El impacto en el mercado laboral de la inteligencia artificial no será un meteorito que aumente el desempleo de golpe, sino que será como la niebla: avanza silenciosamente transformando todo a su paso. Hoy, herramientas gratuitas como Claude –con miles de millones de Amazon y Google- escriben borradores de contratos, arman estructuras de informes, revisan estados financieros, resolviendo en minutos lo que un analista tardaba un día. Y con los modelos agentivos que ya están emergiendo, también en poco tiempo coordinará reuniones, cotizará proveedores, y organizará viajes de negocios. Días de trabajo humano, evaporados en segundos digitales.
¿Significa esto despidos masivos mañana? No. Pero sí que las nuevas contrataciones se ralentizarán. Empresas como Spotify ya lo anunciaron: crecerán haciendo a sus empleados actuales más productivos, no incorporando más personas. Según McKinsey, hasta el 30% de las horas laborales actuales podrían ser automatizadas hacia 2030. El mercado laboral cambiará desde adentro, quitando espacio a los nuevos y premiando a quienes logren adaptarse. El golpe no será abrupto, será una desaceleración que puede transformarse en estructural.
En este contexto, nuestra legislación laboral parece diseñada para hacernos tropezar. La Ley Karin nació con un propósito noble: erradicar el acoso y bullying laboral, pero en su aplicación, ha degenerado en algo distinto: la incapacidad de lidiar con cualquier conflicto sin intervención estatal.
Hoy, cualquier tensión, diferencia de opiniones o gestión de desempeño se puede transformar en una denuncia. Resultado: las empresas medianas ven crecer en su presupuesto un nuevo ítem estructural: abogados laborales. Peor aún, las empresas y Estado son rehenes del statu-quo cuando frente a cualquier cambio alguien amenaza con interponer un reclamo por la famosa ley. Las empresas no son capaces de adaptarse, evolucionar y aprender de la resolución de conflictos debido a que ya no se puede discutir, ni disentir sin temor a un conflicto laboral.
Peor aún, la lógica de nuestra ley laboral raya en lo absurdo. Despedir a alguien por bajo desempeño es derechamente ilegal, forzando a las empresas a mentir al despedir a alguien por hacer mal la pega, diciéndole que fue “por las razones de la empresa” negándole la retroalimentación y aprendizaje.
Pero si esa misma persona falta dos lunes consecutivos, es causal suficiente para ser despedida. Una herencia de un país que necesitaba de castigos draconianos para lidiar con resacas domingueras. Nuestra legislación responde a una economía agraria de dos siglos atrás.
La mejor oportunidad de crear empleos frente a un proceso acelerado de adopción tecnológica es la creación de nuevas empresas significativamente más productivas gracias al uso de inteligencia artificial.
Las actuales optimizarán sus procesos con nueva tecnología sin aumentar personal, o las que no lo hagan perderán competitividad. Por lo mismo, las empresas necesitan adaptabilidad, formar equipos más dinámicos, incorporar nuevas habilidades, dejar atrás procesos obsoletos. Pero si cada ajuste de equipo es una batalla judicial, el incentivo es simple: no contratar. De hecho, el FMI estima que los países con mercados laborales más rígidos tienen tasas de desempleo estructural entre 2 a 3 puntos porcentuales más altas. Hemos sembrado nuestra propia trampa.
Un punto adicional crucial: una red de protección social sólida es una tarea del Estado, no de las empresas. Las empresas fueron inventadas y diseñadas para crear valor. Para los desafíos sociales y políticos nos inventamos un gobierno y Estado, y es responsabilidad de ese sistema paralelo proveer soluciones frente a cambios tecnológicos de acuerdo a las prioridades de su ciudadanía.
El mecanismo correcto no es rigidizar aún más el mercado laboral, sino fortalecer y modernizar el seguro de desempleo. La evidencia de la OCDE es clara: los países con sistemas de seguro de desempleo eficientes, como Dinamarca, combinan alta movilidad laboral con tasas bajas de desempleo. Protección sí, rigidez no.
La IA puede ser una oportunidad gigantesca: liberar a las personas de tareas repetitivas y potenciar sus capacidades intelectuales. Hacer el trabajo más desafiante, más satisfactorio. Pero para eso, necesitamos un mercado laboral flexible, adaptativo y vivo. Si optamos por la rigidez, nos mentiremos con un discurso de protección al trabajador que solo servirá como salario de resistencia a la baja frente a la presión de automatización.
No tapemos el sol con un dedo: somos cada vez menos productivos y cada vez es menos atractivo contratar. En paralelo, se está creando un mundo de empresas que corren sobre tecnología, y con nuestra legislación, nos vamos a quedar atrás.
El desafío está sobre la mesa. Y esta vez, no será culpa de la IA, de quien invente el salitre, litio o cobre sintético. Será únicamente de nosotros que nos autoimpusimos una camisa de fuerza.
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¿Cuál es el riesgo de corridas bancarias digitales hoy? Por Patricio Jaramillo. https://t.co/Q2M4NRShI2
— Ex-Ante (@exantecl) April 28, 2025
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