¿Envejecer Joven?: Desafíos Demográficos y en Pensiones en Chile. Por Paulina Yazigi

Presidenta Asociación AFP

Envejecer joven no significa negar el paso del tiempo. Significa llegar a la vejez con proyectos, con vínculos, con autonomía. Y para eso, necesitamos una sociedad que lo enfrente, empresas que participen, un Estado que anticipe, un mercado laboral que integre, personas que comprendan que vivir más implica prepararse más, y por supuesto, un sistema de pensiones que acompañe.


¿Es posible envejecer joven? La pregunta, a primera vista paradójica, ilustra uno de los mayores desafíos de nuestra sociedad, que es conjugar cantidad y calidad en la longevidad. No se trata solo de vivir más años, sino que de cómo llegamos a esa edad.

Chile, como buena parte del mundo, está experimentando (desde hace años) una verdadera revolución silenciosa: la longevidad. En apenas una generación, la esperanza de vida ha aumentado como nunca antes en nuestra historia. Hoy, las mujeres chilenas viven en promedio en torno a los 92 años, y los hombres cerca de 86. En los últimos 30 años, el número de personas centenarias en Chile se ha multiplicado por 17. Esta nueva longevidad es un logro colectivo —resultado de décadas de inversión en salud pública, educación y servicios básicos— pero también es un reto complejo que exige adecuaciones en muchas dimensiones.

Uno de los impactos más visibles y urgentes está en el sistema de pensiones. Porque, aunque vivimos más, no necesariamente cotizamos más. En promedio, las mujeres en Chile cotizan solo 17 de los casi 32 años de su etapa pasiva, y un tercio de ellas cotiza menos de 10 años (y muchas, incluso menos de 5 años). En los hombres, la brecha es menor, pero igualmente significativa. Esto implica que estamos financiando una etapa de retiro cada vez más larga, con un ahorro previsional que prácticamente no ha crecido (crece por las rentabilidades, pero no por mayor ahorro).

Este desajuste, tensiona a todo tipo de sistema, tanto sea financiado por ingresos generales del Estado (como la PGU), por capitalización individual, o por reparto. Por supuesto, este último esquema, el de reparto, corre más riesgos de insostenibilidad, puesto que la evolución de la pirámide poblacional así lo ha demostrado en diversos sistemas del mundo. Alemania, Francia, Dinamarca y España han debido reformar sus sistemas para enfrentar el envejecimiento de sus poblaciones: elevando la tasa de cotización, recortando beneficios, aumentando la edad de retiro, e inevitablemente, transitando a componentes de capitalización individual. Algunos países, como Dinamarca, por ejemplo, han indexado directamente la edad legal de jubilación a la esperanza de vida.

En Chile, la reforma de pensiones recientemente aprobada aborda parcialmente esta realidad. Introduce, por ejemplo, una compensación por expectativa de vida —el llamado “bono tabla”— que busca reconocer la mayor longevidad de las mujeres, y un beneficio por año cotizado que premia trayectorias laborales más extensas. Pero aún hay tareas pendientes.

La informalidad laboral afecta a más de 2,5 millones de persona. Los trabajadores independientes no fueron incluidos en la obligatoriedad del aumento de la cotización. Tampoco ha habido políticas activas que integren laboralmente a los mayores de 50 años.

No se ha hecho lo suficiente en la política pública para desarrollar la educación financiera y previsional, una herramienta clave para que las personas entiendan cómo la longevidad debe ser interiorizada en sus decisiones de ahorro y consumo. Y no muchos se atreven a abordar el tema de que la edad de jubilación en Chile se mantiene igual desde 1924.

Necesitamos hablar más de longevidad. No como una carga, sino como una oportunidad. Una sociedad que envejece puede ser una sociedad más sabia, más estable y cohesionada. Para lograrlo, debemos dejar de ver la vejez como un problema.

Envejecer joven no significa negar el paso del tiempo. Significa llegar a la vejez con proyectos, con vínculos, con autonomía. Y para eso, necesitamos una sociedad que lo enfrente, empresas que participen, un Estado que anticipe, un mercado laboral que integre, personas que comprendan que vivir más implica prepararse más, y por supuesto, un sistema de pensiones que acompañe.

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