El renovado poder de la ignorancia. Por Héctor Soto

Ex-Ante

No todo es culpa de las fake news o de quienes promueven engaños y quimeras. A veces somos nosotros mismos quienes preferimos no ver la realidad y terminamos inmunizándonos -por miedo, por vergüenza o por falta de coraje- contra verdades que nos son incómodas. En su último libro, Mark Lilla analiza el fenómeno.


Tal como en diferentes planos de la vida nos gobierna la ley del deseo, que nos orienta a la búsqueda del placer, a los humanos también nos mueva la erótica del saber. Nos interesa ganarle terreno a la ignorancia: nos gusta salir de la oscuridad; nos complace entender los fenómenos del mundo; sentimos que, a mayor conocimiento y comprensión, más libres podemos llegar a ser.

Este fue precisamente el ideal de la Ilustración y el supuesto que está en la base de la modernidad. Conociendo más y entendiendo mejor no solo podemos establecer una relación más fluida y provechosa con el mundo; también podemos entendernos mejor nosotros mismos. Así las cosas, como sujetos de esta doble progresión, estamos llamados a superarnos no solo en inteligencia sino también en libertad.

¿Es tan así, tan simple y lineal como lo creyó en su momento el pensamiento ilustrado? Ciertamente no. Queremos saber, pero muchas veces queremos también no saber. ¿Por qué? Básicamente, porque hay verdades que nos duelen, que nos hieren, que nos avergüenzan, que nos perjudican o que nos amenazan. Entonces preferimos eludirlas, contrariarlas, vetarlas sea por fanatismo, por fragilidad, por pereza mental, por conveniencia. Da lo mismo.

Si de un tiempo a esta parte supimos que el conocimiento era poder, bueno, para el autor de este libro, Mark Lilla, ensayista más bien político y catedrático de Humanidades de Columbia, llegó la hora de reconocer que la ignorancia y la superchería también tienen lo suyo. Vaya que son poderosas. Su intuición arranca de una novela (Daniel Deronda) que fue publicada en 1876 por George Elliot (pseudónimo de la escritora Mary Ann Evans para sortear la invisibilidad de las mujeres en la sociedad victoriana). De ahí proviene el desafío que Lilla hace suyo: “Es común afirmar que el conocimiento es poder; pero ¿quién ha considerado o expuesto debidamente el poder de la ignorancia?”.

El ensayo de Lilla es un buen repaso de las trampas mentales que nos hacemos o en que incurrimos para no afrontar la realidad tal cual es. Lilla apela con frecuencia a la mitología clásica para darse a entender. Las figuras de Zeus, Hermes o Prometeo, unidas a los nombres de Edipo o Aquiles, brindan un portentoso acervo de humanidad y de conocimiento gnóstico.

El autor también va al psicoanálisis, a los textos sagrados, a los evangelios y a la literatura. Va asimismo a los grandes fenómenos políticos del siglo XX, con especial atención a esas dos sombrías catedrales gemelas de falsificación que fueron el comunismo y el fascismo. Es cierto que ambas parecieran haberse disipado, aunue hay buenas razones para creer que no desaparecieron del todo.

Aunque este libro sorprenderá bastante a los lectores habituales de Mark Lilla, acostumbrados al registro más bien político de sus ensayos, Ignorancia y felicidad no es en absoluto una deserción intelectual. Lo que llama la atención es ver al autor dirigiendo su ahora mirada ya no al mundo del poder, o a la historia de los últimos siglos o a las creencias en boga, sino a los atajos de nuestra conciencia, a las trampas de nuestra mente y a la ortopedia intelectual de nuestra época darle credibilidad a las mentiras, a las soluciones mesiánicas y a ka supoertición. ¿Para qué? Para seguir viviendo en las ficciones que mejor nos cuadran y más podrían tanquilizarnos.

Este nuevo ensayo de Lilla tiene un sello resueltamente introspectivo. No siendo un psicólogo clínico y tampoco un psicólogo social, el discurso de Lilla es razonable y convincente. A veces además polémico. No todo el mundo, por ejemplo, va a concordar con el autor en calificar a San Pablo, el apóstol tardío de Jesús, quizás si el más fanático, el que sacó al cristianismo del riñón judaico para convertirlo en una religión universal, como el primer populista de la historia.

Si hay razones atendibles para definir el populismo a partir de su rechazo a las elites, por acomodaticias cuando no por derechamente corruptas, y también a partir de la mistificación del concepto de “pueblo”, bueno, algunas explicaciones debiera dar el que escribió lo siguiente: ”Porque escrito está: Destruiré la sabiduría de los sabios, y anularé el entendimiento de los prudentes… Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio”.

Mark Lilla es el autor de un pequeño opúsculo, El regreso literal, que me pareció espléndido como aproximación al colapso del Partido Demócrata estadounidense, y en general de la izquierda mundial, que de un día para otro renunciaron a interpretar los intereses generales de una sociedad para apostar por coaliciones de grupos identitarios con agendas asociadas a la ecología, a los temas de género, a las minorías sexuales, al animalismo, a las verdades veganas o al pacifismo doctrinal.

Tiempo después leí su libro Pensadores temerarios, sobre figuras que coquetearon con el pensamiento totalitario, y sus reflexiones sobre el pensamiento reaccionario en La mente naufragada.  Anteriormente había analizado los puentes entre política y religión en El Dios que no nació. Son todos títulos del sello Debate de Random House.

En ese contexto, Ignorancia y felicidad quizás no establezca una nueva frontera. Pero, en tiempos de tanto discurso fraudulento, en tiempos de tantos cuenteros y falsos profetas, un ajuste de cuentas con la mentira y el pensamiento mágico nunca está de más.

 

Ignorancia y felicidad. Sobre el deseo de no saber. Mark Lilla. Ed. Debate. 233 pp.

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