Desde las salas de clases de Nancagua y Chimbarongo en la Región del Libertador Bernardo O’Higgins Riquelme, donde más de mil niños aprenden, juegan y sueñan cada día, escribo estas líneas con respeto, pero también con urgencia.
No vengo desde la teoría, sino desde salas donde muchas veces no sobra nada, pero donde no falta compromiso. Desde escuelas que nacieron hace más de 45 años por la convicción de un grupo de personas —entre ellas, mi padre— de que la educación debía llegar a donde el Estado no llegaba.
Hoy, frente a un nuevo ciclo político, quiero pedir algo simple a quienes asumirán el desafío de legislar para Chile: coraje. Coraje para mirar más allá de la coyuntura o de sus períodos electorales y para poner la infancia en el centro del proyecto país. Esto en tres macro ideas esenciales.
La primera infancia no puede seguir esperando. Todos los estudios coinciden: los primeros años son decisivos en el desarrollo de una persona. Sin embargo, seguimos tratando la educación inicial como una política secundaria.
Según el Ministerio de Educación (2024), cerca del 37% de los niños menores de cuatro años no asiste a ningún establecimiento de educación parvularia. Y el Estudio Longitudinal de la Primera Infancia (ELPI) muestra que quienes no acceden a educación inicial temprana presentan, en promedio, un año de rezago en lenguaje y desarrollo socioemocional al ingresar al prekínder.
Invertir en educación temprana no es populismo: es justicia, evidencia y sentido común.
Una normativa de educación parvularia podría asegurar estándares mínimos de calidad y financiamiento estable, sin depender de presupuestos anuales.
El desafío para el nuevo Congreso será darle estatus de política de Estado a la educación inicial, garantizando calidad y continuidad más allá de los ciclos de gobierno.
Profesores con respaldo real. Un país que se toma en serio la educación no trata a sus docentes como administradores del sistema, sino como profesionales del aprendizaje. Un buen profesor necesita tiempo para preparar sus clases, foco pedagógico sin burocracia excesiva y una comunidad que valore su experiencia.
El Parlamento tiene la oportunidad de avanzar en leyes que fortalezcan la docencia. No se trata de más incentivos simbólicos, sino de políticas que devuelvan al profesor su rol esencial: formar a la próxima generación con autonomía.
Revisar la carga administrativa y fortalecer la formación directiva de docentes son pasos urgentes que un nuevo Parlamento podría impulsar.
Escuelas que enseñen, no que administren. En demasiadas comunidades escolares la institucionalidad educativa se vive como una carga. Sobran las planillas, los informes y las visitas técnicas; faltan escucha, confianza y apoyo.
Hoy, además, muchas escuelas enfrentan un aumento significativo de niños y niñas con Trastorno del Espectro Autista (TEA), sin los recursos ni apoyos especializados que esta realidad requiere. El sistema se está sobrepasando, y eso también debe ser parte de la conversación.
Sería clave que las nuevas normativas incorporen apoyo técnico especializado para comunidades escolares con alta matrícula de estudiantes neuro divergentes.
La relación entre el Estado y las escuelas debe dejar de basarse en el control para centrarse en el acompañamiento y la mejora.
Mi padre solía decir que enseñar era un acto de amor más que de instrucción. Hoy, quienes formamos parte de la Fundación que lleva su nombre seguimos creyendo lo mismo.
La próxima discusión legislativa sobre educación será una prueba no solo de recursos, sino de prioridades.
Porque la educación no necesita más promesas, sino coraje. Coraje para entender que el futuro de Chile se juega en la sala de clases.
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