-La izquierda sufrió una dura derrota, para algunos histórica, que merece una autocrítica profunda. ¿Ves señales de un aprendizaje para sacar lecciones, definir los errores, etc. o se ha esquivado la reflexión?
-En primer lugar, por honestidad política e intelectual, es necesario concordar en la naturaleza y el alcance de la derrota en la última elección presidencial: es la derrota política y electoral más importante de la historia de cualquier tipo de izquierda en Chile, sin precedentes. De nada sirve relativizarla echando mano al subterfugio de que cambiaron las reglas del juego, de que no es lo mismo competir con voto obligatorio (banalidades), o apelando al recurso del golpe de Estado de 1973: primero porque fue una masacre militar, un exterminio (Steve Stern lo llamó un “policidio”) y, en segundo lugar porque oculta la naturaleza democrática de la derrota del 14 de diciembre pasado.
-¿Hay señales de aprendizaje a la vista?
-No, no las hay: no me sorprende, porque constato desde hace una década una gran incapacidad intelectual de las izquierdas para tomar conciencia de un estado del mundo que nada tiene que ver con el romanticismo sesentero de las causas de izquierda (universales en sentido fuerte), y muy poco con las causas identitarias (particularistas, también en sentido fuerte) que comenzaron a consolidarse en los noventa en los campus universitarios estadounidenses y que se exportaron hace unos diez años a Chile (precisamente en el momento en que emergía el Frente Amplio, mientras se hacía evidente la crisis de la socialdemocracia europea y del socialismo democrático en Chile).
Peor aun: tampoco tiene que ver con las dos décadas de bonanza de la Concertación. Esto quiere entonces decir que estamos entrando a una era de invenciones, no de repeticiones ni restauraciones, en donde el problema es cómo preservar continuidades mínimas cuando el peso de la realidad supone disrupciones sin retorno.
Dos dirigentes del FA (Jackson y Winter) han tenido el mérito de poner por escrito algunas lecciones, aunque permaneciendo en la superficie de las cosas; dirigentes pepedeístas han ensayado un documento más futurista, aunque escabullendo la pregunta por los universales en condiciones históricas inéditas; los socialistas brillan por su ausencia (habrá que ver en qué desemboca su conferencia nacional de programa, que no es resolutiva: yo hubiese preferido un congreso extraordinario, de naturaleza ideológica, plenamente pertinente para los tiempos que estamos viviendo).
-¿Cómo visualizas el proceso?
-Pensando en el ejercicio reflexivo que todas las izquierdas debiesen emprender (salvo el PC, cuyo primitivismo político e intelectual se lo impide, al estar todavía congelado en el espíritu irrecuperable de la revolución cubana y en una irracional solidaridad con la dictadura venezolana): me imagino un proceso renovador largo, de dos años, desgarrador, en donde el desgarro es la expresión emocional de algo muy importante que está ocurriendo en las subjetividades de izquierdas, en donde solo el acto reflexivo puede conducir a la sanación.
Subjetividad y conciencia histórica: esas son las dos dimensiones existenciales que deben ser conjugadas. Eso fue la renovación socialista de los 80. Eso fue el Congreso de Bad Godesberg del SPD alemán en 1959. Estos dos ejemplos reflejan la envergadura de una derrota o la profundidad de un cambio histórico: la derecha quiere ver en Chile una derrota “cultural” de la izquierda, algo así como una derrota para siempre, un juicio tan infantil como absurdo, lo que no significa que la izquierda no se encuentre amenazada por lo que los astrónomos llaman un evento de extinción: sí lo está.
-¿Es necesario repensar el proyecto histórico?
-Insisto en el componente intelectual que se encuentra involucrado en todo esto: hay una dimensión de proyecto histórico en la que hay que pensar, que no es lo mismo que un programa. El problema de las izquierdas se sitúa en estos dos niveles que no deben ser confundidos. Hay dos contribuciones intelectuales que me han llamado la atención en los últimos días: la de dos jóvenes socialistas (Manuel Barros y David Rojas, “El socialismo democrático y cómo salir del laberinto” en El País) y la propuesta de Mauro Basaure de separar dos tipos de izquierdas con el fin de que se retroalimenten sin ataduras.
Por una parte, una izquierda material (lo que corresponde más o menos a la izquierda clásica y de origen socialista, a la que se suma un PC debidamente renovado bajo claves euro-comunistas, lo que dudo que ocurra) y, por otra parte, una izquierda post-material, frenteamplista. ¿Cómo no ver que la urgencia de las izquierdas chilenas (y en todo el mundo) exige gastar tiempo y no precipitarse? Lo peor que puede pasar es que las izquierdas tomen un atajo y eviten este tipo de reflexiones. Temo que es la ruta del atajo la que se impondrá: es tan cómodo resolver procedimentalmente un problema existencial y sustantivo…
-¿A qué crees que se debe la derrota del 14 de diciembre? ¿Fue un error haber apoyado a una candidata comunista?
-Tal como se desprende de lo que he argumentado hasta ahora, las raíces de la derrota son profundas, constitutivas de lo que Basaure y yo llamamos “la gran desconexión” en un libro en el que estamos trabajando (saldrá en Paidos). Son estas fundaciones las que operaron y sobre las cuales se tomaron decisiones institucionales equivocadas cuyas consecuencias vemos solo hoy: la primaria presidencial de izquierdas fue un gigantesco error, porque la baja participación dejaba a quien resultara vencedor a una distancia sideral de ese electorado que Anthony Downs llamaba el “votante medio” (1,4 millones de votantes en primarias, un volumen que palidece ante un imponente 13 millones de electores efectivamente votando).
Nadie lo vio con claridad, yo tampoco: pero las consecuencias están allí, lo que se agrava por la militancia comunista de Jeannette Jara quien triunfó en buena lid. No estoy diciendo con esto que, de haber triunfado en las primarias, Carolina Tohá habría sido más competitiva: no lo sabemos, tiendo a pensar que no, lo que significa que esta elección era inganable para cualquier candidato de izquierdas.
-Ahora ha explotado una crisis debido a la interpretación de la ley Naín Retamal. ¿En el fondo está en disputa la visión sobre el estallido y la violencia política?
-Este caso no es interesante en sí mismo: es relevante por sus derivadas, al servir de revelador
de todas las limitaciones de una coalición gobernante que careció de nombre (en ese sentido, es y sigue siendo una coalición bastarda), que no supo configurarse como coalición en forma, que nunca pudo superar su condición de alianza electoral, esto es un conjunto de partidos, grupos y sub-grupos sobre los que el presidente Boric no supo ejercer un liderazgo unificador.
Inevitablemente, esta falla de liderazgo pone en entredicho la futura capacidad orientadora de Gabriel Boric: en lo personal, soy partidario de ensayar otras fórmulas de liderazgo, en competencia con Boric. Pero esto es irrelevante si no se abordan los problemas de fondo que hasta ahora he querido señalar.
-¿Piensas que el PS y el PPD deben apostar por un camino propio o junto al FA pero sin el PC? ¿Es viable?
-La ruta consiste en establecer metodológicamente una separación entre dos izquierdas, lo que exige reconocer que son distintas y, eventualmente, irreconciliables en algunos aspectos: la convergencia no puede ser decretada, sino definida por un proceso renovador a escala de cada partido de izquierda. Por la fuerza de los hechos, se está configurando un polo añejo entre frenteamplistas y comunistas, y otro polo también añejo del socialismo democrático: en su conjunto, son una suma de siglas que nombran a cuasi grupúsculos.
Lo novedoso, de ser posible, se originará en la convergencia creativa de estas dos izquierdas, al cabo de procesos reflexivos en los que no puede faltar la interrogante sobre cómo sobrevivir en estos tiempos convulsos (es el elemento defensivo de la historia, táctico en sentido gramsciano), y cómo evolucionar en clave ofensiva y estratégica. No hay garantía de que estos dos momentos (táctico y estratégico) sean exitosos.
Este es el peor momento de la historia de todas las izquierdas en el mundo: Chile no escapa a este juicio. El momento es dramático, en todas partes. Como nunca antes, la izquierda se encuentra en punto muerto.
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