El presidente Gabriel Boric cumplió 40 años en el ejercicio de su cargo. Jovencísimo para todos los estándares. Y sin embargo, simbólico: él y su generación ingresan a una etapa de la vida adulta donde las cosas se observan con otro prisma. Hace algunas décadas, este tránsito ocurría al cumplir los 30. En los tiempos actuales, dada la masificación de la educación superior, los estudios de posgrado y sobre todo el retraso de la paternidad/maternidad, los 40 son los nuevos 30.
Creo que alguna vez leí una entrevista a Fernando Atria donde sinceraba que había “actualizado” la visión que tenía de sí mismo a los 40 años. La anterior databa de los 20. A los 20 años estamos en plena juventud, quizás todavía en la adolescencia. Nos creemos inmortales, y eso nos induce a pensar y actuar con temeridad, irreverencia y frecuente imprudencia. El mundo es nuestro y el futuro es un lienzo blanco por pintar.
Al rato nos damos cuenta de que la vida no funciona tan así. Que el peso de la costumbre y la tradición se impone, que a veces es mejor callar y escuchar, que las batallas tienen costos que preferimos evitar. Antes no teníamos nada que perder y todo por ganar. Cuando se acumulan los años, y ya hemos conseguido algunas cosas, se ensancha la lista de cosas que podemos perder. Naturalmente, eso incentiva estrategias más conservadoras.
Pienso en esa frase de Atria y la aplico a mí mismo. Pasé veinte años teniendo veintitantos. Retrasé lo más posible mi entrada a la vida adulta. Estudié trece años. Tuve mi primer hijo llegando a los 40. Ya no tuiteo cualquier cosa que se me viene a la cabeza y tengo plena conciencia de mis limitaciones. Me demoro un poco más en juzgar y pienso en cómo me recordarán los que vienen detrás. Me costó un mar “actualizarme”.
Pienso en cómo se aplica esto a la generación de pasó de la calle a La Moneda en apenas diez años. Cuando irrumpieron, gran parte del mundo político adulto los beatificó. ¿Cómo no creerse el cuento en esas condiciones? Sus primeras escaramuzas electorales fueron resonantes victorias. ¿Cómo no denunciar con indignación y moralina cada pecado a la vista? Es cierto que “siempre hay un tweet” que deja al descubierto el doble estándar de los actuales inquilinos de La Moneda, pero ¿no habría sido acaso igual si hubieran existido las redes sociales en tiempos de la Concertación, de Jaime Guzmán o de Frei Montalva? ¿Acaso no habrían posado de virtuosos a los 20 años?
Este quizás sea el aprendizaje más relevante de Boric y su entorno: todo lo que ocurrió antes fue una ilusión juvenil, porque la política en serio requiere responsabilidad y una cuota de renuncia. Afiebrados en los días del estallido social, varios dirigentes frenteamplistas se sumaron a la consigna “evadir, no pagar, otra forma de luchar”. Hoy el gobierno celebra -con razón- que la evasión ha disminuido casi un 40%. No se logró a punta de convicciones románticas, sino gracias a un trabajo coordinado de instituciones públicas.
Y este es, probablemente, el principal beneficio que trajo el gobierno de Boric: Chile ha ganado, al parecer, una izquierda que ahora entiende que evadir no es una forma legítima -ni eficiente- de luchar. Esta es, por supuesto, una simplificación. Nada reemplaza la pasión juvenil y siempre es positivo tener conciencia de las coordenadas ideológicas propias. El punto de fondo es que la generación del presidente tuvo un baño de fría realidad que les permitió entender la complejidad de la política democrática.
Hay algunos que no les creen. La senadora electa Vanessa Kaiser ha insistido en el que el Frente Amplio organizará un “golpe de estado” contra la administración de Kast en pocos meses más. La premisa de esta tesis conspirativa es que no aprendieron nada, y que siguen siendo los niñatos que aplaudían frívolos y embobados la destrucción de la propiedad y el que baila pasa.
Yo tengo una visión distinta. Es cierto que los ánimos estarán saltones y cualquier cosa que haga el gobierno entrante será motivo de escandalera progre. Discrepancias razonables serán amplificadas como síntomas de erosión democrática. Pero esto parece marca registrada de la política chilena -y mundial- a estas alturas: el que está en la oposición siempre acusa trampa. De hecho, ahora que está empoderada, la nueva ola de cancelaciones viene desde la derecha. Nos hemos vuelto todos igual de insoportables.
Lo verdaderamente grave sería que la generación de Boric no se “actualice” a sí misma. Que siga pensándose en función de la mítica Marcha de los Paraguas del 2011 y no de la noche triste del 4S de 2022. Que siga tuiteando #queseacabeChile y “cómo no quieren que lo quememos todo” sin reparar en que sus hijos pronto leerán todo lo que está en Internet. Que la entrada a los 40 le signifique al frenteamplismo y sus aliados una oportunidad para balancear convicción con responsabilidad. Así se define, básicamente, la madurez.
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— Ex-Ante (@exantecl) February 25, 2026
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