Menos de un hijo por mujer: Chile cruza umbral del que casi nadie regresa. Por Paulo Hidalgo

Ex-Ante

La baja de la natalidad no se ha debatido en Chile a la altura del desafío. El 2028 por primera vez las muertes empezarán a superar los nacimientos. El mundo no ofrece soluciones fáciles: casi ningún país ha logrado revertir el descenso; solo ralentizarlo. Aquí los políticos no abordan el tema, tal vez porque no hay culpable que señalar ni promesa simple que ofrecer. El Plan Chile Renace, impulsado por el gobierno, tiene el mérito de instalar el tema por primera vez como una cuestión de política pública de primer orden.


El dato pasó casi sin estridencia, como pasan las cosas que cambian un país de raíz. En 2025 Chile registró una tasa global de fecundidad de 0,99 hijos por mujer, la más baja desde que existe registro y la primera vez que el país desciende por debajo del umbral simbólico de un hijo por cada mujer en edad fértil.

No es una fluctuación. Es el final de un descenso que lleva veinticinco años sin interrupción y que no muestra señales de tocar fondo. Las proyecciones del INE sitúan el indicador en 0,89 hacia 2028, el año en que, por primera vez en la historia republicana, las muertes empezarán a superar a los nacimientos. Chile dejará de crecer por sí mismo. Y lo hará sin haberlo decidido nunca, sin debate, sin que ninguna autoridad lo haya puesto sobre la mesa con la seriedad que el momento exige.

Conviene no buscar la explicación en una sola causa. La derecha cultural tiende a leerlo como síntoma de una decadencia moral, el individualismo que prefiere el viaje al hijo. La izquierda lo reduce a un problema de costos: si hubiera salas cuna, vivienda asequible y corresponsabilidad, las mujeres tendrían los hijos que dicen querer y no tienen.

Las dos lecturas tocan algo real y las dos se equivocan en lo esencial. Tratan como anomalía el resultado previsible de transformaciones que el país celebró como progreso. La entrada masiva de las mujeres a la educación superior, donde hoy son mayoría, y al mercado laboral no es un accidente que haya que corregir. Es la conquista más importante del Chile democrático.

Y trajo consigo, como en todas partes, el desplazamiento de la maternidad hacia los treinta años y la reducción del número de hijos. La edad media en que las chilenas son madres subió de veintisiete a treinta años en tres décadas. El embarazo adolescente, que alguna vez fue una tragedia social, cayó cerca de un 80%. Lo que estamos viendo no es enfermedad. Es modernidad.

El problema es que la modernidad chilena llegó incompleta. Las mujeres asumieron el costo de la autonomía sin que el Estado ni los hombres asumieran su parte del cuidado. El país les pidió que trabajaran, estudiaran y produjeran como cualquier ciudadano, pero les dejó intacta la carga doméstica de sus abuelas. Tener un hijo en Chile sigue significando, para la mayoría de las mujeres, una renuncia que el padre no comparte y que el Estado apenas alivia.

No es extraño que tantas mujeres concluyan que las condiciones no están dadas. Ese es el eje del asunto: la fecundidad no se desplomó porque las chilenas dejaran de querer hijos, sino porque el país que construimos hace incompatible la vida que las mujeres pueden tener hoy con la vida que la maternidad todavía exige.

La pregunta es si esto tiene remedio. La respuesta es desalentadora para quien busque soluciones rápidas. Ningún país desarrollado ha logrado revertir de forma sostenida la caída de su natalidad mediante incentivos económicos. Hungría destinó cerca del 5% por ciento de su PIB a una política pronatalista feroz, con préstamos que se condonan al tercer hijo y exención de impuestos de por vida para las madres de cuatro. Consiguió un repunte modesto que muchos atribuyen más a tendencias europeas amplias que a las medidas mismas.

Corea del Sur invirtió alrededor de  US$ 290.000 mil millones en bonos por nacimiento y subsidios de todo tipo, y vio caer su tasa igual, hasta el 0,8 actual, la más baja del planeta. Francia, durante décadas el modelo europeo de natalidad sostenida por un Estado generoso, también descendió: de 2,02 hijos por mujer en 2010 a 1,56 en 2025. El patrón se repite con una consistencia que debería humillar a quien prometa una fórmula. Los incentivos ralentizan el descenso. No lo revierten y cuestan fortunas.

Hay que dejar de aplicar soluciones equivocadas. El bono no funciona porque el problema no es de dinero, sino de tiempo, de cuidado y de la posibilidad de combinar una vida propia con la crianza. Los países que mejor han sostenido su fecundidad dentro de lo posible no son los que más pagan, sino los que más reparten la carga: corresponsabilidad efectiva, permisos parentales que obligan al padre, sala cuna universal de verdad, jornadas compatibles con criar. Nada de eso revierte la tendencia, pero la ralentiza con más dignidad que un cheque.

Y queda la otra respuesta, que Chile ya está dando sin admitirlo: la inmigración. Casi 1 de cada 5 nacimientos en el país es hoy de madre extranjera, cifra que se triplicó en 8 años. Ningún país avanzado ha sostenido su población sin recurrir a ella. La pregunta es si Chile tendrá la madurez para discutir eso con franqueza o si seguirá tratando la migración como amenaza mientras sus números le piden lo contrario.

Algo de esa madurez asoma, por fin, en la creación de la Comisión Asesora Presidencial del Plan Chile Renace, presidida por María José Naudon y convocada por el gobierno de Kast para entregar propuestas a comienzos de 2027. El gesto importa más de lo que parece. Es la primera vez que el Estado nombra el problema con esta solemnidad, lo saca del murmullo y lo instala como una cuestión de política pública de primer orden.

Y hay lucidez en su presidenta: Naudon ha dicho que volver a la tasa de reemplazo sería un objetivo absurdo y que la meta realista es detener la caída, lo que desactiva la ilusión del bono milagroso y enmarca el desafío en términos correctos. El acierto del diseño no es menor: ocho ejes que van del costo de la vida y la vivienda a la corresponsabilidad, la conciliación laboral y el cuidado. Exactamente el terreno donde la evidencia comparada sugiere que algo puede hacerse.

No es la fórmula que revierte la tendencia —no existe—, pero sí la primera arquitectura institucional que mira el problema completo en lugar de su síntoma. Que el informe llegue en 2027 con propuestas a la altura es, hoy, la mejor noticia disponible.

Hay algo vertiginoso en mirar las cifras de frente. Un país que en los 60′ tenía 5,5 hijos por mujer hoy no llega a uno. Un país que se proyecta hacia los 17 millones de habitantes en 2070, de vuelta al tamaño que tenía hace una década, envejecido, con menos trabajadores sosteniendo a más adultos mayores.

No es un escenario lejano: es la vejez de quienes hoy tienen 30 años. Pero fuera de esa comisión nadie hace campaña sobre esto, nadie pierde elecciones por ignorarlo, nadie lo nombra en el ruido cotidiano de la política. Quizás porque no hay culpable a quién señalar ni promesa fácil que ofrecer. Quizás porque aceptar el problema obliga a admitir que algunas cosas no se arreglan en un período presidencial, ni en dos. El umbral ya se cruzó. Lo que viene no es una pregunta sobre cómo volver atrás, sino sobre qué clase de país queremos ser del otro lado.

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