La derecha, entre el orden y la coordinación. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante

El verdadero desafío de la derecha, de cara a la segunda vuelta, no es ideológico ni programático, sino organizacional. Más que definir qué quiere hacer, debe definir cómo hacerlo. Gobernar con varias sensibilidades políticas exigirá transformar la competencia en colaboración y traducir la cohesión electoral en coordinación administrativa. Esa será su principal prueba: generar y mantener la disciplina y la cooperación una vez en el poder.


A pesar de estar dividida y de toda la confusión que eso ha traído, la derecha llega a esta elección con algo que nunca había logrado en una presidencial: una conexión genuina con el país. No es casualidad que tres de los cuatro principales candidatos provengan de ese sector, o que la mayoría de las simulaciones legislativas proyecten una amplia ventaja para sus coaliciones.

Los temas que el sector siempre ha dominado—la seguridad, la economía y la eficiencia estatal—finalmente coinciden plenamente con las principales preocupaciones de las personas.

Así, por primera vez, la oferta política de la derecha no parece una receta importada ni una especie de mal menor, sino un reflejo directo de lo que hoy son las demandas sociales. Si en 2010 Piñera ganó por el desgaste de la Concertación y en 2017 por la debilidad de su contrincante Alejandro Guillier, en 2025 la derecha podría hacerlo a partir de lo que parece ser una verdadera demanda por lo que el sector ofrece.

Parte de la ventaja que hoy muestra el sector se debe al aprendizaje adquirido en los últimos años. El 2019 le recordó que sin orden no hay desarrollo. El 2021 le enseñó que la retórica no es suficiente para ganar elecciones. Y el 2023 le demostró que es posible construir consensos sin renunciar a principios.

Pero también se está imponiendo en las encuestas por el contexto. Sin la crisis política generalizada y el malestar social transitorio que atraviesa el país, difícilmente existiría la misma demanda por partidos y candidatos de derecha.

En cualquier caso, y a pesar de su aparente fuerza, considerando que el sector llega dividido a la elección, resulta inevitable comparar su situación con la de la izquierda hace cuatro años. Y con justa razón. En ambos casos se hablaba del efecto que tendría establecer un gobierno con coaliciones amplias y liderazgos múltiples—ni la coalición que llegó a gobernar en 2022 era coherente ni las tres derechas que hoy compiten por la presidencia y el parlamento están perfectamente alineadas.

Sin embargo, las divisiones en la izquierda y la derecha no son equivalentes. En la izquierda, las fracturas son estructurales y responden a diferencias de visión sobre el modelo de desarrollo, el rol del Estado y la relación con el mercado. Los partidos que hoy integran el oficialismo nunca resolvieron si su proyecto debía ser reformista o refundacional, ni si su identidad debía anclarse en la socialdemocracia o en el progresismo radical. Esa ambigüedad impidió una estrategia coherente y desembocó en la falta de resultados que se observa hoy.

A esas diferencias de fondo se suma una tensión generacional que ha vuelto más difícil la conducción del bloque. Los liderazgos jóvenes emergieron cuestionando a los viejos referentes, pero al llegar al poder adoptaron las mismas prácticas que criticaban y debieron convocar, irónicamente, a quienes habían desplazado para darle conducción al barco. El resultado es un gobierno que perdió su identidad original y que hoy es administrado más por necesidad que por convicción.

En la derecha, en cambio, las diferencias son de otro tipo. No son doctrinarias sino tácticas. Los partidos compiten por matices de tono y prioridad, no por visiones incompatibles del país.

Mientras en la izquierda la diversidad se traduce en quiebres, en la derecha suele generar solo ruido. Pero ese ruido es limitado, más competitivo que destructivo, y refleja la existencia de un arco de liderazgo amplio en lugar de una serie de paradigmas ideológicos enfrentados.

En la derecha tampoco hay un clivaje generacional marcado. Más allá del surgimiento de Evópoli, la derecha no tiene una división etaria profunda. Las diferencias entre sus liderazgos son más bien de trayectoria que de edad: unos provienen del mundo político tradicional, otros del sector privado o de la gestión pública, pero todos comparten un lenguaje común basado en resultados, eficiencia y estabilidad. Esa homogeneidad de propósito, teóricamente, facilita la coordinación y reduce el riesgo de fragmentación.

Por eso, el verdadero desafío de la derecha, de cara a la segunda vuelta, no es ideológico ni programático, sino organizacional. Más que definir qué quiere hacer, debe definir cómo hacerlo. Gobernar con varias sensibilidades políticas exigirá transformar la competencia en colaboración y traducir la cohesión electoral en coordinación administrativa. Esa será su principal prueba: generar y mantener la disciplina y la cooperación una vez en el poder.

Si logra presentarse como un bloque coordinado, la derecha podría ofrecer un modelo de gobierno donde las diferencias internas sean productivas y lleven a resultados concretos; donde los liberales impulsen reformas económicas, los conservadores garanticen estabilidad y los políticos aseguren la ejecución.

En ese sentido, la elección que viene no solo definirá quién lidera la derecha, sino también cómo se distribuye su poder interno y qué corrientes quedarán en posición de influir en un eventual gobierno. La primera vuelta y la elección legislativa servirán como una radiografía del equilibrio entre partidos y liderazgos, y mostrarán qué sectores representan realmente la base de apoyo del bloque.

La segunda vuelta deberá construirse sobre ese diagnóstico y no en contra de él. Ignorar los resultados parciales o forzar una unidad artificial podría poner en riesgo la coherencia que el sector ha logrado mantener hasta ahora. La competencia dentro de la derecha no es necesariamente un problema, pero si no se administra con cuidado, puede convertirse en un obstáculo para gobernar. La verdadera prueba no será solo ganar la presidencia, sino llegar al poder con una coalición capaz de convivir con sus propias diferencias.

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