Gabriela Mistral fue muchas cosas a la vez, un árbol frondoso de múltiples ramas, todas ellas bellísimas y explícitamente sostenidas por su palabra, por sus poemas, sus conferencias, sus opiniones, sus actividades docentes, sus cartas, sus jugarretas, sus desvaríos, sus locas mujeres, sus oficios, sus recados, su Poema de Chile, su América, su valle de Elqui, su ruralidad, su feminismo, su Desolación, su Tala y su Lagar.
Es gratuita la polémica en que se ha metido el gobierno con ocasión de la conmemoración de los 80 años del premio Nobel a nuestra insigne poeta, pensadora y educadora que fue Lucila Godoy. Sobre todo, es grotesca la intención de cierto feminismo de convertir a la Mistral en ícono de una orientación sexual que ella nunca explicitó.
Es cierto que toda su obra puede ser leída como literatura de mujer y su oyente ideal, eran mujeres. En el universo mistraliano, lo femenino se distingue claramente de lo masculino. En él se expresa la polaridad entre el mundo de los hombres, asociado a la violencia, la guerra, la burla; y el mundo de las mujeres y los niños, aliados para extirpar el mal, hermanados en la ternura, la generosidad, lo trascendente, al acto gratuito de cuidar y de donar para una vida mejor.
La Mistral no sólo buscaba denunciar la situación a la que son sometidas las mujeres, sino también reivindicaba fuertemente una especificidad femenina, relacionada con la maternidad y el cuidado de los niños. Sostenía que la mujer debía ser consciente del privilegio que significa ser portadora de la vida. Esto obviamente la alejaba del movimiento feminista más radical, al que fustigaba y consideraba equivocadas en su afán por igualar las mujeres a los hombres, y elitista, pues a su parecer no incorporaba a la mujer trabajadora, especialmente la mujer campesina y obrera.
Por la voz de Gabriela hablaron las mujeres del pueblo. Y ella habló para ellas: les pidió que no renunciaran a su delicadeza, que abrazaran su rol de madres, que valoraran su infinita capacidad de cuidar al otro en un mundo de violencia y guerra. “Para buscar tus grandes modelos no volverás tus ojos hacia las mujeres locas del siglo, que danzan y se agitan en plazas y salones, y apenas conocen al hijo que llevaron clavado en sus entrañas, las mezquinas mujeres que traicionan la vida al esquivar el deber, sin haber esquivado el goce. Tú volverás los ojos hacia los modelos antiguos y eternos: a las madres hebreas y a las madres romanas” les dijo en 1923.
A lo largo de su vida muchas mujeres fueron importantes para ella: su madre Petronila Alcayaga, su hermana Emelina Molina, la artista Laura Rodig, la mexicana Palma Guillén y la norteamericana Doris Dana fueron sus mayores y más profundas amistades, que la acompañaron en la vida azarosa y peregrina que la llevó a Punta Arenas, México, Europa y Estados Unidos. Con cada una de ellas estableció una relación profunda, intelectualmente productiva, una amistad sin límites, propia de mujeres que llevan hasta lo más profundo su feminidad, su sutileza, su delicadez, su ternura y a veces también, su pasión.
Deberíamos preguntarnos porqué 80 años después del Nobel queremos rendirle homenaje. Estoy seguro que no es por solidaridad o cercanía con sus ideas políticas, ideas claras sin embargo, democráticas y de justicia social, pero que ningún sector realmente podría reclamar como propias sin cometer un ultraje contra ella misma, como dijera su gran amigo Radomiro Tomic.
Quizás se trata de algo más profundo, del misterio que nos provoca esta mujer severa, de vida errante como ella decía, algo que nace de su origen humilde, educada casi sin escolaridad entre los áridos cerros de su valle natal, algo que viene de su soledad, de su tormento, de los sentimientos que la acompañaron, de su extraordinaria inteligencia, de su pasión y del amor que supo vivir con tal intensidad y autenticidad que no se puede clasificar ni banalizar, que en realidad son muy pocos los que lo pueden llegar a comprender.
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La controversia que ha empañado la celebración de los 80 años del Nobel de Gabriela Mistral
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