la historia, estamos gobernando para el presente (…) a diferencia de hace cuarenta y nueve años, la derrota que sufrimos en las urnas (…) fue una derrota democrática” (Gabriel Boric, 11/09/2022).

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