Estatuto del Primer Comando de la Capital: el crimen como ideología. Por Lucy Oporto Valencia

Ex-Ante
Miembros del PCC en una cárcel de Brasil.

El informe de la Fiscalía Nacional de Chile 2025 señala la existencia de vínculos entre organizaciones criminales chilenas y el PCC, además de otras. Su impronta expansionista es una advertencia más: cualquier negociación con estas mafias será bajo sus condiciones. Y será bajo amenaza de muerte.


El Primer Comando de la Capital, la organización criminal más letal de Brasil, de origen carcelario, surgió en 1993, tras la masacre en la prisión de Carandiru.

Su Estatuto original fue publicado en el Diario Oficial del Estado de São Paulo, el 20 de mayo de 1997. Hay otra versión de su regla, actualizada en 2017.

Los términos utilizados por el PCC, para hacer respetable lo que entonces llamará ética del crimen, ya figuraban en las tres primeras cláusulas de su Estatuto de 1997, con trazas de una moralidad insurgente:

  1. Lealtad, respeto y solidaridad, por encima de todo, al Partido.
  2. Lucha por la libertad, la justicia y la paz.
  3. Unidad en la lucha contra las injusticias y la opresión dentro de la prisión.

En 1997, el PCC actuaba en alianza con el Comando Vermelho, organización criminal formada en la década de 1970. Su objetivo conjunto era revolucionar el país desde las cárceles.

A fines de 2016, el PCC y el CV se enfrentaron por el control de las rutas de tráfico de cocaína en Brasil, terminándose su alianza. Así, el PCC llegó a ser un actor principal en el comercio internacional de dicha droga.

Actualmente, opera en el mayor sector financiero de Brasil. Autoridades estiman que genera US$ 1, 85 mil millones anuales por narcotráfico, lavado de dinero utilizando agentes públicos corruptos, y creación de bancos virtuales ilícitos (insightcrime.org, 2. 2. 26).

La revisión de su Estatuto remite a tales transformaciones.

A diferencia de su primera versión, en 2017 el PCC se proclamará como una organización criminal, endureciendo sus términos: reivindicación de dicha naturaleza; castigo mortal a los traidores; unidad totalitaria y expansionista de su estructura.

A continuación, sus cláusulas básicas:

2. Luchar siempre por la PAZ, la JUSTICIA, la IGUALDAD y la UNIDAD, buscando siempre el crecimiento de la organización, respetando siempre la ética del crimen.

7. Es deber de todos los integrantes de la facción colaborar y participar en los “progresos” del Comando (…). O sea, el crimen fortalece al crimen, ésa es nuestra ideología.

9. (…) todo aquel que salga a la calle y muestre desinterés por nuestra causa será evaluado, y si se comprueba que actuó de manera oportunista, podrá ser visto como traidor (…), y el precio de la traición es la muerte.

12. El Comando no tiene límite territorial. Todos los integrantes bautizados son componentes del Primer Comando de la Capital, independientemente de su ciudad, estado o país (…).

Ricard Wagner Rizzi, a cargo del sitio web que publicó las dos versiones del Estatuto, también muestra imágenes difundidas en redes sociales del PCC.

Destaca la reiteración del símbolo yin-yang, perteneciente a la tradición sapiencial china. Éste expresa la totalidad que abarca la dualidad y conjunción de los opuestos, dinámicamente. Su imagen es un círculo dividido en dos mitades por una línea sinuosa, en que ambas contienen un punto de la otra.

Por lo demás, una fotografía exhibe el torso desnudo de un hombre portando una pistola. Abajo, aparece un versículo de las epístolas paulinas, Rm 8, 31: “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?”

Cuando Orígenes de Alejandría (s. III), maestro de la exégesis alegórica, se disponía a escrutar las Santas Escrituras, rogaba a Dios que le concediera la gracia de interpretar sus misterios inefables.

Para él, “Dios está por nosotros” se refiere al Espíritu de Dios recibido por el ser humano como un don, el cual actúa defendiéndolo de sus enemigos. No fomenta una presunta omnipotencia humana con prerrogativas para invocar su nombre en vano y profanar su imagen.

En cambio, el PCC se atiene al sentido literal de Rm 8, 31: lo despoja de todo sentido espiritual, destruyendo su inteligencia. Ostenta la firme convicción de que puede expoliar las Santas Escrituras a discreción, como si el Espíritu de Dios fuese una extensión manipulable del núcleo de su ejercicio: el crimen como ideología.

De otra parte, su desnaturalización del símbolo yin-yang extirpa su fondo sapiencial: el PCC reduce tal figura a una condición servil, determinada por su voluntad totalitaria y controladora de sus adeptos a través de la corrupción. Como sostiene Alexandro de Araujo Baptista, el PCC “se asemeja a una sociedad secreta en que los individuos se benefician de favores y están comprometidos entre sí”.

En efecto, éste es un caso ejemplar de psicopatía estructural. Por lo tanto, si el crimen es su ideología −esto es, el meollo de su proceder−, entonces su estrategia de autolegitimación moral es una impostura.

El informe de la Fiscalía Nacional de Chile 2025 señala la existencia de vínculos entre organizaciones criminales chilenas y el PCC, además de otras. Su impronta expansionista es una advertencia más: cualquier negociación con estas mafias será bajo sus condiciones. Y será bajo amenaza de muerte.

Y cualquier forma de seducción por su pseudoestética será una prolongación más del histórico proceso de extinción simbólica, que expone la devaluación del sentido de las imágenes.

¿Por qué debiera ser aceptable describir el crimen como ideología en términos de cultura?

Sólo en un mundo decadente, en que el peso interior del lenguaje y sus figuras se disuelve, puede darse esta fe sin Espíritu, ni conciencia, ni conocimiento, conducente a la destrucción de la cultura, y no a otra cultura. Peor aún, en el extremo de su deformación por el crimen organizado, el Espíritu de Dios y símbolos como el yin-yang, pervertidos de raíz, acaban siendo una extensión del mal.

La sinología y 2.500 años de exégesis bíblica, ¿nada valen ante enfoques que privilegian la “resignificación”, el “sentido de pertenencia” y la “construcción de identidad”, como justificación de la marcación “territorial” del crimen organizado?

Pretender dignificar su barbarie constitutiva es ya actuar en favor de su autodeificación, socavando aún más los valores que han sustentado la cultura en su sentido noble: como potenciadora de una capacidad de conciencia, en orden a su desarrollo floreciente.

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