La fotografía distribuida por la juventud del Partido Comunista, que muestra a muñecos de José Antonio Kast y Johannes Kaiser colgando de los pies de un paradero, con esvásticas en los brazos y rostros, es una muestra perfecta de lo profundamente enraizada que está la violencia en el país.
Es, por lo mismo, desafortunado constatar que no proviene de un grupo marginal o de unos desadaptados, sino de una facción del principal partido del gobierno. La acción, que tuvo que haber sido fruto de un proceso deliberativo antes de ser ejecutada, es lejos de ser producto de una decisión rápida y atarantada. Es, por el contrario, el resultado natural de una forma de pensar que no ve problemas en retratar a adversarios como nazis solo para hacer un punto político.
No es verdad que Kast y Kaiser sean nazis, pero de un modo u otro, las juventudes del Partido Comunista sintieron no solo que era apropiado representarlos como tal, sino que además tenían el deber de exponerlos. Esa motivación moral probablemente no nació de su imaginación ni de su creatividad, sino que de lo que pasa de forma natural cuando la violencia se vuelve legítima.
En su formato actual, se puede decir que eso ocurrió con el estallido social.
Antes del estallido el país era uno y después del estallido el país se transformó en otro.
No es tan difícil ver que, con todas sus falencias y problemas, Chile era un país relativamente pacífico y que, por el oportunismo político que se instaló a partir del estallido social, se transformó en un lugar violento y polarizado.
No aceptar ese simple hecho es, en sí, una forma de validar la violencia.
Sí, antes del estallido había violencia, pero no era la violencia que hay ahora. En ese sentido, octubre de 2019 transformó a Chile de forma profunda e irreversible.
Basta recordar lo chocante que resultó la entrevista que se dio a conocer a principios de 2019 al entonces diputado Gabriel Boric en que aparece exhibiendo una polera que mostraba al senador Jaime Guzmán muerto con un balazo en la frente, para entender que antes del estallido social, había al menos capacidad de asombro.
Después del estallido, se perdió hasta la vergüenza de publicar piezas gráficas de ese tipo.
Así, la representación de Kaiser y Kast no es original, sino que es parte de un linaje de mal llamado arte que se intensificó con el estallido. Fue allí donde nació el perro matapacos, circuló una imagen del Presidente Piñera decapitado y se hizo una instalación en Plaza Baquedano mostrando la ejecución pública de Piñera con una guillotina.
A diferencia de lo que pasó con la polera de Boric, casi nada de lo que ocurrió en el estallido causó alarma. En buena parte, la clase política calló, dejando que, mediante imágenes, presumiblemente inocuas para ellos, la violencia se normalizara de a poco. Incluso se financió un museo con fondos públicos que reunía todos los elementos descritos arriba, y mucho más.
No solo hubo silencio cómplice de la clase política: hubo también complicidad activa. Una polera del perro matapacos, por ejemplo, se utilizó de forma amplia y extendida entre los mismos que ayudaron a esparcir la polarización con fines políticos. Si hasta un alcalde electo democráticamente, Gonzalo Durán, se paseó con la famosa polera con orgullo y en público.
Es al menos irónico que el mismo alcalde haya luego sido premiado por el propio Presidente con el cargo titular de la Delegación Presidencial de la Región Metropolitana, desde la cual debe coordinar estrechamente con Carabineros para detectar y detener a violentistas, desde desadaptados sociales hasta narcotraficantes.
Claro, si el Delegado no entiende que una cosa lleva a la otra, ¿cómo lo van a entender los demás? Hace tan solo un par de días, luego de un masivo atentado a la Central Rucalhue en Santa Bárbara, el Seremi de Energía de Biobío dijo que el país era una “taza de leche”, no solo demostrando su baja estatura ética y poca capacidad para ocupar un cargo público, sino además su desconexión absoluta de la crisis que le ha embarrado la vida a millones.
Que Chile sea más seguro que otros países de la región no significa nada. Lo que importa es entender que, gracias al estallido social y a la complacencia de los líderes políticos que usaron el hecho para torcer las cosas a su favor, el país está peor que antes. Y mientras no se reconozca esa responsabilidad, la crisis de seguridad seguirá empeorando.
Es más, mientras no se reconozca que la complacencia conduce a la violencia, y que no extirparla de raíz la valida como mecanismo de acción política legítima, el país se seguirá degradando lentamente. Entre el multipartidismo exacerbado y el estancamiento generalizado, simplemente no hay razón alguna para pensar que las cosas pueden mejorar. Si los miembros del principal partido de gobierno no son capaces de impedir este tipo de actos, no es porque no saben cómo, es porque no quieren.
Como hito, la publicación de la fotografía no significa nada, y probablemente será descartada como una locura de juventud, tal como se descartaron los desórdenes en el Instituto Nacional antes de que el establecimiento cayera en la irrelevancia académica. Pero como parte de un proceso de politización irresponsable, es sumamente significativa, en tanto demuestra que la violencia no solo la ejercen desadaptados sociales, sino políticos irresponsables.
El extraño comunicado de la JJCC sobre su responsabilidad por muñecos de Kast y Kaiser. https://t.co/LhI7OeT5DN
— Ex-Ante (@exantecl) May 2, 2025
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