Lo que los viejos ya sabían sobre el trabajo, y la IA nos obliga a aprender antes de tiempo.
Le pedí a la inteligencia artificial que hiciera algo que sé hacer bien, algo que me tomó años aprender. Lo hizo en segundos. En vez de alivio, sentí vértigo. Durante mucho tiempo eso que la máquina acababa de despachar en un instante había sido parte de cómo yo explicaba quién era. Y de golpe sentí que valía menos.
Lo primero que hice fue lo que hace todo el mundo: pensar en qué soy todavía mejor que ella. Buscar el rincón que no alcanza. Pero ese rincón se achica cada año, y uno termina agotado defendiendo un territorio que se encoge. En algún momento dejé de mirar lo que hago y empecé a mirar cómo decido. La máquina ejecuta rapidísimo, pero las consecuencias de lo que recomienda no las paga ella. No tiene nada en juego. Yo sí.
Durante años creí que mi valor estaba en lo que producía, y empiezo a sospechar que lo que de verdad me sostiene empieza justo donde termina lo que una máquina puede hacer por mí.
Hay gente que conoce este vértigo desde hace rato: los viejos.
Vale la pena ser honesta con esto. En Chile, para muchísima gente, trabajar después de jubilar no tiene nada que ver con el propósito. Es que la pensión no alcanza. Esa es la urgencia de verdad y no hay reflexión que la tape. Pero más arriba, cuando el dinero ya no es el problema, pasa otra cosa que igual conviene mirar. Hay personas que podrían dejar de trabajar y no quieren. No por amor a la oficina. Es que el día que paran, se desordenan por dentro.
Los estudios sobre el retiro apuntan justo a eso: lo que más golpea de jubilar no es el aburrimiento, es quedarse sin saber bien quién es uno. La gente lo dice de mil maneras, pero el fondo siempre se parece: extraño ser alguien que hacía algo. Hay quienes se apagan apenas dejan de trabajar.
Y hay quienes encuentran otra cosa que los necesite —un nieto, un curso que dictar, un huerto, una rutina— y vuelven a encenderse, aunque eso no les pague un peso. Lo que separa a unos de otros no siempre es la salud, ni la suerte. A veces es haber entendido que uno no es lo que hace.
La inteligencia artificial no nos va a jubilar a los cuarenta. Pero nos hace la misma pregunta mucho antes: si mañana lo que sé hacer deja de ser escaso, porque la máquina lo hace más rápido y más barato, ¿qué me queda?
Parece una pregunta de sobremesa, pero cuesta plata. Mucha. El desenganche laboral —gente que va a la oficina, cumple, pero por dentro ya se fue— le sale al mundo unos 10 billones de dólares al año, alrededor del 9% del PIB global, según el informe State of the Global Workplace 2026 de Gallup. Si la IA hace el trabajo más eficiente pero más vacío, ese número no baja.
Algunos países lo entendieron antes. Japón, que es la sociedad más vieja del planeta, armó parte de su política de longevidad alrededor de una palabra que después se puso de moda en todas partes: ikigai, tener un motivo para levantarse. Y no quedó sólo en una frase linda.
El estudio Ohsaki de la Universidad de Tohoku, que en 2008 siguió a más de 43.000 personas durante siete años, encontró que quienes tenían ese motivo se morían menos. Cuando el propósito mueve la cifra de mortalidad, deja de ser un tema de autoayuda y pasa a ser política pública. Chile no es Japón, claro: envejecemos más rápido, con pensiones más bajas y más trabajo informal. Razón de más para mirar esto ahora, antes de tenerlo encima.
Y ahí está, me parece, el punto. A medida que la máquina se quede con lo que se puede medir y apurar, lo que va a quedar del lado humano es más difícil de nombrar: tener criterio, hacerse cargo de algo, responder cuando una decisión sale mal. Cosas que no se hacen rápido y que nadie puede hacer por uno.
En Chile discutimos cómo pagar una vida más larga, y hacemos bien. Pero lo que casi no discutimos es para qué sirve esa vida cuando ya no se ordena alrededor del trabajo. Esa pregunta se nos viene encima igual. La IA no la inventó, solo la trajo antes.
Si el trabajo va a dejar de ordenarnos la vida más temprano que tarde, en algún momento habrá que pensar en serio qué lo reemplazará: cómo se rediseña el retiro, qué hace una empresa con la gente que la máquina vuelve prescindible, qué cuenta como aporte cuando ya no pasa por un sueldo. Todavía no estamos teniendo esa conversación.
A lo mejor por eso los viejos sabían algo que a nosotros nos está costando: que se puede perder el puesto sin perderse uno. El trabajo siempre fue, además de un sueldo, una manera cómoda de contestar quién soy. Cómoda y peligrosa, porque se cae justo el día que uno ya no puede trabajar. Quizás lo que la máquina nos está obligando a aprender, antes de tiempo, es a no jugarnos esa respuesta a una sola carta.
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¿Diversidad en directorios? Más que solo cuotas de género. Por Rodrigo Reyes. https://t.co/sDh84OZin6
— Ex-Ante (@exantecl) May 22, 2026
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