Comiendo una sopa de palta con huevos de salmón me vino la ambición. Imagínese poder comer las paltas de marzo todo el año. Esas paltas maduras que parecen cubiertas de ceniza y que para el ojo novato podrían provocar rechazo son, para el chileno, peruano o mexicano, una invitación a disfrutar un manjar poderoso. Al partirlas aparece su color verde en los bordes y camino al centro varios tonos de amarillo que no los tienen ni las flores. Súmele un cuesco que afloja sin oposición y una piel generosa que se despega sin oponer resistencia para que disfrutemos de su carne cremosa.
¿Qué se necesita para que podamos gozarlas todo el año? ¿Por qué no desear magníficas preparaciones de palta cocinadas por un robot inteligente? ¿Será posible una palta real creada con inteligencia artificial?
Creo que sí. Es posible.
Andar de optimista por la vida no es demasiado aconsejable, pero esta semana de pocas malas noticias hizo que se me subiera el futuro a la cabeza. ¿Sabía usted que en estas columnas ha participado la inteligencia artificial? No quiero defraudarlo pero algunas de las imágenes que las ilustran, como las de los robot, han sido hechas por el software DALL E-2, un software impulsado por instrucciones que da el usuario y que entrega una foto o una ilustración. O sea, se puede ser ilustrador sin manos y fotógrafo sin ojos. Algo así como un chef sin gusto.
Le ruego me disculpe por lo latera de la explicación. DALL E-2 pertenece a Open AI, la misma empresa dueña de ChatGPT que tiene con los pelos de punta desde periodistas a novelistas. Como era de esperar, ya inventaron el ChefGPT que es un productor de recetas de cocina bastante hábil, pero que obviamente no cocina. A diferencia del ChatGPT que entrega un producto terminado que podría haber hecho un humano, el ChefGPT se queda sólo en la receta sin que nadie la haya cocinado. Para eso, ya está lista la cocina totalmente automatizada. Se llama Moley y tiene de todo, incluyendo un par de brazos robóticos que prometen hacer eclairs, paltas reina, enchiladas, tortas de novia y un infinito etcétera.
A pesar del optimismo, existen buenas razones para ser escépticos. Las ideas sobre el porvenir revolucionario suelen pegar en el palo. Los más arrojados fueron los futuristas italianos que en 1908 publicaron su manifiesto escrito por Filippo Tommaso Marinetti, afirmando que “no hay belleza sino en la lucha” y declarando abiertamente su inclinación por “el insomnio febril, la carrera, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo”.
Los futuristas fueron un movimiento poético-nacionalista que ayudo a sentar las bases del fascismo. Metieron baza en casi todo, incluso en la cocina. Marinetti, su fundador, amaba la guerra pero odiaba la pasta porque, según él, causaba flojera, letargo y hasta estupidez entre los italianos.
Los tallarines eran el símbolo de aferrarse al pasado y negar el futuro con su promesa de alimentación a base de pildoritas. Detestaban la tradición. A decir verdad, le hacían el juego a Mussolini y su campaña propagandística llamada la “Batalla del grano” que pretendía que el pueblo comiera más arroz y menos trigo para así liberar a los italianos de la “esclavitud del pan extranjero”. Todos sabemos cómo terminó esa película.
Volviendo a nuestra pequeña república independiente, he visto personas enamoradas de la Themromix: el “robot” más popular del mercado y que tiene seguidores más fieles que los de la Iglesia Maradoniana. Y aunque no me extrañaría que nos transformásemos en los hinchas número uno de la automatización total, tampoco me sorprendería que nuestro espíritu demoledor y desconfiado de las nuevas ideas (sobretodo de las buenas), intentase destruir cualquier aparato con inteligencia artificial. Mal que mal, es una forma de inteligencia.
En fin. Tal vez, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes cocinas automatizadas y el robot casero recibirá todo tipo de ingredientes y cocinará platos perfectos que serán de nuestro total agrado, porque la maquinita es matea y aprende. Y ahí es donde empieza el dilema ¿Qué haría usted si las empanadas del robot son mejores que las de su abuelita?
Yo me contento con un mañana en que la fachada de los edificios feos sean grandes huertos verticales de tomates, zapallos italianos, porotos verdes, lechugas, duraznos de invierno y por supuesto la novedad para los regalones: paltas colgantes. Si además es un robot el que hace la cosecha, me convierto en vegano. Nunca tanto.
Y bueno, si usted es de los que cree que a los humanos se nos viene complicada la cosa y piensa que los robots nos reemplazarán completamente, al menos alégrese, disfrute de la vida y revuelva la olla con ganas porque todavía estamos más cerca de ver el cajón por dentro que de ser dominados por las máquinas. Algo es algo.
Para 6 a 8 personas. Todavía hace calor en buena parte de Chile y la sopa fría es una gran compañera de almuerzos transpirados y de noches en que no afloja la temperatura. Piense usted en el gaspacho y en el salmorejo cordobés con los que los andaluces se sobreponen al calor más cruel. Para ayudarse un poco es muy bueno usar el “robot” de cocina que usted tenga a mano.
Ingredientes:
Pele tres paltas y córtelas en pedazos. Póngalas en su robot de cocina favorito o en la juguera y agregue la mitad del caldo. Haga un puré muy suave.
Pase la mezcla a una olla, vierta el resto del caldo, sazone abundantemente y caliente a fuego suave hasta que empiece a gorgorear. Retire la olla del fuego, agregue la crema y mezcle muy bien.
Deje enfriar y luego lleve al refrigerador al menos por tres horas.
Corte la última palta en dados pequeños.
Sirva la sopa fría en cada plato, agregue los dados de palta, unas pocas hojas de perejil y una cucharadita de huevos de salmón. Finalmente exprima unas gotas de limón sobre la sopa.
Sirva de inmediato.
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Algo es algo: Capo di tutti capi. Por Juan Diego Santa Cruz.https://t.co/ZEO6jb6e0g
— Ex-Ante (@exantecl) March 3, 2023
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