Marzo 21, 2026

Un optimismo que exige cautela. Por Vicente Abrigo

Economista e investigador Instituto de Políticas Públicas de la Universidad Andrés Bello
Crédito: Ministerio de Hacienda

La conducción económica enfrenta un desafío adicional. El punto es evitar que las expectativas se construyan sobre supuestos difíciles de sostener en el tiempo. Esto requiere un discurso responsable que reconozca las dificultades del entorno externo y las limitaciones para abordar problemas persistentes como el desempleo, el bajo crecimiento o el déficit fiscal.


Recientemente, el Banco Central informó que el crecimiento de la economía en 2025 alcanzó un 2,5%, levemente por sobre lo estimado a partir del IMACEC. En una línea similar, los problemas inflacionarios parecieran haber sido contenidos en los últimos meses, contribuyendo a un escenario macroeconómico más estable. Por su parte, el IPSA cerró 2025 rompiendo récords históricos en más de 70 ocasiones, mientras que el precio del cobre pareciera estar marcando una tendencia más que un aumento puntual.

A esto se suma un spread soberano, medido a través del EMBI, en niveles cercanos a mínimos de las últimas dos décadas. En un escenario como este, es esperable que el entusiasmo se instale entre los distintos actores económicos, y así lo ha reflejado en los últimos meses el Barómetro de la Economía Chilena IPP UNAB, particularmente a través de su subíndice de expectativas.

No obstante, este optimismo, si bien en parte justificado, pareciera ser al menos algo desproporcionado. El Índice de Confianza del Consumidor ha alcanzado su nivel más alto en los últimos seis años y, en una línea similar, el índice de confianza empresarial se ubica en su mayor nivel desde 2022. Sin embargo, aunque el panorama económico resulta alentador en algunas variables como las mencionadas, tanto el contexto internacional como ciertos aspectos de la economía local no parecieran avanzar al mismo ritmo que estas expectativas.

En efecto, el desempleo acumula 37 meses por sobre el 8%, cuyas causas parecen ser menos evidentes de lo que se ha discutido. A esto se suma que la deuda pública se encuentra en niveles históricamente elevados, mientras que tanto el Consejo Fiscal Autónomo como diversos expertos han advertido la existencia de tensiones que resulta fundamental abordar. En paralelo, el escenario internacional se ha vuelto más incierto, afectando el impulso inicial del IPSA y contribuyendo a una mayor volatilidad del tipo de cambio.

Asimismo, la evolución del precio del petróleo, en parte asociada a las tensiones en Medio Oriente, introduce un factor de riesgo relevante. En los últimos días, el precio del barril ha registrado fuertes alzas, llegando a rozar los 120 dólares, mientras que algunos indicadores de precios internacionales de combustibles, como los futuros de gasolina, han mostrado variaciones mensuales que en ciertos casos se han acercado al 50%.

Más allá de su impacto directo, estos movimientos tienden a traspasarse al costo del transporte y, en última instancia, a los precios de los bienes, afectando el bolsillo de los hogares y reabriendo presiones inflacionarias en un contexto aún incierto, introduciendo un factor adicional que el Banco Central deberá considerar en sus próximas decisiones de tasa.

La situación, por tanto, es compleja. Más allá de ciertas mejoras en algunos indicadores, el escenario actual aparece más frágil y expuesto a riesgos que hace algunos meses, con un nivel de incertidumbre frente al cual existen más preguntas que certezas, especialmente en una economía pequeña y abierta.

En este contexto, las expectativas adquieren un rol particularmente relevante. No solo reflejan el estado de la economía, sino que también inciden directamente en las decisiones de consumo, inversión y financiamiento. Cuando se elevan por sobre lo que los fundamentos permiten sostener, su eventual ajuste puede ser tan influyente como su alza inicial, afectando de manera significativa la confianza de los agentes económicos.

En ese escenario, la conducción económica enfrenta un desafío adicional. El punto es evitar que las expectativas se construyan sobre supuestos difíciles de sostener en el tiempo. Esto requiere un discurso responsable que reconozca las dificultades del entorno externo y las limitaciones para abordar problemas persistentes como el desempleo, el bajo crecimiento o el déficit fiscal. Si estas restricciones no se incorporan plenamente en el diagnóstico, las expectativas tienden a tensionarse y a corregirse de forma poco gradual.

Así, si bien los índices de confianza se observan con rezago, hoy parecen situarse por sobre lo que la economía efectivamente está mostrando, en un contexto internacional que aún no ha sido plenamente internalizado. Si esa brecha persiste, la corrección de las expectativas podría venir acompañada de un deterioro en la confianza, afectando decisiones económicas y el clima general. En un escenario donde la aprobación presidencial ha sido baja y volátil en los últimos años, expectativas que no logran sostenerse pueden acentuar esa fragilidad.

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