La realidad impone que para el día del padre tengamos que salir a comprar cinturones, teléfonos inteligentes y cuchillos japoneses para agasajar a los progenitores. Si el bolsillo lo permite, es indudable que el mejor regalo que los hombres pudiésemos recibir, incluso más que un pedazo de queso y una botella de vino, es un pasaje aéreo. Si además las mujeres, en su infinita sabiduría hicieran todas el mismo regalo, los hombres podríamos viajar en masa junto a nuestros amigos y así dejarlas tranquilas un rato. Ahora, si a usted le alcanza sólo para regalar un destornillador eléctrico, no cometa el error de comprarlo. Tome la plata y abra de inmediato una cuenta de ahorro para el papá en su día y póngale una cinta a la libreta como símbolo del viaje soñado que está por venir. A los hombres nos gusta soñar.
El abnegado hombre chileno que suele pasar meses sin tomarse una piscola, que nunca se hace el sueco a la hora de bañar niños ni menos cuando hay que pelar papas, amerita no sólo el respeto y admiración de la sociedad sino que también merece ir con sus amigos a Buenos Aires a ver un Boca-River y comer un baby beef a punto, quizá en Don Julio. Como soñar es gratis, apostaría a que el hombre promedio con su característica curiosidad, viajaría a Sao Paulo a degustar la carne del mato grosso. Tal vez elegiría una picaña porque el macho es busquilla.
Tanto es capaz de buscar el hombre chileno por ciudades sudamericanas con mujeres horribles, que de puro abrumado terminaría en lugar equivocado, tal vez en alguna playa caribeña. Eso sí, el padre común y corriente debe tener presente que con la playa y los recién nacidos uno puede pasar una grata media hora. Uno puede sentirse de lo más bien contemplándolos, acostados, dejando que el tiempo pase. Hasta que llega el minuto 31 y dan ganas de partir a otra parte, ojalá en un jet de pasajeros.
Porque a veces el hombre se extravía en sus pensamientos y concentrado en una sola tarea no ve más allá de sus narices. Eso fue lo que le pasó al Teniente Bello aquel trágico día de marzo de 1914. Abordo de su poderosa nave de 80 caballos de fuerza y volando siempre a la vista del teniente Ponce, le vino el hambre desatada pero no había azafata que le ofreciera chicken or pasta. Sin alternativa el piloto desvió la vista para desenvolver su sánguche de pernil y unos segundos después ya no supo más donde estaba.
Usted, no se pierda. Concéntrese en lo que verdaderamente mueve a los hombres: las catedrales y la filosofía. Se sabe que el hombre chileno no quedará jamás contento sólo con carne y fútbol y le será inevitable tomar dirección al noreste en busca la civilización y la cultura. Tras nostálgicas caminatas europeas, ese padre y marido enviará desde cada ciudad y pueblito una postal escrita al reverso con letra impecable y minúscula para que quepan todas sus reflexiones sobre los arcos de medio punto y el estoicismo. Sensible y embriagado con una sola copa de Brunello di Montalcino, con la panza satisfecha con un plato de papardelle con liebre, admirará cada puesta de sol, cada amanecer como si fuera la última cerveza en el refrigerador.
El hombre chileno común y corriente no podrá sino viajar a Viena en busca del rastro de Mahler y la wiener schnitzle, escalopa originaria que argentinos y chilenos disfrutamos como si las hubiésemos inventado nosotros. Hecha con la más fina ternera brutalmente golpeada, apanada y frita hará que el papito bueno se conecte con la paternidad y sus metáforas.
Al buscar un regalo, los hijos y madres deben saber que la vida pasa volando y que nosotros los hombres jóvenes un día estaremos sentados frente a la televisión a todo volumen disfrutando de comidas hechas en la licuadora, agradecidos del séptimo chal que nos regalan hijos y nietos para el día del padre. Mientras se pueda, regale viajes.
Yo al menos nunca he pisado Caracas ni Managua e intentaré por todos los medios de conseguir el tiempo y la plata para ir a otra parte. Me falta comer ramen en Tokyo, nyama choma de cabrito en Nairobi y kofta en Instambul. Si me lo regalan, bienvenido, y si no, sólo queda el silencio. Porque el padre chileno quiere pero no pide, sueña pero mantiene los pies en la tierra y a pesar de sus titánicos esfuerzos no reconocidos, estará incluso agradecido de recibir ese cinturón o aquel destornillador eléctrico. Es más, sonreiremos si nos sirven un rico desayuno. Algo es algo.
Esta receta es originalmente del chef-genio Jean George Vongerichten y la adapté al estándar del
supermercado chileno. Se puede servir caliente acompañado de un puré.
También funciona frío en sánguches y ensaladas.
Ingredientes:
Muela las callampas en una procesadora, 123 o molinillo. Debe quedar un poco grueso y no como polvo.
Limpie la grasa dura del lomo vetado y espolvoréelo con harina para que quede recubierto con una capa delgada. Luego póngale el huevo y de inmediato cubra con las callampas molidas. Agregue sal y pimienta.
Envuelva el lomo con film plástico y refrigere por al menos 2 horas.
Precaliente el horno a 180 grados. Lleve el lomo al horno y cocine 30 minutos por kilo, aproximadamente. Retire del horno y deje reposar 10 minutos sobre una tabla. Córtelo grueso y sirva de inmediato. ¡A gozar!
Algo es algo: Punchi punchi. Por Juan Diego Santa Cruz (@jdsantacruz).https://t.co/h93NdalfPj
— Ex-Ante (@exantecl) June 7, 2024
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