Sin Albert Speer en la cúpula del Tercer Reich, la guerra habría terminado dos años antes. Esta es la opinión de varios historiadores, atendido el repunte bélico que experimentó la Alemania nazi en sus años finales, tras su designación a principios de 1942 como ministro de Armamentos y Municiones del Reich.
Aparte de ser un sujeto culto, refinado y un arquitecto de enorme imaginación, Speer, que ascendió rápido a la cúpula del Tercer Reich a raíz de la debilidad de Hitler por la arquitectura, fue también un gestor fuera de serie y el hombre que logró poner de cabeza a la economía alemana al servicio de la causa bélica. Eso significó readaptar la totalidad del parque industrial del país, manejar un programa logístico de emergencia, instalar enormes cadenas de producción basadas en el trabajo esclavo de prisioneros y deportados y dar un nuevo aire a la resistencia nazi frente a los aliados.
Speer tenía menos de 30 años cuando conoció a Hitler y la química entre ambos fue instantánea. Sus primeros trabajos para el Führer fueron básicamente fastuosos decorados para congresos del partido nazi (recias columnas que sostenían pendones rojinegros con la suástica y águilas doradas, potentes focos antiaéreos que dirigían haces de luz de continuidad a esas mismas columnas) y muy poco después de llegar al poder le encargó, entre otras obras monumentales, el fastuoso edificio de la Cancillería, en cuyo bunker Hitler y su pareja, además de Goebbel y su familia, se quitaron la vida. De esa construcción no quedó nada tras el bombardeo de Berlín.
Figura contradictoria y enigmática, anómala donde la pongan, no solo por ser el ministro más sofisticado entre la pandilla de extracción casi gansteril que acompañó a Hitler, Speer sigue siendo un capítulo histórico en disputa, no obstante haber muerto hace 45 años. Sufrió un ataque cerebral mientras estaba en Londres.
Es cierto que sus Memorias, publicadas poco después de cumplir su condena en Spandau, blanquearon su biografía y terminaron por separarlo del círculo de 24 altos jerarcas del régimen nazi que compareció ante el Tribunal de Nuremberg por crímenes de guerra y lesa humanidad. La gran mayoría de los imputados fue condenado a muerte. A Speer le impusieron solo 20 años de presidio, básicamente por ser un hombre cultivado, por haber contrariado algunas órdenes de Hitler y porque, a diferencia de los demás, él aceptó la responsabilidad colectiva por los crímenes cometidos, aunque rechazó la de orden personal por el exterminio judío.
Se atuvo siempre a la versión de que él nunca supo de las masacres y los jueces le creyeron. También le creyó, al menos en parte, la mejor de sus biógrafos, la periodista e historiadora austrohúngara radicada en Inglaterra Gitta Sereny, que el año 1995 publicó su biografía monumental: Albert Speer. El arquitecto de Hitler: su lucha con la verdad.
El libro del francés Jean- Nöel Orengo -escritor, crítico de cine y novelista- vuelve en El desdichado amor del Führer sobre los hechos y conjeturas que rodean tanto la vida de Speer como el trabajo que realizó Sereny. A su modo, en otra escala desde luego, su libro también es apasionante como segunda lectura. El trabajo de Orengo rescata verdades que siguen siendo importantes.
La primera, que quizás la obra arquitectónica más perdurable que dejó Speer (tema que lo obsesionaba) fue la laboriosa construcción que hizo de su propia imagen, tanto en los días del Reich como en los diez años que le quedaban de vida tras salir de la cárcel. La segunda, que es difícil creerle que no supiera nada del genocidio judío, en particular debido al celo profesional y al culto por los detalles con que cumplía sus responsabilidades. Y la tercera, que la biógrafa -hasta sin darse cuenta- fue capturada por la capacidad seductora y persuasiva de Speer, en cuyo hogar se alojó durante varias semanas mientras estaba recogiendo antecedentes para su libro.
Queda al margen de dudas que Orengo ahora puede desarrollar su trabajo con viento a favor. Hoy, habiéndonos graduado en temas de posverdad y de fake news, sabemos mucho más que en los años 70 y 80 que los hechos que entran a la Historia no necesariamente son los que mejor se investigan o de forma más concluyente se comprueban, sino los que la opinión pública, la gente, el consenso social en un momento dado, da por válidos.
Eso, que hasta hace poco podía ser un escándalo, hoy es solo un hecho de la causa. Quizás en el pasado las cosas no fueron muy distintas. Las verdades son las primeras en pasar a pérdida ante el impacto de las imágenes, las impresiones y las percepciones que vienen de los medios o las redes sociales.
La arista más frágil o discutible del libro de Orengo es la que tributa derechamente a la ficción y que está en el título de su obra: El desdichado amor del Führer. La tesis de que entre él y el Speer pueda haber existido alguna relación afectiva de contornos homoeróticos no solo es extraña, atendidos los consabidos traumas afectivos y sexuales de Hitler, sino también antojadiza, en función de la naturaleza de la relación que sostuvieron. No hay duda que existió entre ellos fascinación, admiración, complicidad, empatía. Pero de ahí no pasaron. Es más, el constante tironeo del libro hacia el plano de la ambigüedad rebaja su consistencia.
Dentro de todo, a Speer le salió barato el juicio de Nurenberg, por muy distinto que haya sido su perfil al del resto de los jerarcas nazis, Y en los diez años que sobrevivió a su condena volvió a ser un constructor extremadamente exitoso. No ya de obras arquitectónicas, pero sí de las falacias y medias verdades que lo hicieron entrar por la puerta ancha a la Historia.
El desdichado amor del Führer. Jean-Noel Orengo. AdN Editorial, 2025. 337 pp.
¿Busca contenido similar? Clic aquí.
Éxito de serie sobre La Casa de los Espíritus impulsa venta de libros de Isabel Allende en Chile.https://t.co/p5u9IvnB9P
— Ex-Ante (@exantecl) May 27, 2026
Publicaciones relacionadas
El rastro que antes se evaporaba hoy distingue al directorio que ejerció criterio del que solo lo aparentó. Los buenos directorios nunca temieron ser leídos. Ahora, simplemente, lo serán.
Si los retornos económicos del título universitario no son como antes (era imposible que se mantuvieran tan altos), debemos preguntarnos por qué la demanda por educación superior no ha cedido en la misma proporción. ¿Por qué las familias siguen considerando la universidad como un objetivo prioritario?
La apertura hacia modelos internos bien diseñados es una herramienta necesaria para que el capital de la banca refleje con precisión sus riesgos subyacentes. Optimizar el uso del capital bancario no debe ser sinónimo de ahorro de capital, sino de un capital bien gestionado.
Una política genuinamente progresista debe anteponer el interés nacional a las servidumbres del partidismo. Es lo que se jugará en los próximos meses, cuando el país procure salir del estancamiento y estimular el crecimiento económico en un contexto difícil, agravado por los enormes daños causados por los temporales.
Se puede negociar una reforma tributaria, una condonación, casi cualquier cosa, siempre que quien se sienta a la mesa sepa con claridad qué línea no está dispuesto a cruzar y qué está dispuesto a ceder para sostenerla. Eso no es ideología abstracta: es la diferencia entre incidir en el resultado final de una ley y […]