La antropología cristiana ofrece una base sólida para comprender la relación armónica entre el hombre y los animales y la naturaleza, partiendo de la dignidad única del ser humano y su misión de cuidar la creación.
En esta discusión, es importante evitar los dos extremos que a menudo surgen. Por un lado, está el antropocentrismo absoluto, donde el ser humano ve la naturaleza y los animales únicamente como recursos a su disposición. Este enfoque subestima el valor intrínseco de la creación.
Por otro lado, se encuentra el biocentrismo radical, que otorga a la naturaleza y los animales derechos, a menudo por encima de las necesidades humanas, lo que puede paralizar el desarrollo económico y social. Buena parte de esto lo vimos en la teoría del “decrecimiento” y de los “derechos” de la naturaleza discutidos en la primera convención constitucional, afortunadamente rechazada.
La fe cristiana enseña que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27), dotado de una dignidad especial que lo distingue del resto de la creación. Este estatus único no implica un dominio absoluto, sino una responsabilidad: el hombre es llamado a ser administrador de los bienes creados, cuidando de la tierra y de todas las criaturas que la habitan (Gn 2,15).
El concepto de “dominio” sobre la tierra, encuentra en la enseñanza cristiana su verdadero sentido, que incluye tanto el desarrollo humano como la preservación del medio ambiente, reconociendo que ambos pueden y deben coexistir. En palabras del Papa Francisco en la encíclica Laudato Si’, “el dominio sobre el mundo implica cuidar de él y preservarlo, garantizar su fecundidad para las generaciones futuras” (LS, 67). Desde un punto de vista cristiano, la naturaleza también es una manifestación del amor de Dios. Sin embargo, la creación no puede ser vista como un obstáculo para el progreso, sino como un aliado en el desarrollo sostenible.
En Chile se han presentado desafíos concretos que reflejan esta tensión entre desarrollo y cuidado ambiental. ¿Es razonable rechazar un proyecto que crea 10.000 empleos directos, como el minero Dominga, debido a su eventual impacto sobre los chungungos (nutrias de mar), o el proyecto de tierras raras Módulo Penco, porque no protegió suficientemente a seis árboles silvestres (naranjillos)? Estas decisiones plantean un dilema profundo: si bien la protección de la biodiversidad es crucial, frenar proyectos que generan empleos y desarrollo en comunidades vulnerables también afecta los derechos humanos al perpetuar condiciones de pobreza y falta de oportunidades.
El trabajo de la autoridad debe centrarse en compatibilizar ambas prioridades. No se trata de elegir entre desarrollo o medio ambiente, sino de encontrar formas de armonizarlos
En primer lugar, es fundamental reconocer que el valor intrínseco de la naturaleza no es absoluto ni independiente del ser humano, sino que están subordinados a un orden moral más amplio que prioriza la vida y el bienestar integral de las personas. Las regiones que enfrentan pobreza o falta de empleo necesitan proyectos de desarrollo que transformen las vidas de sus habitantes. Por ello, cualquier regulación ambiental debe ser proporcional, asegurando que no se convierta en una barrera innecesaria para el progreso.
En segundo lugar, la tecnología y la innovación son aliados estratégicos para armonizar los derechos. Los avances científicos permiten mitigar los impactos ambientales de los proyectos de desarrollo y proteger la biodiversidad sin frenar la inversión y el crecimiento. Las empresas, como motores de innovación y prosperidad, juegan un rol crucial al liderar iniciativas que promuevan el progreso económico con un enfoque sostenible.
En tercer lugar, las políticas públicas deben facilitar la inversión y el desarrollo, estableciendo un marco regulatorio claro y predecible que incentive a las empresas a adoptar tecnologías limpias y sostenibles.
La espiritualidad cristiana invita a una visión equilibrada, en la que el cuidado de la creación y el desarrollo humano se potencien mutuamente. Reconocer que todos somos parte de una casa común no implica frenar el crecimiento, sino dirigirlo hacia un progreso que sea ético, inclusivo y respetuoso del entorno natural.
Esta visión integral nos desafía a vivir como auténticos administradores, promoviendo el crecimiento económico, la generación de empleo y el bienestar, mientras cultivamos una relación de respeto y justicia con toda la creación.
El rol de la autoridad no es detener los proyectos que crean empleos y oportunidades. Esto no implica un enfoque de “todo o nada”, sino encontrar soluciones que equilibren las legítimas necesidades humanas con la preservación de la creación, promoviendo así un desarrollo verdaderamente integral y sostenible.
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