Julio 13, 2026

Donald Trump, el anticristo que buscaba la izquierda. Por Álvaro Vergara

Abogado y académico

Personas sin ningún interés en el fútbol (algunas que incluso suelen denunciar una mercantilización y abuso del deporte rey) cuestionaron a Trump por haber intercedido para revertir la sanción impuesta a un jugador de Estados Unidos expulsado. Diputados chilenos que (en teoría) deberían estar concentrados en discusiones de mayor relevancia nacional, llegaron a exigirle a la ANFP que se enfrentara a la FIFA por el hecho. Esto puede sonar anecdótico, pero en esa reacción se percibe ese poder ilimitado que este sector le atribuye a Trump en sus vidas.


En su Teología política, Carl Schmitt sostuvo, con tono polémico, que los conceptos del Estado moderno tienen origen teológico. El aparato estatal está dividido en tres poderes, a semejanza del Dios trinitario, y la soberanía constituye una réplica de su poder en la tierra. Esta teoría también podría utilizarse, con el riesgo de vulgarizarla, para decir lo siguiente: la izquierda contemporánea, que se piensa a sí misma secularizada, sigue interpretando la contingencia con categorías teológicas.

Los progresistas creen haber logrado desprenderse de todo rasgo de las tradiciones católica y protestante. Con aires de superioridad, reivindican diversas formas de misticismo, prácticas respiratorias y técnicas de meditación orientales como si fuesen señales de una sensibilidad ilustrada. Al mismo tiempo, suelen esgrimir críticas contra la religión tradicional que van desde objeciones básicas y triviales hasta argumentos más elaborados (los más esnob los sacan de Nietzsche).

Pero buena parte de sus actuaciones está imbuida de las categorías y del influjo cultural en que se formó la mayoría de los progresistas: las sociedades occidentales, casi siempre desarrolladas. Su visión del mundo es herética, dualística y egocéntrica: el lado correcto de la historia estaría encarnado en ellos, mientras el mal se concentraría en la derecha. De ahí que dependan de figuras redentoras capaces de enfrentar, una y otra vez, esa amenaza.

Uno de los ámbitos donde esto parece reflejarse con mayor claridad es en el auge de Trump y de la “ultraderecha”, sobre todo con la elección de los presidentes latinoamericanos de la última reacción (Kast, Fujimori, de la Espriella, Milei, entre otros): para muchos, encarnan un imperio del mal. En los espacios chilenos, esa denuncia suele reproducirse con el fervor de vocero internacional, como si la protesta local tuviera alguna incidencia en dichos procesos. 

Trump es, para ellos, una suerte de anticristo secular, un ídolo que irrumpió para reinar sobre el mundo que creían orientado por el progreso y la ampliación de libertades basadas en una dudosa concepción de la autonomía. Aunque no lo formulen en estos términos, Trump sería ese arquetipo, porque representa el fin de una época: el consenso liberal de postguerra. Al percibir en él una negatividad absoluta, se vuelven incapaces de reconocerle cualquier cosa. Le atribuyen un poder casi omnímodo, como si fuera capaz, por sí solo, de deshacer el orden político y cultural que daban por consolidado.

Lo anterior hace que hasta el progresista más distante de Estados Unidos se sienta amenazado, en todo momento, por este monstruo. Por eso, el poder trumpista despierta tanto temor en un militante de izquierda rural como en el alternativo de cafetería ñuñoína.

Lo vemos semana tras semana, y el Mundial nos ofreció un nuevo ejemplo. Personas sin ningún interés en el fútbol (algunas que incluso suelen denunciar una mercantilización y abuso del deporte rey) cuestionaron a Trump por haber intercedido para revertir la sanción impuesta a un jugador de Estados Unidos expulsado. Diputados chilenos que (en teoría) deberían estar concentrados en discusiones de mayor relevancia nacional, llegaron a exigirle a la ANFP que se enfrentara a la FIFA por el hecho. Esto puede sonar anecdótico, pero en esa reacción se percibe ese poder ilimitado que este sector le atribuye a Trump en sus vidas.

Desde luego, esta izquierda no cree que Trump sea el anticristo real. El punto es que necesita que lo sea. Ese símbolo, aunque lo ignoren, les permite reafirmarse como los defensores del lado correcto de la historia y situar en el lado del mal a quienes se atrevan a mencionar algún aspecto valorable suyo. Quien apoye o matice cualquier aspecto de esa figura malvada terminará asociado con la perversión. Por lo mismo, en Trump aparece algo que, de cierta manera, parecía esperado: la oportunidad para decir, siempre en público, que son superiores al resto. Quien lo enjuicia está diciendo: mírenme, yo soy bueno.

Para la izquierda contemporánea, Trump es un mal deseable que aparece de la nada. Sobre las condiciones políticas, sociales y económicas que favorecieron su ascenso, suele guardarse silencio. Es el Hitler contemporáneo que funciona como el antagonista esperado para reavivar una épica lastimosa que ellos aniquilaron.

Es cierto que la derecha, en ocasiones, recurre a estas mismas categorías. Muchos vieron (y algunos todavía ven) al presidente de Estados Unidos como un líder mesiánico llamado a redimir pueblos y traer la paz al mundo. Bastó ver en su momento las reacciones a su intervención en Venezuela. Pareciera, sin embargo, que cuando se observa lo que ocurre con mayor detenimiento el mundo resulta complejo: Trump no es ni mesías ni anticristo. Es un Jefe de Estado que mezcla sus propios intereses con los de un país y que, debido a los rasgos de su personalidad, hace que sus acciones sean difíciles de predecir.

Han aparecido sujetos similares en el pasado y aparecerán en el futuro. Dejemos de pensar que estamos en la cumbre más alta de los tiempos.

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