El resultado en la encuesta CEP respecto a las figuras políticas y su evaluación ciudadana no debería sorprendernos. El alza significativa en la imagen positiva de Franco Parisi, sumada a la reducción de su rechazo, representa la aspiración máxima de cualquier actor político, pero es una cuestión que debe detenernos a pensar hacia dónde vamos como país.
Este fenómeno no es un accidente, sino el resultado predecible de un sistema político que lleva años acumulando fatiga institucional. De todas formas, no debería sorprendernos porque nuestra elite ha pavimentado la pista para que la alternativa de poder se construya sobre la base de un liderazgo de corte populista.
Este desgaste estructural se explica a través de cuatro dimensiones críticas donde el sistema ha venido fallando.
En primer lugar, somos testigos de cómo se ha sustituido el consenso por la lógica del antagonismo. Históricamente, la gobernabilidad exigía la construcción de acuerdos, hoy no se ve esa relevancia a la hora de gobernar o ser oposición. Observamos intentos de aprobar reformas estructurales por márgenes mínimos o el impulso de agendas maximalistas. La política se ha vuelto un juego de suma cero: el incentivo actual está en evidenciar el error del adversario por sobre la búsqueda de coincidencias.
En segundo lugar, la agenda está absorbida por cuestiones de corto plazo, todo lo vinculado a otra temporalidad, por muy importante que sea, ha perdido lugar. El mejor ejemplo es que el país tardó más de una década en materializar una reforma previsional, y que mientras seguimos debatiendo sobre seguridad y control migratorio, la situación en salud muestra sus grietas, las cuales aumentan con el pasar del tiempo. Nos absorbe la prioridad de la encuesta semanal, mientras tanto, omitimos la realidad feble que tienen miles de casos cuando una enfermedad impacta en el grupo familiar.
En tercer lugar, estamos insertos en una banalización del debate. Es comprensible y necesario que la política abandone un lenguaje exclusivamente técnico para conectar con las personas. Sin embargo, se ha llevado esta necesidad al extremo, frivolizando el espacio público. En la forma y el fondo los argumentos se han precarizado, dando espacios para que situaciones con alguna complejidad sean tratados con ligereza. El debate sobre las deudas por estudiar nos pone en esta situación, perdemos el foco en el fondo.
En cuarto lugar, existe una creciente endogamia institucional. Nuestra clase política ha interiorizado sus prácticas endogámicas como si fueran naturales y cotidianas. Las dinámicas que ocurren a diario en el Congreso, los Ministerios y las cúpulas partidistas operan bajo códigos que no son comprendidos por la ciudadanía. Proyectan la idea de que las organizaciones políticas terminan sirviendo a sus propios intereses de supervivencia y a los de su élite interna, encapsulándose.
Como conclusión, llevamos décadas generando los incentivos perfectos para que la ciudadanía sienta que la política formal se ocupa de agendas ajenas a lo que es su vida cotidiana.
En este terreno fértil, se le ha facilitado el trabajo a figuras como Parisi, quien inteligentemente posiciona su narrativa comunicacional como el único actor dotado de sensibilidad frente a las urgencias reales. Al restarse de las reyertas cotidianas entre izquierdas y derechas, se erige como un alguien descontaminado de esos “males” del ejercicio de la política.
La misma encuesta que eleva su figura desnuda el dato más preocupante: un pesimismo estructural sobre el presente y el futuro. Para ser rigurosos, este sentimiento de vulnerabilidad e incertidumbre viene acumulándose en un ascenso sostenido desde 2014, y ningún sector ha tenido la resistencia ni la estrategia para revertirlo.
Parisi, simplemente, está aprovechando ese agotamiento.
Con todo, no es posible que nos mantengamos bajo las mismas lógicas. Cuando los sistemas políticos implosionan, y las personas sienten como única respuesta a un populista, estamos en graves problemas.
De ese camino ningún país vuelve fácilmente; sin embargo, estamos aún a tiempo de detener ese tránsito. Aunque entre otras cosas, también depende de cómo la actual elite se aleja de esta compulsión populista, que nos ha llevado la vorágine diaria.
El populismo actual, no solo capitaliza el agotamiento, sino que se presenta como un atajo mágico que promete llegar a la línea de meta sin hacer el trabajo pesado que requiere el ejercicio de la política, ahí está su principal fortaleza. No obstante, nuestra política actualmente parece estar quemando toda su energía en la contingencia inmediata, cuando la gobernabilidad exige de estrategia y administración de largo plazo; debemos hacer un esfuerzo en revalorizar esto.
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