“No sé qué pasa con este país”, comenta una señora de 71 años que vive en La Cisterna desde que nació. Cuenta que al lado de su casa hay un inmueble ocupado por indigentes, donde se consume y se trafica droga. “Si los echan, llegan otros ocupantes ilegales altiro”. Es viernes por la noche y ella espera a que abra el supermercado Santa Isabel de la populosa Gran Avenida, que tiene su reja cerrada porque acaba de ser asaltado.
Cerca de las 7 de la tarde, un grupo de delincuentes ingresó al local, pero fue repelido por un guardia que con una luma le pegó en la cabeza a uno de los ladrones, un veinteañero que quedó con la nariz y el rostro ensangrentado. Algunos testigos criticaron que la reacción del guardia había sido desproporcionada. Otros, como la señora de 71 años, dijeron que lo tenía bien merecido.
Había descontrol y nerviosismo, y los amigos del delincuente al que le sangraba la cara se lanzaron sobre las puertas del supermercado. Comenzaron a patear los ventanales hasta que los rompieron e insultaron a las empleadas vestidas de rojo. Adolescentes exaltadas acusaban al capitalismo y a la empresa privada por la “violencia del sistema”. Una madre histérica, de la mano de su hijo de cinco años, gritaba desesperada al ver el chico con la cara destrozada. Otro niño de diez años observaba la escena atónito.
Todo por unos chocolates. Las trabajadoras del supermercado, en estado de pánico, intentaron cerrar la reja electrónica, no sin antes dejar entrar al joven ensangrentado que luego salió con cerca de 20 barras de chocolate Sahne-Nuss y Trencito bajo el brazo. Otros cómplices hicieron lo mismo y se llevaron carnes y vinos “para el pre 18”.
Había indignación entre los clientes. “Este barrio ya no da para más”, decía un señor de 50 años. “La reacción del guardia fue fuerte, pero absolutamente necesaria. No podemos aceptar que nos sigan robando. Y los carabineros brillan por su ausencia”.
Rastros del pasado. La escena era absurda y violenta, una especie de déjà vu, en menor medida, de octubre de 2019. “A cinco años del estallido, algo de esa bronca sigue ahí”, había dicho hace poco el analista político Cristóbal Bellolio y al ver a la gente enojada, con temor, con rabia, no era difícil estar de acuerdo con el académico.
También se percibía la soledad de las empleadas del supermercado que llamaron a la policía y una hora después no había señales de ella. “No van a venir, nunca vienen”, se lamentaba una cajera con los ojos brillosos. Los guardias de servicio, de una empresa externa, decían no haber visto nada. “Yo estaba en colación, pero sé que un compañero repelió el asalto”, repitieron dos de ellos. La encargada del local no quiso dar declaraciones. Después de cerrar con rejas el negocio pasaron unos diez minutos y volvieron a abrir. Todavía había sangre en la entrada y muchos productos rotos en los pasillos. Carabineros no aparecía y las cajeras, con los nervios de punta, volvieron a atender a los clientes.
Uno de ellos, arrastrando un carro de compras, fue testigo del atraco y señaló: “Entró una turba de diez muchachos, empezaron a robar violentamente y ahí uno de los guardias agarró a uno de los líderes que se escapaba, lo botó en la entrada y comenzó a pegarle en el rostro con una luma. Otros le daban patadas. Afuera había personas que hacían de centinela de los ladrones y se pusieron a gritar contra el guardia, lo trataron por lo bajo de asesino. Pero yo pienso que el muchacho se lo merecía”.
Ausencia de Estado. Lo más inquietante no es lo que se ve sino lo que falta. Se observa una ausencia del Estado en una de las avenidas principales de Santiago que ya es famosa por sus asaltos. Hace poco, justo al frente del Santa Isabel, una farmacia Salcobrand fue atacada por otra turba en Gran Avenida 6701, en la esquina con la calle Mohamed Bathich.
En el sector hay cinco farmacias, una casi al lado de la otra, chicas y grandes, todas con abundante clientela. El local de Salcobrand fue víctima de un “turbazo” de unos 12 hombres y mujeres el 20 de agosto y la Dirección del Trabajo (DT) suspendió el establecimiento, decisión que sorprendió a muchos. “El estado falla en darnos seguridad y luego obliga a cerrar nuestras pymes porque no es seguro trabajar”, tuiteó el dirigente gremial Juan Pablo Swett. “Nos parece muy grave, es un signo de la ineficiencia del Estado”, señaló la presidenta de la Cámara de Comercio de Santiago, María Teresa Vial.
Aparentemente, la decisión se adoptó luego de una denuncia hecha por la Federación de Trabajadores de Farmacias, que responsabilizó a la empresa por no contar con las adecuadas medidas de seguridad para los empleados. En el local de Salcobrand el viernes por la tarde las dependientas dicen que no pueden hacer declaraciones. “La empresa nos prohibió hablar”, afirman.
Ex-Ante se comunicó con los encargados de relaciones públicas de la empresa y señalaron que no van a referirse al tema. El local está abierto desde el lunes, luego de que el área legal de la cadena habría presentado -según versiones cercanas a Salcobrand- los antecedentes solicitados por la DT. La empresa no quiso detallar qué antecedentes fueron entregados, aunque las mismas fuentes aseguran que existen protocolos para manejar temas complejos como un robo. El nerviosismo aún se aprecia en los trabajadores del local. Algunos dicen que faltó preocupación por la salud mental de los empleados víctimas del asalto.
Testigo. Un quiosquero, Ernesto Lagos, que trabaja en la esquina hace diez años, comenta que vio todo el 20 de agosto. “Fueron diez muchachos que entraron agresivamente a la farmacia y salieron con bolsas llenas de productos, perfumes y cosas así. Acá los carabineros no aparecen. Yo me acuerdo que antes había una garita de la policía cerca pero ya no existe. Hay una bomba de bomberos a una cuadra, pero nada más. Uno se siente muy solo e inseguro”.
“A mi me han robado varias veces; en 2019 me dejaron el quiosco vacío una noche de noviembre, en el estallido. Gano 400 lucas mensuales, y la vida se hace cada vez más difícil, porque el barrio está lleno de mecheros (ladrones de poca monta) y ahora se han puesto de moda las turbas. Los carabineros no se atreven a andar con uniforme por acá”, agrega.
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