El fantasma de un nuevo estallido. Por Pepe Auth

Ex-Ante

Siempre habrá movilizaciones y protestas -no sólo si gobierna la derecha-, y estará latente la posibilidad de que en algún momento converjan en algo masivo. Pero apostaría que difícilmente se darán las condiciones para excesos de violencia, por el descenso vertiginoso del apoyo social a todo lo que signifique desafiar el orden público.

Un fantasma recorre salones, pasillos y vericuetos del mundo empresarial y también de muchos hogares: el fantasma de un nuevo estallido social en la eventualidad altamente probable de que una de las derechas salga triunfadora en la próxima elección presidencial. La pregunta que se hacen muchos es si los que gobiernan hoy y fueron oposición en 2019, repetirán su comportamiento de entonces frente a la eventual violencia asociada a la movilización o la repudiarán permitiendo aislarla y enfrentarla así con eficacia desde el Estado.

Despejemos el mito urbano de que el movimiento nacido en octubre de 2019 fue creación del Frente Amplio y el Partido Comunista. Estos fueron sorprendidos por la movilización social de diversas insatisfacciones acumuladas que convergieron a propósito del alza del transporte público, al margen de organizaciones sociales y alejadas de los partidos políticos y particularmente de sus liderazgos.

No se trató exclusivamente de un movimiento contra la derecha, sino contra el conjunto del sistema político.

Es cierto que algunos intentaron sumarse y fueron repudiados. En la retina de todos quedaron las escenas de una conferencia de prensa de Beatriz Sánchez (FA) en la Plaza Baquedano, frustrada por la funa de la Primera Línea; la apresurada salida del alcalde comunista Daniel Jadue de la misma plaza protegido por un puñado de militantes del PC, o la tensa agresión verbal y salival al entonces diputado Gabriel Boric, soportada con estoicismo desde un banco del parque aledaño a la plaza.

Pero si bien no estuvieron al origen del estallido social ni tampoco tuvieron éxito en liderarlo ni conducirlo, fueron comprensivos con los excesos y la violencia que lo acompañaron parasitariamente, e impidieron separar tajantemente la legítima protesta social que se expresó masiva y pacíficamente, de la violencia contra todas las instituciones y el comercio.

Fue una violencia encarnada en esa fuerza de combate autodenominada Primera Línea, que fue ensalzada al punto de recibir un homenaje en el Salón de Honor del Congreso Nacional en Santiago. Ni la quema de iglesias ni el incendio y saqueo de locales comerciales y supermercados recibieron condenas categóricas del PC y del FA, que se mostraron comprensivas ante el vandalismo, atribuyendolo las más de las veces a los excesos represivos del Estado.

Convengamos, sí, que la actitud de la izquierda radical tenía su correlato en una sociedad que validaba como pocas veces antes la violencia como partera de cambios sociales. Más de la mitad de los jóvenes y un tercio de la población, según distintas encuestas de 2020. Porque la delincuencia siempre se aprovecha de estas circunstancias para ejercer su actividad en libertad y aumentar el control de sus territorios, como ocurrió durante el estallido.

El narcotráfico se expandió exponencialmente en ese periodo porque carabineros prácticamente abandonó las poblaciones populares tensionado por la necesidad de combatir los excesos de la movilización social. Los grupos anarquistas y organizaciones antisistema como las barras bravas también se movilizan permanentemente buscando enfrentar al Estado, y las organizaciones revolucionarias de ultraizquierda también lo hacen con mucha frecuencia.

La explicación fundamental del estallido no están ni en la delincuencia, ni en los grupos antisistema ni en las múltiples organizaciones revolucionarias de ultraizquierda, ni siquiera en su abigarrado y en ocasiones articulado conjunto. La explicación está en el enorme desfase entre las expectativas generadas en la población por un país que creció aceleradamente durante varias décadas y su decreciente capacidad de satisfacerlas derivada del estancamiento económico y de la escasa capacidad del sistema político para encarar el conjunto de nuevos problemas generados por el desarrollo previo.

A eso se suma un desfase dramático entre el impresionante desarrollo económico y el insuficiente desarrollo cultural que hizo a la sociedad chilena más segregada que nunca, con escaso diálogo y conocimiento mutuo entre los diversos segmentos sociales, y deterioro de la percepción de meritocracia y la perspectiva de ascenso social.

El estallido sólo para unos pocos tenía el objetivo de destruir las instituciones o reemplazar el capitalismo, para la mayoría se trataba de un clamor por reconocimiento -no por casualidad el cemento integrador era una cuestión tan abstracta como la dignidad- y para reclamar su parte en los beneficios del desarrollo económico que había experimentado el país, un reclamo al capitalismo por su dificultad creciente de cumplir sus promesas.

Hay que reconocer que hubo quienes vieron en el estallido la posibilidad de que se generaran condiciones prerrevolucionarias y tuvieron la ilusión bolchevique del asalto al palacio de invierno, por lo que se opusieron tajantemente -el PC y parte de lo que hoy es el Frente Amplio- al acuerdo político transversal en el que participó el entonces diputado Boric. El acuerdo permitió encauzar democráticamente la situación, alejándonos de un de derrumbe institucional y frustrando el sueño revolucionario de muchos comunistas y frenteamplistas.

¿Puede haber un nuevo estallido social de ganar una de las derechas la elección presidencial? Siempre habrá movilizaciones y protestas sociales -no sólo si gobierna la derecha-, y estará latente la posibilidad de que en determinados momentos converjan en algo masivo y generalizado.

Apostaría, sí, que difícilmente se darán las condiciones para que se acompañe de los excesos de violencia que caracterizaron el movimiento de octubre 2019, por el descenso vertiginoso del apoyo social a todo lo que signifique desafiar el orden público. En la permanente tensión entre la demanda de cambio y la demanda de orden, Chile se desestibó en favor del cambio entre 2019 y 2021, al punto que el vértigo generado en una mayoría silenciosa que vio en riesgo cuestiones que daba por garantizadas, generó una réplica muy fuerte que inclinó al país masivamente hacia la demanda de orden.

Eso estuvo en la base del rechazo en septiembre de 2022, de la desaprobación mayoritaria al gobierno actual y de la fuerza sin precedentes de las candidaturas presidenciales de derecha. Buena parte de los chilenos recuerda el estallido social de 2019 como el periodo en que el agua se salió de su curso y puso en peligro todo lo alcanzado previamente. Este efecto no será breve, lo que hace improbable un estallido social de las características del de 2019. Apostaría que la vacuna durará varios años, y el temor a salirse de madre nuevamente operará como lo hiciera el temor a la regresión autoritaria a inicios de la transición.

¿Se comportará la izquierda radical del mismo modo que lo hizo cuando fue oposición a Piñera? Esa es la pregunta adicional que cuesta responder con seguridad, porque en la política de hoy las personas parecen transformarse en otras completamente distintas cuando pasan de la oposición al gobierno y del gobierno a la oposición. Si no, miremos cómo se ha comportado Chile Vamos en relación a la perversión en el uso de acusaciones constitucionales indiscriminadas para hacer puntos políticos en lugar de juzgar transgresiones a la constitución.

Hay un dato clave a considerar en la respuesta. Cuando un sector político ha gobernado y vuelve a la oposición, toda su acción está orientada a volver a gobernar el periodo siguiente. Y como ahora votan todos los chilenos y no solo la mitad interesada en la política, nadie que piense en volver a gobernar Chile podrá desconsiderar la demanda de seguridad ciudadana, control migratorio y crecimiento económico, como lo hicieron durante su periodo pasado en oposición.

Si a lo anterior agregamos que los principales liderazgos opositores serán muy probablemente el propio Gabriel Boric, el alcalde Vodanovic, eventualmente Carolina Tohá y/o Jeannette Jara, se puede esperar una oposición que condene con claridad la violencia y se coloque en una posición distante del bloqueo anterior en materias de crecimiento económico y orden público.

Por supuesto, todo ello dependerá en parte del resultado de las primarias del próximo domingo y también del resultado parlamentario que determinará el peso que tendrán el Partido Comunista, el Frente Amplio y el Socialismo Democrático en el congreso en el periodo 2026-2030. También incidirá la fuerza relativa de las bancadas de Chile Vamos, Republicanos, Nacionalistas Libertarios y Socialcristianos.

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