Mayo 11, 2026

Gobernar sin sincronía: cuando cada ministro toca su propia partitura. Por Gabriela Salvador

Directora Ejecutiva Vantrust Capital
Iván Poduje y Jorge Quiroz. (Crédito: Agencia uno)

Hoy La Moneda transmite muchas veces la sensación inversa a la que proyectó en campaña: ministros defendiendo agendas separadas, mientras el Presidente debe salir constantemente a ordenar, corregir o blindar políticamente a su equipo.


Este fin de semana, escuchando a Bach y la Sexta Sinfonía de Shostakóvich en el Centro de Extensión Artística y Cultural de la Universidad de Chile, hice un paralelo inevitable entre la orquesta y la política. La interpretación tuvo una precisión casi irreal. No porque cada músico tocara más fuerte que el otro, sino porque existía dirección, ensayo y una partitura común.

El director, Nicolas Rauss, no parecía simplemente conducir la obra; parecía habitarla. La orquesta respondía con una sincronía casi orgánica, como si la partitura estuviera inscrita debajo de la piel de cada músico. Nadie necesitaba explicar su parte. Todos sabían para qué estaban ahí.

Esa imagen me pareció una metáfora perfecta del momento político que vive Chile.

Andrés Velasco, en The London Consensus, plantea que las economías modernas necesitan algo más que disciplina técnica: requieren cohesión política, legitimidad y capacidad de adaptación en un mundo fragmentado. La ciudadanía no vota planillas Excel; vota dirección. Y la dirección, como en una orquesta, no se improvisa; se construye con ensayo, jerarquía clara y una partitura compartida. Estados Unidos, China o Rusia representan modelos completamente distintos, pero todos entienden algo básico: la dispersión permanente de señales debilita el poder, independiente de la ideología.

José Antonio Kast ganó la elección con algo que hoy parece haberse debilitado: sincronía. Seguridad, crecimiento y orden no eran solo conceptos programáticos; formaban una dirección reconocible para una ciudadanía cansada de fragmentación, inseguridad y estancamiento económico. Esa tríada funcionó como partitura electoral. El problema es que ganar con una partitura no garantiza gobernar con ella.

Y justamente ahí parece estar entrando en tensión este gobierno.

Los datos más recientes de Cadem muestran que todavía existe capital político. La aprobación presidencial subió a 42%, y las principales razones de apoyo siguen siendo las decisiones “valientes” y el foco en crecimiento, seguridad e inmigración. Pero al mismo tiempo, solo un 20% cree que la economía progresa y apenas un 15% percibe mejoras en empleo. El respaldo al diagnóstico permanece; la percepción de resultados, todavía no. Es una brecha que, si no se cierra con narrativa y gestión simultáneas, termina erosionando incluso los activos políticos más sólidos.

En seguridad ocurre algo parecido. El gobierno instaló el tema como eje central de campaña, pero la conversación pública se ha ido desplazando desde el control político hacia la administración comunicacional de errores, tensiones internas y defensas episódicas. Cuando eso ocurre, el problema deja de ser solo de gestión y pasa a ser de conducción. Y la conducción no se recupera con declaraciones; se recupera con sincronía.

Ahí aparece la tensión entre Jorge Quiroz e Iván Poduje como síntoma, no como causa. Quiroz representa disciplina fiscal, racionalidad técnica y control presupuestario. Poduje, en cambio, conecta con terreno, urgencia y emocionalidad política. Ambos perfiles son necesarios en un gabinete. El problema no es que existan, el problema es que, cuando la tensión entre ellos se hace pública y visible, lo que se revela no es diversidad virtuosa sino ausencia de partitura común.

Poduje incomoda no solo por su estilo directo. Incomoda porque ocupa un vacío. Mientras gran parte del gabinete comunica desde la administración técnica, él volvió a conectar con algo que estuvo en el centro del triunfo electoral de Kast: dirección, urgencia y sentido político. Eso no es un mérito exclusivo de Poduje, es una señal de que ese registro está ausente en otros lugares donde debería estar presente.

No es casual que incluso ministros sectoriales estén comenzando a explicar en sus propias redes sociales decisiones estructurales del gobierno, incluidos conflictos presupuestarios y tensiones con Hacienda. Cuando un ministro siente la necesidad de transformarse también en intérprete político de decisiones ajenas a su cartera, lo que aparece no es solo protagonismo personal. Es, casi siempre, un síntoma de ausencia de una voz integradora suficientemente fuerte. Una buena orquesta no obliga a sus músicos a explicar individualmente la obra completa. Para eso existe la dirección.

El presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores de EE.UU., Richard Haass, ha advertido que el mundo entró en una etapa marcada por fragmentación, incertidumbre y crisis permanentes. En escenarios así, la resiliencia institucional depende menos de discursos grandilocuentes y más de claridad estratégica, coordinación interna y capacidad de adaptación sostenida. Precisamente por eso la vocería no es un accesorio comunicacional: es infraestructura de gobernabilidad. No es quién habla primero, sino quién integra el relato.

Hoy La Moneda transmite muchas veces la sensación inversa a la que proyectó en campaña: ministros defendiendo agendas separadas, mientras el Presidente debe salir constantemente a ordenar, corregir o blindar políticamente a su equipo. Cuando la figura presidencial comienza a reemplazar la ausencia de validación política autónoma de sus ministros, el costo no es solo comunicacional: es de capital presidencial. Y ese capital, una vez gastado en arbitraje interno, no está disponible para las batallas que realmente importan.

Todavía hay tiempo para corregirlo. Pero eso exige tres cosas concretas: primero, recuperar una vocería políticamente validada, capaz de articular seguridad, crecimiento y orden bajo una conducción reconocible y consistente. Segundo, instalar una narrativa de resultados que cierre la brecha entre el respaldo al diagnóstico y la percepción de avance real. Y tercero, transformar las tensiones internas en deliberación privada, no en señales públicas de dispersión.

Porque un gobierno puede sobrevivir sin épica, pero no puede sobrevivir sin sincronía.

Y porque, al igual que en una orquesta, cuando la dirección se pierde, incluso los mejores músicos terminan sonando solos. Y el público, que vino a escuchar una sinfonía, termina escuchando un ensayo.

 

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