La semana pasada tuve el privilegio de escuchar a Pablo Allard en el encuentro Exponencial, organizado por la Universidad del Desarrollo. En su exposición, Allard se refirió al desarrollo de las ciudades y como éstas se asocian con mayores oportunidades disponibles para la población y, en último término, como constituyen polos de innovación y progreso. De ahí que constituyen imanes que atraen a las personas a residir en ellas.
Al mismo tiempo, se refirió a los desafíos que implica el desarrollo urbano, que son múltiples y complejos, y cerró su ponencia con ejemplos prácticos y concretos de cómo abordarlos, con una perspectiva moderna, esperanzadora e inclusiva que permiten abrazar esas oportunidades disponibles para el desarrollo humano que ofrece la ciudad.
Su presentación tocó temas interesantísimos y relevantes que, lamentablemente, parecen ausentes del debate público actual (o tan solo implícita o tangencialmente referidos en él). Y es curioso porque abordar adecuadamente este asunto permitiría poner una mirada de largo plazo y trazar un horizonte de Estado respecto de una materia que está íntimamente relacionada con asuntos muy actuales como lo son el combate al crimen organizado y al narcotráfico, y con la aspiración de progresar.
Pensemos en algunos datos. El Banco Mundial señala que, en la actualidad, alrededor del 56 % de la población mundial —4.400 millones de habitantes— vive en ciudades, y que se espera que esta tendencia continúe. Así, se proyecta que la población urbana aumente a más del doble para 2050, momento en que casi 7 de cada 10 personas vivirán en ciudades.
Por su parte, más del 80 % del producto interno bruto (PIB) mundial se genera en las ciudades. Ello no es de extrañar toda vez que las ciudades siempre han estado en el centro de los intercambios comerciales. Como queda explicito en estudios del Foro Económico Mundial, la densidad crea economías de escala y alimenta la innovación a través de la especialización. Lo anterior a llevado, como señaló el profesor de Harvard, Edward Glaeser al “triunfo de la ciudad“, convirtiéndola en el lugar más próspero para vivir.
Coincidentemente, y como da cuenta un estudio de la Pontificia Universidad Católica, las ciudades influyen en la generación de innovaciones, dado su potencial para crear redes de conocimiento entre los diversos actores sociales. En las ciudades grandes y con buena conectividad, la posibilidad de vincularse es muy relevante, haciendo que las ideas fluyan y circulen con mayor velocidad. Dadas las redes de contactos que se generan en la urbe, la probabilidad que lleguen a buen puerto aumenta. Las relaciones sociales constituyen el pilar dinámico de la economía del conocimiento señala ese estudio: cuanto mayor sea el potencial de vínculo, mayor será la probabilidad de que surjan nuevas ideas.
Por ello, y como señalaba lúcidamente Allard, es tan importante cómo concebimos y planificamos la ciudad, pues ella constituye un polo de oportunidades y prosperidad. Las personas lo saben y de ahí que las urbes se han ido expandiendo.
Sin embargo, esa expansión, construcción de viviendas y, sobre todo, viviendas sociales, no ha ido acompañada del equipamiento, áreas verdes e infraestructura requerida. Al mismo tiempo, la conectividad de esos nuevos asentamientos urbanos es mayormente deficiente, lo que implica que los tiempos de traslado de las personas hacia los polos de la ciudad en los que se genera trabajo, innovación y desarrollo, han aumentado, empeorando no solo la calidad de vida de esas personas, sino que, además, perjudicando sus posibilidades de desarrollo.
Y es que el ritmo acelerado de la demanda y la magnitud de la urbanización plantea múltiples desafíos. Entre otros, satisfacer la acelerada demanda de viviendas asequibles, infraestructura viable (incluido transporte), servicios básicos y empleo, para que puedan estar más cerca de las oportunidades. La expansión ejerce presión sobre el uso de suelo y los recursos naturales. A medida que crecen las ciudades, muchas veces desordenada e informalmente, además se aumenta su exposición a riesgos climáticos y de desastres.
Y ante estos desafíos muchas veces la respuesta es una suerte de des inteligencia regulatoria que traba y dificulta, poniéndole cortapisas al desarrollo humano. Por cierto, la llamada permisología y la burocracia estatal han jugado un rol muy negativo rol aquí.
En el libro “Abundancia”, de Ezra Klein y Derek Thompson, se toca esta temática. Los autores hacen una dura crítica a los liberales americanos, al Partido Demócrata y al progresismo estadounidense respecto de cómo se han “hecho cargo” de los desafíos de la planificación urbana. Afirman que han estado más ocupados de obstruir el desarrollo económico que de promoverlo, favoreciendo con ello el estancamiento, sobre el crecimiento, perjudicando a quienes, se suponía, querían ayudar.
Así, los autores promueven una serie de reformas y medidas de inversión pública para facilitar el desarrollo de viviendas de mayor calidad, la construcción de infraestructura y el progreso tecnológico. Los autores, sin abandonar su inclinación progresista, apuntan a que expandir las redes asistenciales del Estado es deseable, pero insuficiente para maximizar los estándares de vida de los estadounidenses.
Su clamor es uno: juzgar las regulaciones por sus resultados y no por las intenciones. Un llamado muy pertinente para Chile, por cierto. Critican el levantamiento de un sistema económico y regulatorio, sesgado hacia el estancamiento ¿Suena familiar? Su punto central es que los progresistas han dejado de construir lo que los americanos necesiten.
Construir ciudades que “funcionen” (sostenibles e inclusivas) requiere proyectarlas de manera inteligente; una mirada de largo aliento, una intensa coordinación de políticas y decisiones de inversión, y colaboración entre el sector público y privado. Demás está decir que cuando ello no ocurre, otros actores toman la posta.
Expertos han denunciado como el narco, por ejemplo, ha intensificado su presencia. En proyectos de vivienda, por ejemplo, y alineado con sus intenciones, han obstaculizado desalojos, amedrentado a comunidades que han favorecido proyectos de viviendas sociales y, en el último tiempo, derechamente han suplido el rol del Estado, entregando recursos para la reconstrucción de zonas afectadas por desastres -naturales o provocados por la acción humana-, o llegando primero con soluciones.
Por no gestionar adecuadamente el desarrollo de las ciudades, no solo estamos quitándole los patines a muchas personas, sino que, además, le estamos entregando una de las llaves de las puertas del progreso a los antisociales. Es hora de actuar en esta materia.
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