Por qué la idea de las dos oposiciones es una quimera. Por Jorge Schaulsohn

Ex-Ante

No veo al PS jugando un rol de opositor moderado y prudente, partido “bisagra”, frente a un gobierno conservador, dejándole campo libre al PC y al FA para apropiarse de las banderas de la izquierda; menos a un PPD que enfrenta una crisis absoluta de identidad y sentido.


Fractura al desnudo. Hace tiempo que se venía hablando de la crisis existencial de la centro izquierda, del error estratégico del PPD y del Partido Socialista de haber revivido la vieja y obsoleta alianza con el Partido Comunista. Se cambiaron de caballo impulsiva e irreflexivamente, dejaron en el camino a la Democracia Cristiana, con lo que destruyeron el eje que le dio estabilidad y gobernabilidad al país.

  • Lo que hasta hace apenas unas semanas se presentaba como una coalición cohesionada, con una candidata común y un discurso de alerta frente a los “peligros” de una derecha conservadora “extrema”, hoy evolucionó, ante nuestros propios ojos, como dos opciones distintas, con diagnósticos, lenguajes y prioridades aparentemente irreconciliables.
  • Nadie imaginó que el derrumbe sería tan precipitado, algo así como la caída de la Union Soviética o del muro de Berlín. La derrota electoral terminó de desnudar una fractura que llevaba tiempo incubándose en la izquierda chilena.
  • Antes el entusiasmo era visible. Jeannette Jara había logrado algo que parecía improbable: convertirse en una figura de consenso transversal dentro del arco oficialista.
  • Desde la centroizquierda tradicional hasta el Frente Amplio y el Partido Comunista trabajaron activamente por su candidatura, apostando a que la unidad era no solo un valor simbólico, sino una necesidad estratégica frente al avance de la derecha.
  • Incluso tras la derrota, el tono dominante fue de contención del daño: se reafirmó la voluntad de seguir unidos y se instaló la idea de que el verdadero desafío sería, ahora cómo enfrentar unidos, al gobierno de José Antonio Kast.

Apuesta de Boric. Los análisis postelectorales reflejaron una curiosa mezcla de decepción y alivio. Por una parte, la derrota presidencial era innegable; por otra, los resultados parlamentarios permitían cierto consuelo.

  • El más del 40% de los escaños obtenidos por el oficialismo era leído como un activo relevante, especialmente considerando la profunda impopularidad del gobierno de Gabriel Boric, que operó como un lastre evidente durante la campaña.
  • La conclusión compartida era que, pese al mal resultado, la izquierda seguía siendo una fuerza política relevante, con capacidad de articulación y bloqueo.
  • Ese espíritu se expresó simbólicamente en la convocatoria a un gran encuentro de toda la coalición de gobierno, programado para este viernes, con el Presidente de la República como anfitrión.
  • La apuesta de Boric es clara: erigirse como el referente “espiritual” e ideológico de una izquierda unida en la oposición, capaz de ordenar filas, redefinir prioridades y enfrentar cohesionadamente al nuevo escenario político.
  • Pero ese encuentro nunca ocurrió. Fue cancelado abruptamente y reemplazado por otras instancias de coordinación de las que el FA y el PC quedaron excluidos.

Pecado original. El “detonante” del “divorcio,” la gota que rebalsó el vaso habría sido el fallo judicial que aplicó la legítima defensa privilegiada en el caso Gatica, absolviendo al ex carabinero Claudio Crespo.

  • Sin embargo, reducir la crisis actual a ese episodio sería un error. El fallo no es la causa del quiebre, sino apenas el catalizador de tensiones mucho más estructurales.
  • La consigna que hoy se instala -separar aguas- expresa algo que venía gestándose desde hace años: la imposibilidad de sostener una convivencia política entre una centroizquierda que busca desesperadamente, reconstruir una identidad perdida y una izquierda radical que no está dispuesta a transar su relato moral ni su visión del conflicto político.
  • El pecado original del socialismo democrático fue aceptar, contra toda evidencia empírica, al Partido Comunista en el club de los partidos “progresistas”, en circunstancias de que se trata de una colectividad conservadora y retrógrada que, hasta el día de hoy, abraza el marxismo-leninismo.
  • La implosión de la izquierda chilena no es un accidente. Es el resultado de una alianza forzada, sostenida más por el miedo a la derecha que por un proyecto compartido de país. Hoy, cuando ese pegamento se ha debilitado, afloran las diferencias de fondo sobre orden público, derechos humanos y gobernabilidad.
  • Ahora se anuncia, con bombos y platillos, que “habrá dos oposiciones distintas” es decir que la batallas por la hegemonía del “progresismo” se traslada al congreso algo que parece bastante difícil de implementar y que, en mi opinión durará muy poco, dada la naturaleza del gobierno del presidente Kast.

Convergencia defensiva. La idea de dos oposiciones nítidas y diferenciadas, una encabezada por el Partido Comunista y el FA y otra por el llamado Socialismo Democrático, parece poco verosímil e insostenible.

  • No veo al PS jugando un rol de opositor moderado y prudente, partido “bisagra”, frente a un gobierno conservador, dejándole campo libre al PC y al FA para apropiarse de las banderas de la izquierda; menos a un PPD que enfrenta una crisis absoluta de identidad y sentido.
  • A ojos de la izquierda, la naturaleza profundamente conservadora del gobierno de Kast, de su programa con su énfasis en un libremercadismo sin contrapesos y su mirada restrictiva del rol del Estado, tenderán a actuar como un poderoso factor de reunificación opositora. No habrá espacio para “medias tintas”.
  • Frente a reformas económicas calificadas como “regresivas,” retrocesos en derechos sociales o una agenda de desregulación extrema, las diferencias identitarias que hoy la izquierda exhibe con estridencia probablemente cederán paso a una acción parlamentaria y política coordinada.
  • Más que dos oposiciones, lo que cabe anticipar es una convergencia defensiva, en torno al rechazo a los pilares del proyecto kastista, confirmando que la fragmentación actual del oficialismo responde a una disputa por culpas y relatos, más que a una divergencia estratégica-ideológica de fondo.

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